350 invitados, un jefe de pueblo consultando amuletos para la fecha, y años después un mensaje pidiendo el divorcio.
En resumen
Un australiano de 50 años cuenta cómo una boda tailandesa de 350 invitados en Phuket se convirtió en una casa de huéspedes en Patong, una aventura con otra mujer, peleas con la policía de por medio, y un mensaje final pidiendo el divorcio.
Todo esto empieza cuando tenía 50 años, divorciado, y todavía en buena forma y activo. Me llamo Dean, soy de Sídney.
Un amigo de toda la vida, Gary, me propuso por teléfono que nos viéramos en Phuket en vez del viaje al Reino Unido que tenía planeado desde hacía meses, algo sobre unos vuelos baratos que había encontrado y las ganas de ver algo distinto a Manchester en invierno. Cambié los planes casi sin pensarlo. Aterrizamos con apenas media hora de diferencia entre un vuelo y otro, dejamos las maletas tiradas de cualquier manera en la habitación del hotel y salimos directos a la calle sin ni siquiera ducharnos. Esa primera noche en Bangla Road fue algo distinto a todo lo que yo conocía hasta entonces, y eso que no era mi primera vez en Tailandia ni mucho menos.
Unas noches después, ya con Gary y yo instalados en una rutina de bares y restaurantes de playa, vimos a dos chicas trabajando en el bar de un restaurante cerca del hotel, nos pusimos a hablar con ellas mientras esperábamos la cuenta y terminaron saliendo con nosotros esa misma noche. Así conocí a Tick, 27 años, con una sonrisa que se notaba desde el otro lado de la calle y una forma de reírse de mis chistes malos que me hizo sentir mucho más gracioso de lo que en realidad soy.
Nos llevamos tan bien desde el principio, entre risas y conversaciones que se alargaban hasta tarde, que le pedí que pasara los cinco días que me quedaban de viaje conmigo en vez de trabajar en el bar. Aceptó sin pensárselo mucho, y Gary, para su crédito, no se quejó ni una sola vez de quedarse solo el resto del viaje.
De vuelta en Sídney la llamaba por Line todos los días, a veces durante horas seguidas, tumbado en el sofá con el teléfono cargándose al lado porque la batería no aguantaba tanta conversación. Volé de vuelta varias veces en viajes cortos, cuatro o cinco días como mucho, solo para mantener viva la relación entre trabajo y trabajo. Conocí a su familia en una de esas visitas, y visité a sus padres en una zona rural donde su padre salía por la noche a cazar ratas de campo y ranas con una linterna atada a la cabeza, una tradición local que a mí me pareció fascinante y aterradora a partes iguales, algo completamente ajeno a cualquier cosa que hubiera visto antes en mi vida. Probé las dos cosas por educación, sentado en el suelo de tierra apisonada de la cocina familiar, pero con la rata de campo no fui capaz de terminar el plato por mucho que lo intenté.
Empezamos a hablar de matrimonio, casi sin darme cuenta de en qué momento exacto la conversación había pasado de una idea vaga a un plan concreto. Su hermana llamó a toda la familia, llamó al jefe del pueblo, que consultó sus amuletos de la suerte para elegir la fecha, y Tick lo anunció en Facebook antes de que yo hubiera terminado de decir que sí del todo.
La boda quedó fijada para el marzo siguiente, unos 350 invitados repartidos entre mi familia, que apenas llenaba dos mesas, y la suya, que parecía ocupar el pueblo entero, primero traje tradicional tailandés con todo el ceremonial correspondiente y después traje occidental para el resto del día. Empezamos a las seis de la mañana con la ceremonia del agua bendita sobre las manos y no terminamos hasta las dos de la madrugada del día siguiente, con música, baile y más comida de la que ningún ser humano debería intentar comer en un solo día. Gary voló desde el Reino Unido solo para estar presente, con un traje que claramente no estaba pensado para el calor de Tailandia, y no dejó de repetir durante toda la boda que aquello no se parecía a ninguna otra que hubiera visto antes.
Conseguir que Tick se mudara a Sídney resultó mucho más complicado de lo que había imaginado. El primer visado de turista se lo denegaron sin más explicación. La solicitud del visado de cónyuge costaba siete mil dólares australianos, exigía huellas dactilares y escáner de iris en Bangkok, un reconocimiento médico completo, y el proceso podía tardar entre doce y dieciocho meses.
Un segundo visado de turista sí salió adelante, así que la traje en julio. Se pasó las tres semanas repitiéndome que hacía demasiado frío y que todo era mejor en Tailandia. Volvió a casa y me dijo, ya con calma, que no podía mudarse a Australia de forma permanente.
Así que empecé a plantearme mudarme yo a Tailandia en su lugar. Pasé meses investigando negocios, volando de un lado a otro para reunirme con intermediarios, y terminé comprando una pequeña casa de huéspedes en Patong en diciembre de 2016. Presenté mi renuncia en el trabajo de Sídney. Los apretones de manos y las miradas de envidia de mis compañeros fueron algo que recuerdo con claridad.
La temporada alta fue estupenda, casi lleno completo durante todo enero, el dinero entrando de forma constante y la sensación de haber tomado la decisión correcta reforzándose cada semana. El trabajo, eso sí, era brutal, de siete de la mañana a medianoche la mayoría de los días, reservas, limpieza, quejas de huéspedes, reparaciones improvisadas, todo a la vez y sin descanso real. Tick se mudó conmigo y vivíamos juntos en una casa a diez minutos del negocio, aunque en la práctica yo pasaba allí más horas de las que pasaba en casa.
Para febrero Tick había perdido por completo el interés en la relación. Empecé a pasar las noches en la casa de huéspedes cuando había habitaciones libres. Una cosa llevó a la otra y terminé involucrado con otra mujer, Lynn. Una amiga de Tick nos vio juntos.
Lo que vino después fueron meses de caos puro. Peleas en bares con vasos y ceniceros volando por el aire. Tick se iba y luego volvía. Yo intentando compaginar a las dos mujeres, muy mal por cierto.
Según me contaron, Tick organizó problemas serios para Lynn, lo bastante graves como para que Lynn y yo tuviéramos que salir de la ciudad unos días.
Su hermana se presentó con un grupo de gente, llamaron a la policía, todos terminaron detenidos y liberados con una advertencia. Aquello estaba completamente fuera de control.
Con el tiempo Lynn y yo dejamos de vernos, agotados los dos por meses de tensión constante que ninguno de los dos había pedido en realidad. Intenté volver con Tick, incluso le escribí una carta larga explicándome, pero ella ya había pasado página y me dijo que no, sin rencor aparente pero sin margen para la discusión tampoco.
La casa de huéspedes sufrió durante la temporada baja. La vendí, y ahí quedó claro que Tick no conocía bien la ley tailandesa, porque en realidad le correspondía la mayor parte del dinero de la venta y ella pensaba que el reparto era un simple 50/50.
Abrí un bar restaurante con un socio tailandés que duró tres meses antes de venirse abajo por completo. Pasé una temporada recorriendo Tailandia en coche, Krabi, Trang, Bangkok, Phi Phi, Koh Lanta, sin ningún plan concreto más allá de alejarme de Patong un tiempo.
Me encontré con Tick de nuevo y volvimos juntos de forma bastante informal. Con el tiempo aceptó darle a Sídney una oportunidad de verdad. Llegó en junio de 2019, abrió una cuenta bancaria y tenía un trabajo esperándola en una carnicería. Las primeras semanas fueron bien.
Después su actitud cambió, se volvió más distante, más pendiente del teléfono de lo normal, y empecé a sospechar sin querer admitírmelo del todo a mí mismo. Una noche, mientras dormía a mi lado, usé su huella dactilar para desbloquear el teléfono con mucho cuidado de no despertarla. Encontré mensajes de varios hombres distintos, incluido uno que la había visitado en Tailandia durante uno de nuestros períodos separados, con fotos y planes de futuro que no dejaban demasiado espacio para la duda.
Le mandé las capturas de pantalla y la confronté esa misma noche. A la mañana siguiente le dije que se volvía a Tailandia. Una semana después estaba en un avión.
Después de eso nos escribimos de vez en cuando, cada vez con menos frecuencia. El último mensaje que recibí de ella fue pidiéndome el divorcio.
Ahora, con algo de distancia y bastante más calma de la que tenía en su momento, pienso a veces en aquella boda de marzo, en los 350 invitados y en el jefe del pueblo consultando sus amuletos para elegir la fecha, y me cuesta reconciliar esa imagen con la última pantalla del teléfono pidiéndome el divorcio años después. Supongo que ambas cosas fueron reales a su manera, solo que en momentos completamente distintos de la misma historia.
Cuatro años, dos negocios, un matrimonio, y más drama del que la mayoría de la gente ve en toda su vida. Tailandia se me metió bajo la piel de verdad, y he vuelto varias veces desde entonces. Solo que a Phuket ya no.