Le presentaba clientes a su barco cada semana sin pedirle nada a cambio. Su familia tardó dos años en dejar de sospechar de mí.
En resumen
Mark, un australiano de 46 años que lleva turistas a las islas desde Krabi, empieza a mandar clientes a la empresa de barcos de Nam, una viuda de 36 años que heredó el negocio familiar. La relación crece despacio, y su familia política tarda dos años en confiar en él.
Soy australiano, tengo 46 años, y llevo ocho viviendo en Krabi, donde llevo turistas en lancha rápida a las islas Phi Phi y a las Hong Islands casi todos los días del año, salvo cuando el monzón lo hace imposible.
Cuando llegué, subcontrataba las excursiones más grandes a otras empresas porque mi barco solo tenía capacidad para ocho personas. Una de las empresas con las que empecé a trabajar era una compañía familiar de barcos de cola larga —longtail— que llevaba el nombre de un marido fallecido, gestionada desde entonces por su viuda, una mujer llamada Nam, de treinta y seis años.
Nos conocimos por trabajo, literalmente: yo llamando cada mañana para confirmar cuántos clientes le mandaba ese día, ella confirmando disponibilidad de barcos y capitanes. Durante casi un año nuestra relación fue exactamente eso y nada más.
El marido de Nam murió en un accidente en el mar, no muy distinto de los que yo mismo evito cada día con protocolos de seguridad que a veces me parecen excesivos hasta que recuerdo por qué existen. Dejó tres barcos, un préstamo pendiente sobre dos de ellos, y una familia extensa —sus padres, sus dos hermanos— con opiniones muy firmes sobre cómo debía llevarse el negocio que él había construido.
Nam llevaba cinco años sola al frente de la empresa cuando la conocí. Había pagado ya buena parte del préstamo, contratado y despedido a varios capitanes, y aprendido a discutir con proveedores de gasolina en un tailandés de mercado que no se parecía en nada al tailandés educado que había usado toda su vida hasta entonces.
Empecé a mandarle más clientes de los que estrictamente me convenía, en parte porque sus barcos eran fiables y sus capitanes puntuales, y en parte, aunque tardé meses en admitírmelo, porque quería una razón para llamarla cada mañana.
Hubo una tarde, todavía en ese primer año de puro trabajo, en que una tormenta de la temporada de lluvias se formó mucho más rápido de lo que había anunciado el pronóstico, con dos de sus barcos y uno mío todavía en el agua, volviendo de las Hong Islands con turistas a bordo. Pasamos casi dos horas por radio y teléfono, ella coordinando a sus capitanes y yo al mío, decidiendo juntos qué ruta tomaba cada barco para evitar lo peor del oleaje, sin ninguna jerarquía clara entre nosotros sobre quién mandaba en esa decisión. Cuando los tres barcos atracaron sanos y salvos, ya de noche, nos quedamos un rato en el muelle sin decir gran cosa, solo el alivio compartido de que nadie se hubiera hecho daño. No pasó nada esa noche, ningún gesto romántico, pero durante meses después, cada vez que hablábamos, los dos sabíamos que habíamos pasado juntos algo que no tenía que ver con la logística de barcos.
Se lo dije después de casi un año, de la forma menos elegante posible: le pregunté si le apetecía cenar conmigo un día que no fuera para hablar de logística de barcos. Se quedó callada un momento largo y luego dijo que llevaba semanas esperando que se lo preguntara, porque ella sola no iba a hacerlo, no con un cliente de negocios de por medio.
Su familia no lo llevó bien, al principio. Sus cuñados, sobre todo, dejaron claro en más de una comida familiar que un farang metido en la empresa de barcos de su hermano fallecido les sonaba exactamente al tipo de historia que habían oído contar sobre otros pueblos de la costa: extranjero se relaciona con viuda, extranjero acaba con parte del negocio.
No los culpo. Había visto yo mismo un par de casos parecidos en ocho años por la zona.
Pasé casi dos años sin pedir ni aceptar ningún papel en la empresa de Nam, ni como socio ni como asesor, aunque seguía mandándole clientes cada semana igual que antes. Cuando finalmente decidimos que sí quería invertir en un cuarto barco para la flota, insistí en que todo se hiciera con un abogado tailandés independiente, contratos claros sobre qué porcentaje era mío y qué porcentaje seguía siendo de la familia de su marido fallecido, y una reunión con sus cuñados donde el abogado explicó cada cláusula en tailandés antes de que nadie firmara nada.
Fue la reunión más incómoda de mi vida en Tailandia, sentado en una mesa plástica frente a dos hombres que llevaban dos años sin fiarse de mí, viendo cómo un abogado leía en voz alta exactamente cuánto dinero estaba poniendo yo y qué me correspondería si algún día Nam y yo nos separábamos.
Pero funcionó. No porque el papeleo cambiara lo que sentían por mí —eso llevó más tiempo todavía—, sino porque vieron con sus propios ojos que no había nada escondido, ninguna letra pequeña, ningún plan silencioso para quedarme con lo que su hermano había construido.
Hoy el cuarto barco lleva mi nombre y el de Nam pintado en el casco, en tailandés e inglés. Sus cuñados me invitan a las fiestas familiares sin que Nam tenga que insistir, y el mayor de ellos, el que más se opuso al principio, es quien más me pregunta ahora por el mantenimiento del motor cuando algo falla.
Seguimos viviendo separados, técnicamente, ella en la casa familiar donde creció el negocio y yo en mi apartamento cerca del puerto, aunque paso casi todas las noches en la de ella. No hemos hablado de boda todavía. Después de ocho años en Krabi y dos años de papeleo con abogados, he aprendido que aquí las cosas importantes no siempre pasan cuando uno esperaría, pero pasan cuando de verdad están listas para pasar, no antes.