Portada: Trabajaba coordinando ejercicios conjuntos con el ejército tailandés en Korat. La funcionaria que gestionaba mi papeleo terminó gestionando bastante más que eso.

Trabajaba coordinando ejercicios conjuntos con el ejército tailandés en Korat. La funcionaria que gestionaba mi papeleo terminó gestionando bastante más que eso.

En resumen

Frank, un veterano estadounidense de 58 años, trabaja como contratista civil coordinando ejercicios militares conjuntos en Korat, sede de una de las mayores bases del ejército tailandés. Gift, la funcionaria de enlace de la base, se convierte en mucho más que un contacto administrativo.

Soy estadounidense, tengo 58 años, veterano retirado del ejército después de veintiséis años de servicio, y desde hace cinco trabajo como contratista civil coordinando la logística de ejercicios conjuntos entre unidades estadounidenses y el ejército tailandés, con base fija en Korat, sede de una de las mayores áreas militares del país.

Es un trabajo que consiste sobre todo en papeleo, permisos, coordinación de calendarios y solucionar malentendidos protocolarios antes de que se conviertan en incidentes diplomáticos menores. Nada parecido a mis años de servicio activo, pero paga bien y me permite seguir en un ambiente que entiendo, con gente que entiende sin explicaciones por qué a veces contesto a una pregunta con más brusquedad de la que pretendo.


Gift tenía 42 años y llevaba quince trabajando como funcionaria civil en la oficina de enlace de la base, la persona que en la práctica hacía que todo el papeleo entre las dos administraciones militares funcionara, aunque sobre el papel su cargo sonara mucho más modesto de lo que en realidad era su trabajo diario.

La conocí mi primera semana en Korat, discutiendo con ella sobre un permiso de acceso que según mis papeles debería haber estado listo y que según los suyos llevaba tres semanas esperando una firma que nadie en mi cadena de mando parecía saber que faltaba. Gané esa discusión, en el sentido de que el permiso apareció al día siguiente. Perdí bastante más en los meses que siguieron, aunque tardé en darme cuenta.


Durante el primer año de ejercicios conjuntos hubo un incidente que puso a prueba a todo el mundo: un malentendido sobre el uso de un espacio aéreo restringido que estuvo a punto de convertirse en un problema serio entre ambos mandos, resuelto finalmente gracias a que Gift encontró, revisando archivos hasta las tres de la madrugada durante dos noches seguidas, un acuerdo bilateral firmado años antes que aclaraba exactamente los límites en disputa. Se lo llevó personalmente al general tailandés al mando esa misma mañana, sin dormir, sin maquillarse, con la misma calma con la que gestionaba cualquier otro papeleo. Yo estuve en esa reunión, oficialmente para dar apoyo técnico, en realidad sobre todo impresionado de una forma que no había sentido por nadie en años.


Empezamos a comer juntos casi a diario después de aquello, oficialmente para coordinar temas pendientes, aunque los temas pendientes rara vez ocupaban más de diez minutos de las comidas que duraban una hora larga. Ella había estado casada antes, brevemente, con otro militar tailandés que la dejó por otra mujer poco después de la boda, algo que me contó sin demasiado drama una tarde, casi como un dato administrativo más entre los muchos que manejaba a diario.

Le pregunté, meses después, si le interesaría que la cosa fuera más allá de las comidas de trabajo. Me dijo que llevaba meses preguntándose lo mismo sobre mí, pero que no pensaba ser ella quien complicara la relación profesional entre nuestras dos oficinas si yo no daba el primer paso.


Su familia, cuando por fin la conocí, resultó ser sorprendentemente comprensiva con mi pasado militar, algo que no esperaba del todo. Su padre había servido también, décadas antes, y entendía mejor que la mayoría de familias tailandesas que conozco lo que significa una vida organizada en torno a cadenas de mando, protocolos y despliegues que no siempre se explican del todo a quien se queda en casa.

Nos casamos hace dos años en una ceremonia que combinó, torpemente pero con cariño, elementos de una boda tailandesa tradicional con la presencia de varios compañeros de mi antigua unidad que vinieron desde Estados Unidos solo para la ocasión, incómodos con el calor pero encantados con la comida.


Sigo trabajando en la misma base, ella sigue en la misma oficina de enlace, y seguimos, quince años después de que ella empezara ese trabajo y cinco después de que yo llegara, discutiendo de vez en cuando por algún permiso que a mí me parece que debería estar listo antes de lo que ella dice. Ya no gano esas discusiones casi nunca. Tampoco me importa demasiado.

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