Se me rompió la moto a las afueras de Korat, camino a ningún sitio en particular. Diez años después, todavía no me he ido.
En resumen
Liam, un mochilero irlandés de 29 años sin ningún plan fijo, se queda varado a las afueras de Korat cuando se le avería la moto junto a un puesto de fideos. Nan, la dueña de 24 años, le da de comer sin preguntar. Diez años después siguen juntos, llevando el mismo puesto.
Soy irlandés, tenía 29 años cuando esto empezó, y llevaba cuatro meses recorriendo el sudeste asiático en moto sin ningún plan más allá de seguir hacia donde me llevara la carretera cada mañana.
La moto se averió a las afueras de Korat, en una carretera secundaria sin nada reconocible a la vista salvo un puesto de fideos con un par de mesas de plástico bajo un toldo. Empujé la moto los últimos quinientos metros bajo un calor que en ese momento me pareció personal, y me senté a esperar mientras alguien del pueblo intentaba localizar a un mecánico.
El puesto lo llevaba Nan, de 24 años entonces, que servía Pad Mee Korat, los fideos secos con salsa de tomate y cerdo que dan fama culinaria a la ciudad sin que casi ningún turista fuera de Tailandia lo sepa. Me sirvió un plato sin preguntar, viendo que llevaba horas sin comer, y se sentó un momento conmigo mientras esperaba, más por curiosidad hacia el farang varado que por otra cosa.
El mecánico tardó tres días en conseguir la pieza que necesitaba mi moto, pedida desde Bangkok.
Un sábado, a mitad de esos tres días, la ayudante habitual de Nan no apareció por una emergencia familiar, y el puesto se llenó más de lo que yo lo había visto hasta entonces, con una fila de motos mal aparcadas fuera y clientes impacientes esperando mesa. Nan me puso a cobrar y a llevar platos sin preguntarme si sabía hacerlo, indicándome los precios a gritos desde la cocina improvisada cada vez que dudaba. Cerramos esa noche agotados, con la caja cuadrando casi a la perfección, algo que nos sorprendió a los dos por igual. Fue el primer día en que sentí que no era solo un farang varado esperando una pieza, sino alguien que de verdad había ayudado con algo real. Pasé esos tres días básicamente viviendo en el puesto de Nan, ayudando torpemente con lo que podía —lavar platos, cargar sacos de arroz, entretener a los clientes habituales con un tailandés terrible que a todos les hacía gracia— sin que nadie me lo pidiera exactamente, pero sin que nadie me dijera que parara tampoco.
Cuando la moto por fin estuvo lista, no la usé para irme. La usé para ir y volver de un apartamento barato que alquilé a diez minutos del puesto, mientras alargaba lo que debía ser una parada de tres días hasta convertirla, sin ninguna decisión consciente de por medio, en semanas y después en meses.
Le pregunté a Nan, casi dos meses después de la avería, por qué nunca me había echado del puesto en todo ese tiempo teniendo en cuenta que no le servía de ninguna ayuda real. Se rió y me dijo que al principio le daba pena verme comer solo en la barra cada noche, y que después, sin darse cuenta, había dejado de darle pena y había empezado simplemente a gustarle que estuviera.
Su familia no tenía muchas expectativas puestas en mí, para bien o para mal, porque nadie en el pueblo esperaba que un mochilero irlandés de veintinueve años con una moto averiada fuera a quedarse el tiempo suficiente como para que importara. Cuando quedó claro que sí me iba a quedar, su madre me puso a trabajar en serio en el puesto en vez de dejarme ayudar de broma, lo cual entendí, con el tiempo, como la forma más clara de aceptación que existía en esa familia.
Diez años después, el puesto de fideos ahora tiene un pequeño local con techo de verdad en vez de un toldo, gracias en parte a un préstamo que pedimos juntos hace cinco años y que todavía estamos pagando. Nan sigue cocinando el mismo Pad Mee Korat con la misma receta de su madre. Yo llevo la parte de las cuentas y, los fines de semana, algunas rondas cortas en moto con turistas de paso que se paran a preguntar por curiosidad, la misma curiosidad con la que yo me paré aquí una vez sin ninguna intención de quedarme.