Portada: Esa noche en Pattaya no pasó nada, solo hablar y quedarnos dormidos abrazados. Fue justo eso lo que hizo que me enamorara.

Esa noche en Pattaya no pasó nada, solo hablar y quedarnos dormidos abrazados. Fue justo eso lo que hizo que me enamorara.

En resumen

Un belga de 35 años enviado a Pattaya por trabajo conoció a Nong, una mujer que trabajaba en un bar para mantener a su hermana. Tras un año de visitas y videollamadas, tramitaron un visado y ella se mudó a Bélgica. Seis meses después, pese a las dudas de la familia, la relación sigue funcionando.

Soy belga, de Gante, y tengo 35 años. Tengo un buen trabajo, mi propia casa, y entré en el negocio familiar nada más terminar los estudios, sin pensármelo demasiado en su momento.

Hace unos años me enviaron a Pattaya en lo que se suponía que iba a ser un viaje de trabajo corto, unos días de reuniones y ya está.

Antes de ir había oído todas las historias típicas sobre Pattaya. Hombres extranjeros mayores, bares por todas partes, y mujeres de sobra esperando en la puerta de cada uno. No parecía mi ambiente en absoluto, la verdad, y llegué pensando que me limitaría a cumplir con el trabajo y volver a casa sin más.

Pero después de terminar la jornada una noche, decidí salir a ver a qué venía tanto revuelo. Caminé por Walking Street sin ningún plan concreto, mirando más por curiosidad que por otra cosa, con las luces de neón reflejándose en cada charco de la acera y música distinta saliendo de cada puerta abierta.

En uno de los bares a los que entré conocí a una mujer llamada Nong.

Nos quedamos sentados bebiendo y hablando durante horas, y disfruté de estar con ella y de la sensación que transmitía, algo tranquilo y genuino que no encajaba con lo que había imaginado antes de llegar. Hablamos de todo un poco, de mi trabajo, de por qué estaba en Pattaya solo unos días, de música que a los dos nos gustaba sin que ninguno lo esperara del otro. En algún momento le pregunté, medio en broma, cuántas veces al día le hacían la misma pregunta que yo le estaba haciendo, y ella se rió y me dijo que menos de las que yo probablemente imaginaba, aunque no me dio ningún número concreto.

Al final salimos del bar juntos y seguimos la noche fuera, paseando sin rumbo por calles que ya no tenían nada que ver con el ambiente del bar.

Lo curioso es que no pasó nada. Pasamos la noche hablando, abrazados, y acabamos durmiéndonos juntos sin más. Recuerdo despertarme antes que ella, mirar el techo del hotel y pensar que llevaba años sin sentirme tan tranquilo con nadie, ni siquiera con las novias que había tenido antes en Bélgica. Suena ridículo cuando lo pienso ahora, pero esa noche fue la que de verdad hizo que empezara a sentir algo por ella, mucho más de lo que habría esperado después de conocerla solo unas horas.

A la mañana siguiente decidí que prefería pasar el resto del viaje con ella antes que seguir dando vueltas de bar en bar como había hecho la noche anterior.

Lo que empezó pareciendo el típico arreglo de novia de vacaciones enseguida empezó a sentirse como algo bastante más serio.

Después de unos días juntos, Nong me dijo que a partir de ese momento solo necesitaba cubrir el bar, para no tener que trabajar mientras yo estuviera allí. Incluso se ofreció a pagar ella las cosas cuando salíamos, aunque nunca se lo permití, ni una sola vez.

A medida que pasábamos más tiempo juntos, se fue abriendo sobre su vida. Su madre había muerto hacía años, su padre había desaparecido cuando ella era pequeña, y llevaba tiempo ayudando a mantener a su hermana y a los hijos de su hermana. Según me contó, esa fue la razón por la que había acabado trabajando en Pattaya, no porque lo hubiera elegido con ilusión sino porque era lo que había encontrado cuando más lo necesitaba. Me lo contó una tarde sentados en la terraza de un restaurante frente al mar, con la voz bastante más baja de lo habitual en ella, y recuerdo no saber muy bien qué decir salvo escuchar y dejar que hablara todo lo que necesitara.

Le pregunté, quizás sin mucho tacto, si echaba de menos algo de su vida antes de todo aquello. Se quedó pensando un momento y me dijo que echaba de menos poder elegir, simplemente eso, poder elegir en lugar de hacer lo que tocaba hacer para que su hermana y sus sobrinos comieran ese mes.

Cuando llegó el momento de volver a Bélgica, ninguno de los dos quería despedirse de verdad. Nos mantuvimos en contacto todos los días a través de mensajes y videollamadas, encajando las diferencias horarias como podíamos, y después de un tiempo decidí que quería darle a aquello una oportunidad de verdad, no solo dejarlo como un recuerdo bonito de un viaje de trabajo. Volví a Tailandia dos veces más ese mismo año, cada vez con la excusa oficial de visitar clientes que en realidad ya no necesitaban tanta atención, y cada visita confirmaba un poco más que aquello no se estaba enfriando con la distancia como me habían advertido que pasaría.

Antes de hacer nada más, le pedí que me enseñara documentos que demostraran que no estaba casada y que no tenía hijos propios. No lo hice por desconfianza exactamente, sino porque había oído suficientes historias como para saber que era el tipo de cosa que había que comprobar antes de seguir adelante. Ella lo entendió sin que tuviera que darle demasiadas explicaciones, cosa que también valoré, porque sabía perfectamente por qué se lo pedía y no se lo tomó como una ofensa personal. En cuanto vi que todo encajaba, empezamos los trámites para el visado.

Todo el proceso tardó muchísimo más de lo esperado para lo que en teoría era un visado sencillo, y tuvimos que prometernos formalmente para poder seguir con la solicitud. Pero una vez aprobado el visado, pagué para que dejara el bar y se mudara a Bélgica conmigo.

Lleva aquí seis meses ya.

No ha sido fácil para ninguno de los dos. Ella ha tenido que adaptarse a una cultura completamente distinta, a un idioma nuevo, a una comida diferente y a una forma de vida que no se parece en nada a la que conocía. Los primeros meses la notaba agotada de una forma distinta al cansancio normal, agotada de traducir constantemente en su cabeza, de no entender del todo un chiste en una cena, de buscar arroz jazmín en supermercados que solo tenían dos variedades y ninguna era la suya. Yo he tenido que lidiar con familiares y amigos que no dejaban de cuestionar la relación cada vez que salía el tema en una cena o una reunión familiar.

Mi madre se lleva muy bien con ella ahora, después de unos primeros meses bastante fríos que preferiría no repetir, con cenas familiares llenas de silencios incómodos y preguntas educadas que en realidad escondían otra cosa. Recuerdo una comida de domingo en concreto en la que mi madre le preguntó, sin ningún tacto, cuánto tiempo pensaba quedarse en Bélgica si las cosas no funcionaban entre nosotros. Nong contestó con una calma que a mí me sorprendió más que a nadie en la mesa, y esa respuesta cambió bastante la actitud de mi madre a partir de entonces. Pero mucha gente todavía piensa que solo está conmigo por el dinero o por la nacionalidad, y algunos amigos ni siquiera se molestan en disimularlo cuando salimos todos juntos. Quizás sea comprensible, teniendo en cuenta cuántas historias hay por ahí sobre relaciones como esta que acaban mal para uno de los dos, normalmente para el que se queda con las manos vacías después de haberlo dado todo.

Lo único que puedo decir, con toda la honestidad posible, es que hasta ahora ella no me ha dado ningún motivo para pensar eso. Somos felices juntos, se ha instalado bien en la vida en Bélgica, hasta ha empezado clases de idioma dos veces por semana y ya se defiende pidiendo en la panadería sin que yo tenga que traducir nada, y ya estamos hablando de pasar parte de nuestro futuro en Tailandia más adelante, quizás no todo el año pero sí una parte importante, cerca de su hermana y de los niños a los que tanto ha ayudado a criar.

Sé perfectamente que mucha gente va a leer esto y va a pensar que soy uno más diciendo que su chica es diferente a las demás, la frase que dice todo el mundo antes de que algo salga mal. Puede que tengan razón, puede que no. Lo único que sé es que ahora mismo las cosas están funcionando, y que estamos construyendo una vida juntos paso a paso, sin prisa pero sin pausa tampoco.

Quería compartir mi historia porque la mayoría de las historias que se oyen son las que acaban mal. La mía todavía no ha terminado, ni de lejos, pero de momento ha sido una historia positiva, y creo sinceramente que eso también merece contarse alguna vez, aunque solo sea para equilibrar un poco la balanza de lo que se suele oír sobre Pattaya y todo lo que representa para la gente que nunca ha pasado de largo por sus bares.

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