Portada: La encontré bailando en un bar de Soi Cowboy. Nueve meses después nació nuestra hija en Tailandia.

La encontré bailando en un bar de Soi Cowboy. Nueve meses después nació nuestra hija en Tailandia.

En resumen

Un rumano de 31 años cuenta cómo un vuelo barato reservado por impulso lo llevó de vuelta a Bangkok solo, donde reencontró a Jit en un bar de Soi Cowboy. Un embarazo, meses de papeleo y una boda después, hoy son una familia normal en el Reino Unido.

Soy rumano, y en enero de 2018, con 31 años, por fin conseguí llegar a Tailandia.

Había viajado a casi 40 países a lo largo de los años, siempre con la mochila lista y una lista de destinos pendientes que no dejaba de crecer, pero Tailandia siempre se me había escapado de una forma u otra, un vuelo cancelado una vez, trabajo de por medio otra, hasta que empezó a sentirse casi como una broma entre mis amigos. Mi relación en casa ya había básicamente cumplido su ciclo, mi novia estaba trabajando en Finlandia por un contrato temporal que se había ido alargando, y apenas nos veíamos desde hacía meses, reducidos a mensajes cortos por la noche. Rompimos poco después de aquel viaje, sin mucho drama, casi como algo pendiente que por fin se resolvía solo.

Antes del viaje, todavía en Rumanía, me había apuntado a un par de aplicaciones de citas y había empezado a hablar con algunas mujeres allí, casi por curiosidad más que con un plan concreto. Una de ellas, Fon, era profesora en un colegio de Bangkok, hablaba un inglés estupendo por mensajes, y quedamos en vernos en persona en cuanto yo llegara al país.

Cuando por fin aterricé, agotado tras el vuelo pero demasiado nervioso para dormir, no contestaba al teléfono de ninguna manera, ni un mensaje, ni una llamada, así que mis amigos y yo terminamos pasando varias noches en Soi Cowboy en su lugar, siguiendo la corriente sin mucho plan. Puedes leer todo lo que quieras sobre esos bares por internet antes de ir, foros enteros dedicados al tema, pero nada te prepara de verdad para vivirlo en persona, las luces, el ruido, la cantidad de gente. Lo pasamos genial esas primeras noches y nos gastamos muchísimo más dinero del que teníamos planeado en un principio, como nos pasaría a la mayoría en nuestra situación.

Un par de meses después vi una oferta de vuelo ridícula, ida y vuelta a Bangkok por 279 euros. La reservé en el acto, sin ni siquiera saber con quién iba a viajar esta vez. Al final terminé yendo solo, lo cual resultó ser, sin ninguna duda, la mejor decisión que he tomado nunca en mi vida.

Me acordé entonces de una de las otras chicas de las aplicaciones con las que había hablado antes de mi primer viaje, Jit, que vivía en Bangkok, y todavía tenía su número guardado en el teléfono desde meses atrás. La llamé sin muchas esperanzas y, para mi sorpresa, accedió a quedar esa misma noche en el bar donde trabajaba.

Resultó que el bar estaba en Soi Cowboy, igual que los que había visitado en mi primer viaje unos meses antes, aunque uno distinto de los que ya conocía. Entré sin saber muy bien qué esperar de la noche, y a los pocos minutos la vi al fondo, preparándose junto a otras chicas para salir a bailar en el escenario.

Vino directa hacia mí en cuanto me vio entrar, sin dudarlo, y su inglés era bastante bueno, todo un extra que sinceramente no esperaba encontrarme esa noche. Pasamos toda la noche hablando sin parar de todo un poco, su familia, mis viajes, y después comiendo comida callejera en la calle, sentados en unos taburetes de plástico bajos mientras el resto de Soi Cowboy seguía su ritmo habitual a nuestro alrededor. Cuando le pregunté la edad me dijo que tenía 22 años. No la creí hasta que sacó su carné de identidad tailandés del bolso y me lo enseñó directamente.

Sentado en la habitación del hotel la noche siguiente, releyendo sus mensajes uno por uno, cancelé todos mis demás planes de viaje y me quedé en Bangkok el resto de la semana.

Pasamos los días siguientes simplemente juntos, sin nada especial planeado más allá de estar cerca el uno del otro, cine en centros comerciales con demasiado aire acondicionado, comida en puestos que ella elegía siempre mejor que yo, hablar de nuestras vidas hasta tarde, reírnos de tonterías que ahora ni recuerdo bien. Incluso empezó a enseñarme palabras sueltas en tailandés mientras paseábamos por la ciudad, corrigiéndome la pronunciación con paciencia infinita cada vez que la fastidiaba.

Quiero dejar claro que la traté con todo el respeto del mundo durante todo ese tiempo, sin ninguna excepción, y ella nunca, ni una sola vez, me pidió dinero ni ninguna otra cosa a cambio de estar juntos. Cuando llegó el momento de irme vino conmigo hasta el aeropuerto, ambos evitando mirarnos demasiado a los ojos, y le dije que quizás en septiembre volvería, sin ninguna promesa concreta de por medio. Sinceramente no pensé que fuera a salir gran cosa de todo aquello, otro final de vacaciones más.

Pero empezamos a llamarnos todos los días sin excepción, sin saltarnos ni uno solo por muy cansado que estuviera cualquiera de los dos. A veces tres o cuatro horas seguidas de videollamada, sin darnos cuenta de por dónde se iba el tiempo, hablando de cualquier cosa y de nada en particular. Un mes después de volver a casa ya estaba reservando otro vuelo de regreso, sin necesitar demasiada excusa para justificármelo a mí mismo. Nos encontramos en Bangkok y viajamos juntos hasta Phuket y Chiang Mai, nuestro primer viaje de verdad como pareja, no solo como dos personas conociéndose.

Seguí volviendo una y otra vez, a veces dos veces al mes, organizando el trabajo alrededor de los vuelos en vez de al revés. Me estaba dejando una fortuna considerable en billetes de avión, pero no me importaba lo más mínimo en ese momento de mi vida. Ella acabó dejando el bar por completo, algo que decidió por sí misma sin que yo se lo pidiera nunca directamente, volvió a su pueblo, y fuimos juntos a visitar a su familia allí, sentados en el suelo de su casa comiendo lo que su madre había preparado.

A principios de 2019 me dijo por videollamada que llevaba unos días sintiéndose rara, cansada sin motivo aparente. Una prueba de embarazo dio negativo esa misma tarde, y dos días después otra distinta dio positivo, sin ningún tipo de duda posible. Reservé un vuelo para el día de San Valentín sin pensármelo ni un segundo, el primer vuelo disponible que encontré. Hablamos del futuro esa misma semana, sentados los dos en su cama mirando el resultado de la prueba, y le prometí que la traería a ella y al bebé a Europa en cuanto pudiéramos organizarlo todo bien.

Me mudé al Reino Unido poco después, monté un pequeño negocio con un amigo desde cero, y nueve meses después nuestra hija nació en un hospital de Tailandia mientras yo sujetaba su mano. Me quedé allí seis semanas enteras conociendo a mi hija día a día, y después empecé a lidiar con todo el papeleo que nadie te explica bien hasta que te toca, la nacionalidad para mi hija, el visado para Jit, meses enteros de formularios interminables y citas en oficinas de inmigración.

Se lo aprobaron por fin en febrero de 2020, después de meses de espera revisando el correo cada día. Volé a Tailandia de inmediato y las traje a las dos a casa apenas unas semanas antes de que Tailandia cerrara sus fronteras por el COVID, por un margen que ahora, mirando atrás, me parece increíblemente estrecho. Nos casamos rápido, sin gran ceremonia, tramitamos su permiso de residencia en Rumanía primero, y finalmente, ya instalados los tres, conseguimos también un visado familiar británico completo para ella.

Hoy en día somos simplemente una familia normal siguiendo con la vida de cada día, colegio, trabajo, la compra semanal, las mismas cosas que cualquier otra familia en cualquier otro pueblo. Tenemos alguna discusión de vez en cuando, como todo el mundo las tiene, nada grave que no se resuelva hablando. Pero nunca dejamos de querernos ni un solo día de todos estos años juntos. Cada noche sigo dándole un beso en la frente antes de dormir, sin falta, un pequeño ritual que empezó sin que ninguno de los dos lo planeara y que ya no sabría dejar de hacer.

La encontré en un bar de Bangkok, un martes cualquiera que podría haber salido de mil maneras distintas. Contra todo pronóstico, contra todas las probabilidades razonables que cualquiera nos hubiera dado entonces, construimos una vida entera juntos. No podría estar más agradecido por cómo salieron las cosas al final.

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