Dejé mi trabajo de contable en Cardiff para escalar dos semanas en Krabi. Cinco años después sigo aquí, viviendo con la mujer que me enseñó a asegurar mi primera vía.
En resumen
Tom, un galés de 34 años, pide una excedencia de tres meses para ir a escalar a Railay, en Krabi. Se enamora de Fon, la instructora tailandesa que lleva la escuela de escalada, y cinco años después sigue allí, viviendo de la escalada en vez de la contabilidad.
Era contable en Cardiff, tenía 34 años, y un día me di cuenta de que llevaba once años haciendo el mismo trabajo sin poder recordar con claridad ni un solo día concreto de esos once años. Todos se habían fundido en uno.
Pedí una excedencia de tres meses, algo que en mi empresa nunca se veía bien pero que tampoco podían impedirme por contrato, y me fui a escalar. Había empezado a escalar en un rocódromo de Cardiff dos años antes, más por aburrimiento que por vocación, y en algún momento leí que Railay, en Krabi, era uno de los mejores sitios del mundo para escalada en roca caliza junto al mar. Compré el billete esa misma noche.
Las dos primeras semanas las pasé en un campamento de bungalós baratos en Tonsai, la playa de al lado de Railay a la que solo se llega en barco porque la selva y los acantilados cortan cualquier carretera. Escalaba de sol a sol, comía en los mismos puestos de comida cada noche, y por primera vez en años dormía como si el cuerpo realmente lo necesitara, no como una obligación entre dos jornadas de oficina.
La escuela de escalada donde me apunté a un curso de asegurador la llevaba una mujer tailandesa llamada Fon, de treinta años, con más vías escaladas en esa pared caliza que cualquier extranjero que yo hubiera conocido en mi vida, incluidos los que llevaban una década viniendo cada temporada.
Eso, para ser sincero, no me lo esperaba. Había visto a mujeres tailandesas trabajando en casi todos los negocios de la zona —restaurantes, tiendas de buceo, alquiler de kayaks— pero nunca como instructoras de escalada, y mucho menos llevando la escuela.
Me corrigió la técnica de aseguramiento el primer día, sin ninguna paciencia especial por ser yo nuevo, con la misma exigencia con la que corregía a cualquiera. Me pareció bien. Llevaba meses harto de que la gente en la oficina me tratara con cuidado excesivo solo porque tenía un puesto un escalón por encima.
Alargué la excedencia dos veces. La segunda vez ya sabía que no iba a volver a Cardiff a ese trabajo, aunque todavía no se lo había dicho a nadie, ni siquiera a mí mismo del todo.
Seis meses después de conocernos, tuve una caída en una vía que llevaba semanas queriendo terminar, un desplome de roca en un punto donde el último seguro estaba más lejos de lo que debería. No fue grave —un esguince de tobillo feo y un buen susto— pero recuerdo con total claridad la cara de Fon bajando hacia mí por la pared, sin ningún pánico visible, dando instrucciones al resto del grupo en tailandés e inglés al mismo tiempo mientras me estabilizaba la pierna. Pasé una semana sin poder escalar, cojeando entre el bungaló y los puestos de comida, y ella venía cada noche después de cerrar la escuela a comprobar cómo estaba, aunque llevábamos apenas medio año conociéndonos y no habíamos hablado nunca de qué éramos exactamente el uno para el otro. Esa semana, sin ninguna conversación formal de por medio, fue cuando entendí que ya éramos algo, mucho antes de decirlo en voz alta.
Empezamos a escalar juntos fuera de las clases, primero en grupo con otros instructores, luego solo los dos. Ella escalaba vías que a mí me daban miedo solo con mirarlas desde abajo, y yo aprendí más viéndola resolver un paso difícil que en cualquier curso que hubiera pagado.
No hubo un momento claro en que la cosa se volviera otra cosa. Fue más bien que un día me di cuenta de que llevaba semanas organizando mis días enteros alrededor de si ella libraba o no, y que había dejado de mirar vuelos de vuelta a Gales sin ni siquiera darme cuenta de cuándo había dejado de hacerlo.
Se lo dije, torpemente, sentados en la arena de Tonsai una noche después de cerrar la escuela. Ella se rió, no de mala manera, y me dijo que llevaba más tiempo que yo dándose cuenta de lo mismo, solo que no tenía ningún plan de decírmelo primero.
Su familia es de un pueblo cerca de Krabi Town, no de Tonsai —nadie es realmente de Tonsai, es un sitio hecho de gente que llegó de otro lado y se quedó, extranjeros y tailandeses por igual—. Fui a conocerlos un fin de semana, nervioso de una forma que no había sentido ni presentando resultados trimestrales delante del consejo.
Su padre me preguntó, a través de ella traduciendo, si pensaba quedarme en Tailandia o si esto era una fase. Le dije la verdad: que no tenía ni idea de cuánto tiempo me quedaría, pero que llevaba tres años sin volver a Gales y sin ninguna prisa por hacerlo.
No pareció una respuesta que le encantara especialmente, pero tampoco la rechazó. Creo que apreciaba que no le vendiera un plan de vida que no tenía.
Dejé el trabajo de Cardiff formalmente al cuarto año, por videollamada, con una calma que me sorprendió incluso a mí. Ahora doy clases en la misma escuela, aseguro a principiantes que llegan tan perdidos como llegué yo, y los días libres seguimos escalando juntos, aunque ella sigue escalando cosas que a mí me siguen dando miedo mirar desde abajo.
Vivimos en un bungaló pequeño a quince minutos andando de la escuela, sin aire acondicionado la mitad del año porque se estropea y nunca hay prisa por arreglarlo. Gano una fracción de lo que ganaba en Cardiff. No he sido tan feliz en mi vida adulta como lo soy ahora, y no tengo ninguna anécdota dramática que contar sobre cómo pasó: simplemente vine a escalar dos semanas y nunca encontré una buena razón para irme.