Portada: Fui a Pattaya para olvidar un divorcio. Acabé pidiéndole matrimonio en el aeropuerto de Bangkok.

Fui a Pattaya para olvidar un divorcio. Acabé pidiéndole matrimonio en el aeropuerto de Bangkok.

En resumen

Un divorcio me llevó a Pattaya de vacaciones con mi hermano. Allí conocí a Nat, madre soltera que había perdido a su pareja antes de que naciera su hija. Me enamoré, empecé a repartir en bicicleta por las noches para mantenerla, y meses después le pedí matrimonio en el aeropuerto de Bangkok. Hoy llevamos cuatro años casados en Londres.

Fui a Pattaya para olvidar un divorcio.

Mi hermano llevaba meses insistiendo. Un viaje con los amigos, dos semanas de sol y cerveza barata, nada que el tiempo y una playa no pudieran arreglar. Yo no tenía ganas de nada. Tampoco tenía nada mejor que hacer en Londres, así que acabé diciendo que sí solo para que dejara de preguntar.

La primera vez que pisé Pattaya no esperaba nada del viaje salvo dejar de pensar durante un rato. Y durante dos semanas funcionó casi todo el tiempo. Salíamos hasta tarde, dormíamos hasta mediodía, y por las noches, cuando me quedaba solo en la habitación del hotel, seguía sin ganas de mirar el móvil ni de saber nada de mi vida en Inglaterra. Recuerdo poco de esos días y no me arrepiento de casi nada de lo que sí recuerdo.

Volví para Songkran esa misma primavera, esta vez casi por inercia, sin preguntarme demasiado por qué. Y en octubre volví una tercera vez, otra vez con mi hermano, esta vez con dos amigos que nunca habían puesto un pie fuera de Europa y que pasaron media semana mirándolo todo con la boca abierta, desde los tuk-tuks hasta el precio de una cerveza.

Fue en ese tercer viaje cuando empecé a fijarme en una chica que llevaba tiempo apareciéndome en Facebook, de esas cuentas que el algoritmo insiste en enseñarte sin que sepas muy bien por qué. Tenía una sonrisa fácil y un perfil lleno de fotos con un tipo de Bahréin que parecía su pareja. Nunca le escribí. No había nada que intentar con alguien que ya tenía a otro.

Unas noches después de llegar, en un club cerca de la playa, me sonó el móvil. Era ella. Decía que me había visto esa misma noche, en la barra, y que llevaba un rato dudando si escribirme o no.

Le pregunté qué hacía en Pattaya. Me contó que estaba de vacaciones con unas amigas y que lo de Bahréin se había terminado hacía poco, sin dramas, simplemente terminado. Quedamos para el día siguiente, casi como si lleváramos años haciéndolo.

Cenamos tarde, en uno de esos sitios sin mantel donde la comida llega antes de que hayas terminado de sentarte. Se llamaba Nat.

Me habló de su hija, que entonces tenía cinco años. Me habló de su pareja, el padre de la niña, que había muerto en un accidente de moto unos meses antes de que naciera, así que nunca llegó a conocerla. Me habló de su madre, en un pueblo de Isaan, y de las dos personas a las que tenía que sacar adelante ella sola: por eso había dejado un trabajo con horario fijo en una tienda para hacer maquillaje y peinados por su cuenta, con la flexibilidad que necesitaba para cuidar de las dos a la vez.

Lo contó todo sin pedir nada a cambio, y eso fue lo que más me descolocó de toda la noche.

Cuando intenté pagar algo de más, lo rechazó. Cuando insistí en dejarle dinero para el taxi de vuelta a su hotel, discutimos en serio, hasta que cedí yo. Se quedó conmigo el resto del viaje, y no porque yo pagara nada: simplemente quiso quedarse, y eso, viniendo de donde yo venía, me pareció casi sospechoso al principio.

El día que embarqué de vuelta a Londres ya sabía que aquello no había sido una historia de vacaciones. Estaba enamorado, o lo bastante cerca como para que la diferencia no importara demasiado.

En Londres no podía dejar de pensar en ella. Empecé a repartir en bicicleta por las noches, un segundo trabajo encima del que ya tenía en la oficina, solo para poder enviarle dinero sin que aceptarlo le supusiera un sacrificio a ella. Le dije que dejara de trabajar tantas horas, que volviera a su pueblo con su hija y su madre, que del resto ya me encargaba yo.

Cuando mis amigos se enteraron de todo esto, reaccionaron como era de esperar. Mi propio hermano me dijo que estaba loco, que esto siempre acababa igual, que me estaban viendo la cara desde el primer día. Me sacaron del grupo de mensajes sin avisar. No me importó. No era su vida ni su dinero, y a esas alturas ya había tomado una decisión que no pensaba discutir con nadie más.

En marzo volví a volar a Tailandia. Llevaba el anillo en el bolsillo de la chaqueta desde antes de facturar la maleta en Heathrow, comprado semanas antes en una joyería cerca de mi trabajo, casi sin decírselo a nadie por miedo a que intentaran quitarme la idea de la cabeza.

Se lo pedí en el aeropuerto de Bangkok, nada más verla, antes incluso de soltar el equipaje de mano. Dijo que sí ahí mismo, en medio de la gente que salía de la terminal empujando carritos, y durante un segundo me pareció que nadie más en aquel aeropuerto se había dado cuenta de lo que acababa de pasar.

Los días siguientes los pasamos entre trámites: la embajada, papeles que había que firmar por duplicado, colas que no terminaban nunca bajo el aire acondicionado de una oficina en Bangkok. Pagué el Sin Sod a su familia, sin regatear, como corresponde. Después viajamos a su pueblo, en Isaan, para una boda pequeña en casa de su madre, con monjes por la mañana, hilos blancos atados en la muñeca, y la familia más cercana sentada en sillas de plástico bajo un toldo improvisado en el patio. Semanas más tarde nos casamos oficialmente en el registro civil local, un trámite de veinte minutos que en la práctica ya llevábamos meses celebrando por adelantado.

Volví a Londres y empecé el proceso del visado de cónyuge. Fueron meses de formularios, cartas del banco, justificantes de ingresos y una espera que se hacía más larga cada vez que revisaba el correo sin ninguna novedad. Se resolvió a finales de agosto del año siguiente, un viernes por la tarde, mientras estaba en mitad de un reparto.

La fui a buscar a Heathrow y la llevé a conocer a todo el mundo esa misma semana, sin darle tiempo casi ni a superar el cambio de horario. Los mismos amigos que me habían borrado del grupo se deshicieron en disculpas en cuanto la conocieron en persona. Mi hermano fue el primero en admitir que se había equivocado con ella, aunque tardó bastante más en admitir que se había equivocado conmigo.

Desde que llegó no ha parado. Empezó sirviendo mesas en el restaurante de un amigo mío, turnos largos que aceptaba sin quejarse nunca delante de mí. Un año después consiguió un puesto mucho mejor en un hotel del centro de Londres, donde sigue trabajando y donde ya le han ofrecido, dos veces, un ascenso. Cada mes manda dinero a su madre, como hacía antes de conocerme, y hace poco compraron entre las dos un terreno para la familia en Isaan, algo que ella lleva años queriendo hacer.

Llevamos cuatro años casados. Cuando perdí a mis dos padres, uno detrás del otro, casi en el mismo año, fue ella quien se ocupó de todo lo que yo no era capaz de gestionar: llamadas, papeleo, el funeral, vaciar la casa. Nunca me lo ha recordado ni una sola vez desde entonces, y eso también dice mucho de quién es. Su hija, que ahora tiene nueve años, me llama de una forma que no pienso traducir aquí porque no consigo escribirla sin que se me quiebre la voz.

Ya estamos planeando el traslado definitivo a Tailandia para cuando me jubile, a los 55. Ella dice que quiere volver a Isaan, cerca de su madre. Yo digo que me da igual dónde, siempre que sea con ella.

No todas las historias como esta acaban mal. A veces salen exactamente como uno esperaría que salieran.

Sigue leyendo

Historias relacionadas