Portada: Comí solo en su puesto de fideos cada noche durante cuatro meses. Cuando por fin hablamos, sus hijos ya habían decidido que yo era un problema.

Comí solo en su puesto de fideos cada noche durante cuatro meses. Cuando por fin hablamos, sus hijos ya habían decidido que yo era un problema.

En resumen

James, un escocés viudo de 60 años, se jubila en Hua Hin por el golf y empieza a cenar cada noche en el mismo puesto de fideos junto al muelle. Tarda cuatro meses en cruzar más de dos frases con Nok, la dueña, y mucho más en ganarse a sus hijos, que ya han oído demasiadas historias sobre farang jubilados como él.

Llegué a Hua Hin porque un amigo de Edimburgo me dijo que el golf era barato y el clima no me iba a matar el invierno. No fue mucho más complicado que eso.

Soy escocés, tengo 60 años, y llevaba poco más de un año viudo cuando hice las maletas. Mi mujer, Fiona, murió de cáncer de páncreas nueve meses después del diagnóstico, y cuando por fin vendí la casa no tenía ni idea de qué hacer con el resto de mi vida. Un amigo del club de golf llevaba años retirado en Hua Hin y no paraba de insistir. Al final fui, sobre todo para que dejara de mandarme fotos del green a las siete de la mañana con un sol que en Escocia no vemos ni en julio.

Alquilé un apartamento pequeño a diez minutos andando de la playa y empecé una rutina que, mirando atrás, era bastante triste: golf por la mañana, comer solo, dormir la siesta, cenar solo, dormir.

Empecé a cenar en un puesto de fideos junto al muelle porque me quedaba de camino a casa desde el club. Lo llevaba una mujer que rondaría los cuarenta y cinco, seria, eficiente, que nunca sonreía a los clientes de forma automática como hacen algunos negocios pensados para turistas. Se llamaba Nok.

Fui a cenar allí, sin exagerar, más de cien noches seguidas.

Nunca le dije más que «gracias» y «lo de siempre, por favor». Ella nunca me dijo más que el precio y, alguna noche, si llovía, «cuidado, resbala».

Mi amigo de golf, Gordon, que tiene esa costumbre británica de meterse donde no lo llaman, me preguntó un día por qué demonios cenaba cada noche en el mismo sitio si nunca había cruzado una frase completa con la dueña. Le dije que la comida era buena. Me dijo que era un idiota.

Tenía razón.


La siguiente vez que fui, en vez de sentarme y esperar en silencio, le pregunté cuánto tiempo llevaba el puesto abierto. Se quedó parada un segundo, como si le sorprendiera que le hiciera una pregunta que no fuera sobre la cuenta.

Dieciocho años, me dijo. Lo montó su marido, que murió en un accidente de moto cuando sus hijos eran pequeños. Desde entonces lo lleva ella sola, con ayuda de su hermana los fines de semana de temporada alta.

Le dije que yo también era viudo. No sé por qué lo dije tan directo, pero algo en cómo lo contó ella me lo puso fácil.

A partir de esa noche empezamos a hablar un poco cada vez que iba. Nunca mucho —ella trabajando, yo con mi tailandés torpe y ella con un inglés que había aprendido sirviendo turistas durante dos décadas— pero cada noche un poco más que la anterior.


Un día de temporada de lluvias, el techo de chapa del puesto empezó a gotear justo encima de donde se sientan los clientes. Nok maldecía en tailandés mientras colocaba cubos por todas partes, y yo, sin pensarlo demasiado, le dije que al día siguiente volvía con herramientas.

Se rió, la primera vez que la vi reírse de verdad. Dijo que no necesitaba que un farang jubilado le arreglara el tejado.

Volví de todas formas.

No fue elegante. Pasé la tarde subido a una escalera prestada, empapado, mientras ella me pasaba láminas de chapa nueva y me gritaba instrucciones en una mezcla de tailandés e inglés que entendí más por gestos que por palabras. Cuando terminamos, me invitó a cenar gratis por primera vez en cuatro meses.

No lo hice para impresionarla. Lo hice porque tenía las manos libres esa tarde y me pareció lo normal. Pero creo que ese día cambió algo entre los dos.


No fue solo cosa de sus hijos, al principio. Una tarde escuché, sin querer, a la vecina del puesto de al lado decirle a Nok, en tailandés, que tuviera cuidado: que los farang jubilados aparecen, prometen cosas, y a los tres años se cansan, se ponen enfermos o simplemente se van, dejando a la mujer con reformas a medias y deudas que nunca pidió. Nok me lo contó ella misma, semanas después, sin dramatismo, como un hecho que tenía que ponerme delante si esto iba a ir en serio. Le dije que lo entendía, que había oído historias parecidas, y que la única prueba que le podía ofrecer era el tiempo, no una promesa.

Sus hijos son otra historia, y esa tardó más en resolverse.

Ploy tiene veintitrés años y trabaja en Bangkok. Ton tiene veinte y todavía vive en Hua Hin, ayudando en el puesto cuando no está en clase. Los dos crecieron oyendo los mismos rumores que se oyen en cualquier pueblo de playa de Tailandia sobre hombres como yo.

Ton, sobre todo, no me lo puso fácil. La primera vez que cené con los tres juntos, casi no me miró. Me preguntó, sin rodeos, si pensaba quedarme con el puesto de su madre cuando ella fuera mayor.

Le dije que no tenía ningún interés en el negocio. Que tenía mi pensión, mi apartamento, y que si algún día Nok necesitaba ayuda con algo se la daría, pero que el puesto era suyo y de su hermano, no mío.

No sé si me creyó esa noche. Pero seguí yendo a cenar. Seguí arreglando cosas cuando hacía falta —una vez el techo, otra el motor del ventilador, otra ayudé a Ton con un formulario en inglés para una beca— sin pedir nada a cambio ni una sola vez.

Después de un año, Ton empezó a sentarse conmigo sin que Nok se lo pidiera.


Nos casamos dos años después de aquella primera conversación sobre el tejado, en el propio puesto de fideos, un domingo que cerraron al público.

No hubo templo, ni monjes, ni doscientos invitados. Nok no quería esa versión de la boda, y a mí, sinceramente, tampoco me hacía falta. Vinieron sus clientes habituales, algunos que llevaban comiendo ahí más años que yo llevo en Tailandia. Gordon vino también, con una camisa hawaiana espantosa que insistió en llevar.

Ton hizo un brindis. Fue breve, torpe, en un inglés que había mejorado mucho en dos años, y terminó diciendo que su madre llevaba dieciocho años sirviendo fideos a desconocidos y que, por una vez, se alegraba de que un desconocido se hubiera quedado.

No fue el discurso más elegante que he escuchado en mi vida. Fue el que más me ha importado.


Sigo yendo al puesto casi todas las noches. Ya no como solo, claro, y ahora sé exactamente cuándo va a llover por cómo se queda el aire antes de la tormenta, algo que Nok me enseñó a reconocer sin palabras, solo señalando al cielo las primeras veces.

Fiona habría odiado el calor de aquí, para ser sincero. Pero creo que le habría gustado saber que no me quedé solo comiendo fideos para siempre.

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