Un australiano me escribió para decirme que la mujer de la que me había enamorado era su novia desde hacía un año. Hoy es mi esposa.
En resumen
A los 44 años, divorciado desde hacía una década, un estadounidense conoce a Tay por Facebook. Un mes después, ya enamorado, descubre que ella llevaba un año con un australiano que la había visitado en su pueblo de Isaan. Ella se lo confiesa todo con honestidad y le pide una oportunidad. Años después, están casados y construyendo una casa para retirarse allí.
Tenía 44 años, llevaba una década divorciado y vivía solo en una casa demasiado grande para una sola persona, con una rutina que cabía entera en las mismas cuatro paredes: trabajo, gimnasio, cena delante de la televisión. Una noche cualquiera, a base de vídeos de YouTube sobre Tailandia vistos uno detrás de otro hasta las tantas, mercados nocturnos, playas, gente sonriendo a cámara en un idioma que no entendía una palabra, terminé reservando un vuelo casi sin pensarlo, con esa sensación un poco vergonzosa de estar tomando una decisión importante a la una de la madrugada.
Bangkok fue una sorpresa en el mejor sentido posible. Pattaya, todavía más. Pasé dos semanas increíbles y volví a casa pensando en serio en encontrar esposa tailandesa. Probablemente no es lo que la mayoría de la gente se lleva de Soi 6, pero aquí estamos.
De vuelta en Estados Unidos, me uní a varios grupos de Facebook sobre Tailandia, más por curiosidad que por estrategia, sobre todo para no perder del todo la sensación de esas dos semanas. Una chica llamada Tay me escribió un día sin previo aviso, un comentario sencillo debajo de una foto mía en Bangkok. Veintinueve años, un hijo pequeño cuyo padre se había ido de su vida hacía tiempo, y varios años de historial en Facebook que me leí con calma, foto por foto, publicación por publicación, comprobando fechas y comentarios de amigos comunes, antes de dejarme sentir nada. Quería asegurarme de que era real antes de permitirme nada más. Al cabo de un mes ya estaba enamorado de ella, hablando cada noche hasta quedarme dormido con el móvil todavía en la mano.
Entonces un hombre llamado Tom, australiano, me escribió por Facebook preguntándome directamente de qué conocía a Tay, con un tono que ya dejaba entrever que la respuesta no le iba a gustar. Me contó que había sido su novia durante el último año, que le mandaba dinero de vez en cuando, que incluso había volado hasta Tailandia para visitarla en su pueblo y conocer a la familia.
Me quedé completamente hundido, sentado frente al ordenador sin saber muy bien qué contestar primero. Le pedí disculpas a Tom, sinceras, aunque yo no había hecho nada a sabiendas, y bloqueé a Tay en el acto, sin darle opción a explicarse.
Unas semanas después, una amiga tailandesa suya me contactó por Messenger preguntándome si podía escucharla solo un par de minutos, nada más. Dudé un buen rato antes de aceptar. Tay me llamó esa misma tarde, sin lágrimas, con una calma que en su momento me sorprendió más que cualquier otra cosa, y me lo contó todo con una honestidad que no esperaba después de lo que ya sabía.
Había estado con Tom, sí, planeando en algún momento casarse con él para salir de Tailandia, algo que reconoció sin buscar excusas. Entonces aparecí yo, más joven, escribiendo cada noche, y se enamoró de verdad sin haberlo buscado ni planeado. Me enseñó, compartiendo la pantalla, capturas de conversaciones con sus amigas de meses atrás donde ya hablaba de querer confesarlo todo antes de que se le fuera de las manos, de lo mal que se sentía por no haber cortado con Tom antes de dejarse llevar conmigo. Después me pidió una sola oportunidad para vernos en persona, prometiendo que después de eso respetaría lo que yo decidiera.
Se lo conté a Tom por respeto, aunque nadie me obligaba a hacerlo. Me mandó a la mierda por mensaje, palabra por palabra, y terminó deseándome buena suerte con un tono que dejaba claro que no lo decía en serio. Bastante justo, la verdad, viendo las cosas desde su lado.
Dos meses después volé de vuelta a Tailandia, con más nervios en ese vuelo que en cualquier otro de mi vida. Ella fue a buscarme al aeropuerto y corrió directa hacia mí llorando sin control en cuanto me vio salir por las puertas de llegadas, delante de taxistas y familias esperando a otros pasajeros. Le había pedido, antes de coger el vuelo, que trajera a su hijo para ver con mis propios ojos qué clase de madre era, sin dar por hecho nada. Al principio me dijo que no, que prefería que nos conociéramos primero los dos solos, algo que respeté de verdad y que en realidad me tranquilizó bastante. Al final lo trajo de todos modos, un par de días después, un niño serio que me miraba desde detrás de la pierna de su madre hasta que le enseñé unos vídeos tontos en el móvil.
Fuimos a Phuket primero, unos días de playa y de conocernos sin la presión de la familia alrededor, y después a su pueblo: un lugar precioso encajado entre dos parques nacionales, con una casa que necesitaba bastantes arreglos, el tejado remendado en varias zonas y un patio de tierra apisonada donde su abuelo pasaba las tardes sentado en un taburete bajo. Vivía con su madre, su tía y su abuelo, todos bajo el mismo techo de chapa que sonaba distinto con cada lluvia, y todos me trataron desde el primer día como si llevara años yendo a comer allí los domingos.
Durante los ocho meses siguientes hicimos videollamadas de cuatro o cinco horas todos los días, a veces sin decir gran cosa, solo con el móvil apoyado en algún sitio mientras cada uno hacía sus cosas, cocinando, viendo la tele, comentando cualquier tontería que pasara por la pantalla. Volví a Tailandia una vez más, recorrimos el país juntos de punta a punta, y una mañana cualquiera, desayunando en una mesa de plástico frente al mar, se me escapó que deberíamos casarnos antes de que yo volviera a casa. Nada de pedida preparada, ni anillo escondido en el café, solo lo dije así, a bocajarro, entre un bocado y otro de tortilla.
Al final lo hicimos. La noche antes de la ceremonia legal me entró un miedo que no esperaba, tumbado en la cama del hotel sin poder dormir, dándole vueltas a todo lo que podía salir mal, a lo rápido que había ido todo, a lo que dirían mis hermanos cuando se enteraran. Se lo dije a Tay, con la luz apagada, esperando algún tipo de discusión. Ella me dijo que podíamos esperar, que no pasaba nada, que no tenía ninguna prisa si yo no la tenía, y no insistió en absoluto, ni una sola vez. Fue precisamente eso, esa falta total de presión en el momento en que más la habría esperado, lo que me hizo seguir adelante al día siguiente sin ninguna duda.
De vuelta en Estados Unidos, el papeleo de inmigración se alargó unos dieciocho meses, formularios, entrevistas, cartas pidiendo documentos que ya habíamos enviado dos veces. Después llegó la pandemia y lo estiró todavía más, meses enteros sin ninguna noticia mientras las oficinas cerraban y los plazos desaparecían del todo. Tay por fin llegó más de un año después de la boda, con dos maletas y una lista de cosas que quería ver escrita a mano en un papel.
Lo primero que quiso ver fue el puente Golden Gate, un sueño de la infancia que había tenido desde que vio una foto en un libro de texto del colegio. Se quedó ahí de pie un buen rato, sin decir nada, solo mirando. Lo segundo que quiso fue encontrar trabajo lo antes posible para mandar dinero a su familia, antes incluso de terminar de deshacer las maletas. Empezó en una fábrica cerca de casa y no se podía creer el sueldo que le pagaban por hora, comparado con lo que ganaba en Tailandia; hizo cuentas en voz alta la primera semana entera, como si no confiara del todo en el número.
Años después, la vida es realmente buena. Su hijo, ya un adolescente, habla un inglés perfecto, completamente occidentalizado en sus gustos y sus bromas, y le va genial en el colegio, con notas que a mí ni se me habrían ocurrido a su edad. Ella sigue saliendo a buscar setas e insectos por el bosque cercano a casa como si todavía estuviera en Isaan, volviendo con bolsas que a mis vecinos les cuesta mirar dos veces, algo que a mí me encanta precisamente porque nunca ha dejado de ser quien era antes de conocerme.
Ahora mismo estamos construyendo una casa en su terreno de Tailandia, mandando dinero cada pocos meses para la siguiente fase, viendo fotos del avance por WhatsApp que nos manda su tío. Tenemos pensado retirarnos allí dentro de cinco o seis años, cuando la casa esté terminada del todo y yo pueda por fin dejar el trabajo.
Mi consejo, con todo lo que hemos vivido: no persigas lo más joven ni lo más guapo. Atrévete a darle una oportunidad a algo aunque empiece de forma complicada, aunque en el momento parezca la peor idea posible. Mi mujer tailandesa es mejor pareja que cualquiera que haya tenido antes, incluido mi primer matrimonio, y estuve a punto de bloquearla para siempre por una situación que, al final, resultó ser honesta y arreglable, contada por ella misma antes de que yo se lo pidiera.
Tailandia es un lugar mágico. Ve, diviértete primero, tal como hice yo en Bangkok y en Pattaya sin ninguna intención seria. Y después mantén los ojos abiertos por si aparece lo de verdad, aunque llegue disfrazada de complicación.