Vine a Chiang Rai a comprar café durante una semana. Ocho años después, todavía negocio precios con la misma cooperativa, aunque ahora también soy parte de la familia.
En resumen
Sam, un comprador de café canadiense de 39 años, viaja a Chiang Rai para negociar con una cooperativa de las montañas de Doi Chang. Kaew, la responsable de control de calidad, le corrige un lote que él daba por bueno. Ocho años después siguen catando café juntos, ahora como matrimonio.
Soy canadiense, tengo 39 años, y trabajo comprando café especial de origen para una tostadora en Vancouver, un trabajo que me lleva a viajar varias veces al año a zonas cafetaleras de todo el mundo. Chiang Rai entró en mi ruta hace ocho años, cuando mi empresa empezó a interesarse por el arábica de altura que se cultiva en las montañas de Doi Chang y Doi Tung, cerca de la frontera con Myanmar.
Mi primer viaje debía durar una semana: visitar varias fincas, catar muestras, negociar precios de la próxima cosecha con las cooperativas locales. Una de esas cooperativas la gestionaba, en la parte de control de calidad, una mujer llamada Kaew.
Kaew tenía 34 años entonces, formada en agronomía en Chiang Mai, y era la persona que decidía, antes de que ninguna muestra llegara a mis manos, qué lotes merecían siquiera la pena catar. Discutimos, esa primera semana, sobre un lote entero que ella se negaba a certificar como de calidad de exportación pese a que yo, con mi paladar entrenado en salas de cata más que en fincas reales, lo encontraba perfectamente aceptable.
Tenía razón ella, no yo. El lote tenía un defecto de fermentación que solo se notaba después de un tueste más oscuro del que yo había probado en la cata inicial. Se lo reconocí abiertamente delante de todo su equipo, lo cual, según me contó después, no era algo que los compradores extranjeros hicieran con frecuencia.
Volví tres meses después para la temporada de cosecha, oficialmente para supervisar el proceso de secado de los lotes que sí habíamos comprado. Extraoficialmente, para ver si Kaew seguía tan segura de sí misma como recordaba. Lo estaba.
Pasamos esa temporada entera prácticamente juntos, catando muestras cada mañana antes de que el calor apretara, subiendo a fincas a las que solo se llegaba en moto por caminos que en temporada de lluvias se volvían intransitables. Ella me enseñó a distinguir, por el olor antes que por el sabor, un café con un buen proceso de uno mediocre. Yo le enseñé, con menos éxito, algo de inglés comercial que necesitaba para negociar directamente con compradores como yo sin depender de un intermediario.
Una tarde de esa segunda temporada, una tormenta repentina convirtió el camino de bajada en un lodazal intransitable, y nos quedamos atrapados en la finca más alta de la cooperativa, sin cobertura de móvil, con el dueño de la finca y su familia como única compañía. Cenamos arroz y un pollo que sacrificaron esa misma tarde, dormimos en esteras en el suelo del salón principal, separados por una cortina improvisada que la familia colgó sin que nadie se lo pidiera, y pasamos buena parte de la noche hablando en susurros para no despertar a nadie, sobre nada en particular y sobre todo a la vez. Bajamos a la mañana siguiente, embarrados hasta las rodillas, y ninguno de los dos volvió a fingir que aquello era solo trabajo.
Le pregunté, al final de esa segunda temporada, si le apetecería que la relación fuera algo más que comprador y proveedora. Se rió y me dijo que llevaba meses evitando la pregunta ella misma, porque mezclar negocio y algo personal en una cooperativa pequeña, donde todo el mundo se entera de todo, le parecía complicado.
Lo complicamos de todas formas. Su familia, que lleva generaciones cultivando en la zona, me recibió con la misma cautela práctica con la que Kaew evaluaba un lote de café: nada de calidez instantánea, mucha observación silenciosa antes de decidir si yo era serio o solo otro comprador extranjero de paso.
Ocho años después, sigo comprando el café de esa misma cooperativa, aunque ahora las negociaciones de precio son bastante menos formales que al principio, dado que la persona al otro lado de la mesa es también mi esposa. Vivimos entre Chiang Rai y Vancouver, aunque cada vez paso más tiempo aquí que allí. Sigo sin ganarle una sola cata a ciegas, después de ocho años intentándolo.