Portada: Vine a Korat por dieciocho meses para un proyecto de ferrocarril. Llevo ya seis años y el proyecto todavía no ha terminado, pero tampoco quiero que termine.

Vine a Korat por dieciocho meses para un proyecto de ferrocarril. Llevo ya seis años y el proyecto todavía no ha terminado, pero tampoco quiero que termine.

En resumen

Erik, un ingeniero civil holandés de 44 años, llega a Nakhon Ratchasima para dieciocho meses de trabajo en el proyecto de tren de alta velocidad. Conoce a Mint, traductora e ingeniera de enlace del proyecto, y los dieciocho meses se convierten en seis años.

Soy ingeniero civil, holandés, tengo 44 años, y llegué a Nakhon Ratchasima —Korat, como la llama todo el mundo aquí— para un contrato de dieciocho meses en el proyecto de tren de alta velocidad que conecta la región con Bangkok. Eso fue hace seis años.

Korat no es una ciudad pensada para extranjeros de paso. No hay zona turística, no hay playa, nada que atraiga a nadie que no tenga una razón concreta para estar aquí. La mayoría de la gente que conocí esos primeros meses trabajaba, como yo, en algún proyecto de infraestructura o en el ejército tailandés, que tiene aquí una de sus bases más grandes del país.


Mint tenía 31 años cuando la conocí, ingeniera de formación aunque trabajaba como enlace y traductora entre el equipo internacional y las autoridades locales, un puesto que exigía entender tanto los planos técnicos como la política municipal, dos cosas que rara vez van de la mano.

Trabajamos juntos casi a diario durante los primeros meses, revisando permisos, coordinando con contratistas locales, resolviendo los mil pequeños conflictos que surgen cuando un proyecto de esta escala atraviesa terrenos agrícolas de generaciones de familias. Ella tenía una paciencia con los agricultores mayores que yo, con mi tailandés torpe y mi tendencia a impacientarme con la burocracia, nunca conseguí igualar del todo.


El primer año fue solo trabajo, de verdad.


Hubo un momento, hacia el final de ese primer año, en que un grupo de agricultores de un tramo concreto de la línea se plantó literalmente sobre el trazado con tractores, furiosos por una compensación que consideraban injusta y por meses de promesas incumplidas de la administración provincial. Mint pasó tres días enteros mediando entre la empresa, los agricultores y los funcionarios locales, en reuniones que se alargaban hasta bien entrada la noche, traduciendo no solo palabras sino la diferencia entre lo que cada parte decía y lo que en realidad necesitaba oír la otra. Yo la acompañé a varias de esas reuniones, oficialmente para explicar detalles técnicos del trazado, en realidad sobre todo para verla trabajar. Nunca levantó la voz, ni una sola vez, ni siquiera cuando uno de los agricultores más mayores le gritó que estaba vendida a los extranjeros. Al final del tercer día se llegó a un acuerdo que nadie amaba del todo, que es probablemente la mejor definición de un buen acuerdo que conozco. Esa noche, agotados los dos, fue la primera vez que cenamos solos sin ninguna excusa de trabajo real detrás. El segundo año empezamos a quedar para cenar después de las reuniones, al principio con el resto del equipo, después cada vez más a menudo solos, con la excusa de repasar detalles del proyecto que en realidad ya habíamos cerrado horas antes.

Le pregunté, al final de ese segundo año, si le apetecería que lo nuestro fuera algo más que compañeros de proyecto. Se rió y me dijo que llevaba esperando esa pregunta desde el primer trimestre, y que había empezado a pensar que a los holandeses les costaba especialmente reconocer lo obvio.


Cuando mi contrato original de dieciocho meses terminó, ya llevábamos un año juntos, y renové sin dudarlo, aunque el proyecto en sí seguía retrasándose fase tras fase, algo bastante habitual en obras de esta envergadura. Mi empresa bromeaba con que era el único ingeniero de la firma que rezaba activamente para que el proyecto no terminara antes de tiempo.

Conocí a su familia, agricultores de arroz en un pueblo a las afueras de la ciudad, en mi tercer año en Korat. Su padre me hizo la misma pregunta que le hace a cualquier ingeniero extranjero relacionado con el ferrocarril: si la línea pasaría cerca de sus tierras y qué compensación recibiría. Le expliqué, con Mint traduciendo con cierta vergüenza, que ese no era exactamente mi departamento, pero que investigaría. Lo hice. No era su terreno, para su alivio y el mío.


El proyecto sigue en marcha, seis años después, más lento de lo que nadie predijo en el papel original. Nos casamos hace dos años, en una ceremonia sencilla en su pueblo, con parte de mi equipo de trabajo como invitados, algunos de los cuales llevan aquí casi tanto tiempo como yo.

Cuando la gente en Holanda me pregunta cuándo vuelvo, les digo la verdad: cuando termine el proyecto. Lo cual, entre risas, ya se ha convertido casi en una broma privada entre Mint y yo, porque los dos sabemos que ninguno tiene especial prisa por que eso pase.

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