Portada: El motivo del rechazo del visado casi me hace explotar la cabeza: no supo pronunciar mi nombre.

El motivo del rechazo del visado casi me hace explotar la cabeza: no supo pronunciar mi nombre.

En resumen

Un australiano de 55 años cuenta cómo, tras salir enfadado de una relación en Hua Hin, entró en el bar de peor pinta de la ciudad y conoció a la mujer con la que años después se casaría en Perth, tras un rechazo de visado por un motivo insólito.

Me llamo Craig, tengo 55 años, soy de Perth, Australia, y llevo unos 12 años yendo a Tailandia, tengo más de 35 viajes acumulados si me pongo a contarlos con calma, y casi siempre termino en Pattaya por costumbre más que por otra cosa. He pasado muy buenos momentos allí a lo largo de los años, he conocido mujeres interesantes por el camino, alguna relación que duró unos meses y poco más, pero nada que llegara a cuajar de verdad, nada permanente ni parecido a lo que estaba buscando sin querer admitirlo del todo.

Hace unos años decidí probar Hua Hin para variar un poco, cansado ya de la rutina de siempre en Pattaya y con curiosidad por ver qué tal era una ciudad tailandesa algo más tranquila, menos orientada al turismo de fiesta. Conocí a una mujer por internet antes de viajar, estuvimos hablando varias semanas por mensajes antes del vuelo, y pasé unas cuantas noches con ella nada más llegar. En menos de una semana empezó con la cantinela del "quiero esto" y "necesito lo otro", cada mensaje un poco más insistente que el anterior. Hice la maleta esa misma tarde y me fui directo por la puerta, sin discutir ni dar explicaciones de ningún tipo.

Me quedé caminando por la ciudad con todo el equipaje a cuestas, sudando bajo el sol de mediodía y ya bastante cansado del día, sin ningún plan concreto más allá de alejarme de aquel apartamento cuanto antes. Entré en un bar pequeño y tranquilo, de los que apenas llaman la atención desde la calle, solo para sentarme un rato y tomarme una cerveza en paz.

Le pregunté a una de las chicas del bar, en un inglés básico acompañado de bastantes gestos, si conocía algún sitio cerca donde alojarme esa noche. Me señaló directamente un hotel de cinco estrellas al otro lado de la calle, como si fuera lo más obvio del mundo y el precio no fuera ningún problema para nadie. Aquello me molestó lo suficiente, más por el tono que por la propuesta en sí, como para quedarme ahí sentado y ponerme a beber en vez de seguir buscando alojamiento por mi cuenta.

La encargada del bar, viéndome ahí sentado con cara de pocos amigos y el equipaje amontonado junto a la mesa, intervino y me dijo que tenía una chica que podía llevarme a un hotel decente cerca de allí. Me fui con esta chica, joven, callada, que no hablaba ni una sola palabra de inglés, ni una, ni siquiera los básicos que suele manejar casi todo el mundo en las zonas turísticas.

Me llevó, caminando unos veinte minutos por calles que no reconocía, a lo que sinceramente fue el peor hotel en el que he dormido nunca en Tailandia en doce años de viajes, una habitación con olor a humedad y un ventilador que hacía más ruido que aire. Veinte dólares la noche, nada del otro mundo, y más tarde descubrí que la chica se quedaba con la mitad de esa cantidad como comisión por llevarme allí, un acuerdo bastante habitual entre bares y hoteles baratos de la zona que entonces yo no conocía en absoluto.

Volví al bar esa misma noche, un poco por costumbre y otro poco porque no tenía nada mejor que hacer, y bebí bastante con ella durante el resto de la noche mientras nos comunicábamos a base de gestos, la traductora del teléfono y bastante paciencia por ambas partes. Como no tenía ni idea de cómo volver a encontrar el hotel yo solo por aquellas calles sin nombre que recordara, terminó acompañándome de vuelta cuando cerraron el local, caminando en silencio la mayor parte del trayecto.

Ese fue el principio de todo, aunque en ese momento no tenía forma de saberlo ni me lo hubiera creído si alguien me lo llega a decir. Cambiamos de hotel bastante rápido, a uno bastante mejor que el primero, con agua caliente de verdad y sin aquel olor a humedad, y empezamos a pasar tiempo real juntos, no solo noches sueltas de cerveza y gestos. Viajamos a Laos y Camboya para pasar el fin de año, cruzando fronteras terrestres con las mochilas al hombro como dos mochileros cualquiera, durmiendo en habitaciones baratas y comiendo en puestos callejeros que ella elegía siempre mejor que yo.

Terminamos viviendo juntos en Hua Hin durante unos dos meses, en un pequeño apartamento cerca del mercado nocturno que a ella le encantaba recorrer al final de cada tarde. Ella se llamaba Fah, tenía 26 años, y estaba estudiando inglés por las tardes en una academia del centro mientras trabajaba en un salón de masajes durante el día, con un horario agotador que apenas le dejaba tiempo libre entre ambas cosas. Yo volví a Australia para tramitar un visado de jubilado, un proceso más lento y burocrático de lo que esperaba, y estuve de vuelta en Tailandia en cuestión de pocos meses, ansioso por retomar donde lo habíamos dejado. Con el tiempo compré un pequeño apartamento en Pattaya, mi ciudad de siempre, y ella siguió con sus clases de inglés mientras yo iba y venía entre los dos países arreglando papeleo, visados, y todo el resto de trámites que nadie te explica bien hasta que te toca hacerlos.

Cuando le pregunté si le gustaría venir conmigo a Perth, sentados los dos en el balcón del apartamento una noche cualquiera, dijo que sí sin dudarlo ni un segundo, casi antes de que yo terminara la pregunta del todo. Empezamos todo el proceso del visado, papeles, formularios, entrevistas, y después de meses de espera nos lo rechazaron sin más. El motivo que nos dio control de fronteras casi me hace explotar la cabeza de la pura incredulidad cuando lo leí por primera vez en la carta.

Cuando inmigración la había llamado en Tailandia para verificar los datos de la solicitud, una llamada rutinaria de apenas unos minutos, ella no fue capaz de recordar cómo se pronunciaba mi nombre tal como aparecía escrito en mi pasaporte, un nombre que llevaba meses viendo escrito pero que nunca había necesitado decir en voz alta delante de nadie. Esa fue, literalmente, palabra por palabra según el documento oficial, la razón principal del rechazo.

Mi nombre es realmente difícil de pronunciar para alguien que no habla inglés como lengua materna, con una combinación de sonidos que ni siquiera muchos angloparlantes aciertan a la primera, así que ni siquiera pude enfadarme del todo con la situación, por mucho que me hubiera gustado tener a alguien concreto a quien culpar por todo aquello.

Me pasé unas tres horas seguidas esa misma tarde enseñándole a decirlo correctamente, sílaba por sílaba, repitiéndolo una y otra vez hasta que le salió sin dudar ni una sola vez. Volvimos a presentar la solicitud completa desde cero. Un año después nos casamos en Perth, en una ceremonia sencilla con muy pocos invitados, solo familia cercana y un puñado de amigos, pero con mucha emoción de verdad flotando en el ambiente todo el día.

Eso fue hace cinco años ya. Ella lleva un salón de masajes que funciona muy bien en Perth, con clientela fija y buenas reseñas, habla un inglés estupendo ahora, con acento australiano incluido en algunas palabras, nada que ver con aquella chica que no entendía ni una palabra en el bar de Hua Hin, y seguimos muy enamorados el uno del otro después de todo este tiempo, algo que a mis 55 años no daba ya por sentado que fuera a pasarme.

Resulta que aquel bar de Hua Hin fue el primer bar en el que había trabajado en toda su vida, apenas unas semanas antes de que yo entrara por la puerta, y yo fui el primer farang con el que había estado en ningún sentido, lo cual explicaba perfectamente por qué no sabía ni una palabra de inglés aquella primera noche ni tenía ninguna de las tablas que sí tenían otras chicas del ambiente con más años de oficio.

Pienso en esto de vez en cuando, sobre todo en aniversarios o en noches tranquilas en casa cuando ella ya se ha dormido, en lo distinto que hubiera sido todo si esa primera mujer que conocí online no me hubiera presionado tan pronto, o si la chica del primer bar no hubiera estado ocupada, o si simplemente hubiera elegido otra calle aquella tarde. Doce años de viajes a Tailandia, treinta y cinco viajes contados uno por uno, y resulta que lo que estaba buscando todo ese tiempo sin saberlo estaba esperando en el bar con peor pinta de una ciudad a la que había ido casi por capricho.

Entré en el bar de aspecto más aburrido de todo Hua Hin, de mal humor, con el equipaje a los pies y sin ninguna intención de quedarme mucho rato. Salí de allí, semanas después, con la que sería mi futura esposa. A veces las cosas simplemente salen bien, sin más explicación razonable que esa.

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