Nos sentaban en la misma sala de profesores porque no había más sitio libre. Dos años después, ella es la razón por la que nunca pedí el traslado a Bangkok.
En resumen
Daniel, un profesor británico de 35 años, se muda de Bangkok a un colegio bilingüe en Udon Thani. Comparte escritorio en la sala de profesores con Waan, profesora de estudios sociales, por pura casualidad de mobiliario. Dos años después, rechaza un ascenso en Bangkok por ella.
Soy británico, tengo 35 años, y llevo cuatro dando clases de inglés en un colegio bilingüe de Udon Thani, el tipo de colegio que existe en la ciudad precisamente porque hay suficiente comunidad de expatriados y familias tailandesas de clase media con aspiraciones internacionales para sostenerlo.
Llegué después de cinco años dando clases en Bangkok, cansado del tráfico, del coste de vida y de una ciudad que nunca terminé de sentir mía a pesar del tiempo. Un antiguo compañero de la universidad me habló de una vacante en Udon Thani, un colegio más pequeño, sueldo similar, coste de vida mucho menor. Acepté sin pensarlo demasiado.
El primer día, la directora académica me asignó un escritorio en la sala de profesores junto al de Waan, que daba clases de estudios sociales y tailandés a los cursos de primaria, simplemente porque era el único sitio libre. No hubo ninguna intención especial detrás, solo la lógica aburrida de la disponibilidad de mobiliario.
Waan tenía 33 años, llevaba ocho en el colegio, y desde el principio se tomó como una especie de misión personal corregirme la pronunciación de los nombres tailandeses de mis alumnos, algo que agradecí después de pasar años en Bangkok llamando mal a niños sin que nadie me corrigiera nunca por educación excesiva.
Compartíamos la sala de profesores ocho horas al día, cinco días a la semana. Hablábamos de los alumnos difíciles, de la última reunión interminable con dirección, de qué puesto de comida cerca del colegio merecía la pena ese día. Nada de eso parecía, en su momento, más que la charla normal entre dos colegas que se llevan bien.
Tardé más de un año en darme cuenta de que organizaba mentalmente mi semana entera alrededor de si Waan tenía guardia de patio el mismo turno que yo. Y tardé bastante más en decir algo al respecto, sobre todo porque en un colegio pequeño de una ciudad no demasiado grande, un rumor sobre dos profesores puede convertirse en la comidilla de la sala de profesores, de los padres y hasta de los propios alumnos en cuestión de días.
Se lo dije finalmente en un viaje de fin de curso a Nong Khai, a la orilla del Mekong, donde habíamos ido a acompañar a un grupo de alumnos de excursión y terminamos, ya de noche, sentados los dos solos viendo las luces de Laos al otro lado del río mientras el resto del grupo dormía. Ella se rió, no de mí exactamente, sino de lo mucho que había tardado, y me dijo que la mitad de la sala de profesores ya daba por hecho que estábamos juntos desde hacía meses.
Decidimos, con una seriedad que ahora me parece un poco excesiva, mantenerlo en privado durante el resto de ese curso escolar, sobre todo por los alumnos de los cursos que compartíamos y por no dar munición a los cotilleos que ya circulaban de todas formas. Funcionó, más o menos, aunque sospecho que la dirección lo sabía mucho antes de que lo anunciáramos oficialmente.
Su familia vive en un pueblo cerca de la ciudad, agricultores de varias generaciones, y la primera visita fue menos sobre impresionar a sus padres y más sobre que su abuela, que apenas hablaba con extranjeros, decidiera si yo le caía bien o no. Decidió que sí, por razones que Waan nunca me tradujo del todo, algo relacionado con la forma en que comí sin protestar un plato de larb picante que me hizo sudar durante media hora entera.
Me ofrecieron el año pasado un puesto mejor pagado en un colegio internacional de Bangkok, el tipo de traslado que en mis primeros años en Tailandia habría aceptado sin pensarlo. Lo rechacé sin consultarlo siquiera con nadie más que con Waan, que se limitó a preguntarme si estaba seguro, sin presionarme en ninguna dirección.
Seguimos en el mismo colegio, en la misma sala de profesores, aunque ya no por casualidad de mobiliario sino porque los dos pedimos explícitamente seguir sentados juntos cuando renovaron el espacio el año pasado. Los alumnos de primero que teníamos cuando empezamos ya están en secundaria, y alguno todavía nos pregunta, con esa falta de tacto tan propia de los niños, si nos vamos a casar.
Todavía no tenemos fecha. Pero la respuesta, cuando por fin llegue, ya la sabemos los dos desde hace tiempo.