Esquivé el desastre financiero con Charm. Con Gop y su hija terminé siendo Papá sin haberlo planeado.
En resumen
Un estadounidense de 54 años cuenta cómo un viaje de dos semanas a Tailandia se alargó indefinidamente: primero esquivando a una mujer con exigencias financieras crecientes, después construyendo una vida en Bangkok junto a Gop y su hija, que acabó llamándolo Papá.
Me llamo Mark, tengo 54 años, soy estadounidense, y esta historia empieza cuando visité Tailandia por dos semanas, una en Chiang Mai y otra en Bangkok. Terminé quedándome muchísimo más tiempo del que había planeado en un principio.
Antes de llegar había estado hablando con varias mujeres por internet durante semanas, como hace casi todo el mundo antes de un primer viaje, intercambiando fotos y planes vagos sobre qué hacer juntos cuando aterrizara. Una de ellas me recogió en el aeropuerto nada más aterrizar, con un cartel improvisado con mi nombre escrito a mano, algo que en su momento me pareció encantador. Pasamos el día entero juntos, comiendo, paseando, hablando de nuestras vidas, y pagué absolutamente todo sin pensármelo dos veces porque así es como pensaba que debían funcionar estas cosas. Esa misma noche, ya de vuelta en el hotel, mencionó de pasada que tenía un procedimiento médico programado para el día siguiente y que no podríamos vernos. Nunca más volví a saber de ella, ni una llamada, ni un mensaje, nada.
Conocí a otra mujer que trabajaba en el sistema judicial, una jueza o algo parecido según entendí a medias entre gestos y frases sueltas, y lo pasé bien con ella durante un par de días, cenas tranquilas, algún paseo por el centro. Pero las conversaciones enteras a base del Traductor de Google se volvieron agotadoras bastante rápido, escribiendo cada frase en el teléfono, esperando la traducción, leyendo la respuesta traducida y tratando de adivinar qué matices se habían perdido por el camino. Hay solo un número limitado de cosas que se pueden decir con un teléfono de por medio antes de que la cosa empiece a sentirse más un ejercicio de paciencia que una cita de verdad.
Después conocí a una mujer llamada Charm que hablaba muy buen inglés y parecía sentirse cómoda con las costumbres occidentales, algo que en ese momento me pareció un alivio enorme después de tanto malentendido con traductor. La hice volar desde Chiang Mai hasta Bangkok para vernos, y nos llevamos realmente bien esos primeros días.
Tenía 44 años, era mona y juguetona, y había estado casada con un estadounidense que había fallecido, dejándola con un hijo, una granja y una casa a su nombre. Después de él, otro estadounidense había invertido en una casa nueva bastante grande que seguía pagando a plazos años después, a pesar de que ya no vivía allí ni tenía ninguna relación con ella.
Las señales de alarma llegaron rápido, más rápido de lo que me gustaría admitir con el paso de los años. Se quejaba de la elección de hoteles como si nada fuera nunca suficientemente bueno, ni siquiera hoteles de cuatro estrellas que a mí me parecían perfectamente razonables. Quería llevar una vida hi-so, de la que hablaba constantemente, marcas concretas, restaurantes concretos, la clase de vida que veía en redes sociales de otras mujeres de su edad. Mantenía a varios amigos hombres activos en aplicaciones de citas, cosa que descubrí sin querer mirando su teléfono un día, y se ponía a la defensiva en cuanto yo le preguntaba algo al respecto, cambiando de tema o directamente enfadándose y acusándome de no confiar en ella. Una noche, en un restaurante bastante caro, pidió comida suficiente para cinco personas cuando solo estábamos ella y yo sentados a la mesa, y luego apenas tocó la mitad de los platos.
Las cosas empeoraron cuando empezó a sugerir que le cubriera los pagos mensuales del coche, y que ayudara a financiar un viaje de su hijo para visitarme en Estados Unidos, viaje que ya le había prometido al chico sin siquiera consultármelo antes.
Cuando le puse límites al respecto, le contó a alguien que yo estaba enfadado y que me sentía utilizado. No se equivocaba del todo en la segunda parte, la verdad. Corté la relación ahí mismo y seguí adelante con el viaje. Con el tiempo entendí que había esquivado algo que probablemente me habría dejado sin un centavo.
En Bangkok conocí por internet a una mujer llamada Gop que se tomó tiempo libre del trabajo solo para verme en persona. En su momento pensé que simplemente estaba siendo amable, nada más. Mirando atrás ahora, creo que se estaba asegurando de que ningún otro hombre tuviera oportunidad antes que ella.
Me ayudó a encontrar una habitación decente cerca de su barrio, negociando el precio con el casero en un tailandés rápido que yo apenas seguía, me apunté a clases de tailandés en una academia del centro tres tardes por semana, y empecé poco a poco a hacerme una idea real de la ciudad y de la cultura, más allá de lo turístico y de las zonas de bares que había conocido en mis primeras semanas. Fue sinceramente un buen periodo de mi vida, aprendía rápido, hacía amigos entre los otros estudiantes de la academia, y disfrutaba de verdad de cada día sin la sensación constante de estar siendo evaluado que había tenido con Charm.
Con el paso del tiempo, la hija de Gop, de siete años, empezó a acercarse cada vez más a menudo cuando estábamos juntos. Una niña hiperactiva con algunos problemas de desarrollo que nadie parecía haber diagnosticado del todo bien. El colegio público al que iba no tenía ningún programa de apoyo para necesidades especiales, y se estaba quedando atrás curso tras curso sin que nadie hiciera gran cosa al respecto.
Pasé varias semanas investigando opciones, visitando colegios, haciendo preguntas que probablemente sonaban raras viniendo de un extranjero sin ningún parentesco oficial con la niña, hasta que encontré un colegio privado con un programa serio de apoyo para necesidades especiales, con profesores formados específicamente para eso. La matriculé en un plan de estudios basado en inglés, y me hice cargo de la matrícula sin plantearme demasiado si aquello me correspondía o no. Cuatro años después habla un inglés estupendo, mejor que el de muchos adultos que conozco, y tiene la confianza necesaria para llegar lejos en la vida, algo que antes ni ella ni su madre daban por sentado en absoluto.
Volví a Estados Unidos unos meses después, con la cabeza dándole vueltas a todo lo que había vivido, y decidí que aquello era todo lo que necesitaba saber para tomar una decisión importante. Hice planes para regresar de forma permanente con un visado de jubilado, vendí cosas que ya no necesitaba, cerré asuntos pendientes que llevaba años posponiendo. Volví, encontré un apartamento de dos habitaciones a una distancia cómoda de donde vivía Gop, y me instalé sin prisa, comprando muebles poco a poco, aprendiendo dónde estaba el mercado más cercano y la mejor tienda de fideos del barrio. La hija de Gop empezó a llamarme Papá por su cuenta, un día cualquiera, sin que nadie se lo sugiriera ni lo planeara. No la corregí ni una sola vez, ni entonces ni después.
Ahora mi vida se reparte entre Bangkok y Estados Unidos, unos meses aquí, unos meses allí, con Gop y su hija en el centro de todo ello. Gop trabaja y mantiene a sus padres de forma independiente, sin depender de mí para eso ni habérmelo pedido nunca directamente. Yo cubro el alquiler, la comida y las tasas del colegio, viajo cuando me apetece sin tener que dar demasiadas explicaciones, y he pasado por más países en los últimos años que en las décadas anteriores juntas, algo que jamás hubiera imaginado de mí mismo a los cincuenta. Sé el tailandés suficiente para moverme cómodamente por mi cuenta, pedir comida, regatear en el mercado, charlar con el taxista, aunque las conversaciones profundas todavía se me escapan por completo y probablemente siempre lo harán.
Entré en todo esto yendo demasiado rápido y sin tener ni idea de lo que estaba haciendo, dejándome llevar por la primera atención que me prestaban en un país nuevo, tal como advierten todas las guías que nadie lee hasta que ya es tarde. Charm podría haber sido un desastre financiero considerable si le hubiera dado más margen del que le di, y durante un tiempo me pregunté si no habría sido igual de ingenuo con Gop sin darme cuenta. Pero en algún punto del camino, sin planearlo en absoluto, terminé marcando una diferencia real en la vida de una niña que no tenía muchas más opciones a su alcance dentro del sistema en el que había nacido. No era el plan cuando empecé este viaje pensado solo para dos semanas, y aun así, mirando atrás con toda la distancia que dan los años, no me arrepiento de nada.
Tómate tu tiempo, sabe realmente qué es lo que estás buscando antes de subirte a ese avión, y no te lances de cabeza con la primera persona que te preste atención. Eso es lo principal que le diría a cualquiera que vaya a Tailandia por primera vez.