Portada: Me quedé dormido sin bloquear el móvil la última noche de vacaciones. Ella vio mi historial de Line, y todo terminó ahí.

Me quedé dormido sin bloquear el móvil la última noche de vacaciones. Ella vio mi historial de Line, y todo terminó ahí.

En resumen

Un francés de 54 años conoce a Amara, cocinera de 39 años, su primer día en Phuket, y en menos de 24 horas ya tiene novia de vacaciones. Meses después, en Koh Samui, un móvil sin bloquear revela a ella su historial de Line: docenas de conversaciones con otras chicas que ponen fin a algo que, hasta esa noche, había sido genuinamente especial.

Tengo 54 años, soy de París, y Tailandia llevaba décadas en mi lista de pendientes, desde que un compañero de trabajo enseñó unas fotos de un viaje suyo en los años noventa y me quedé con la copla. Matrimonio, hijos y una esposa espantosa se encargaron de enterrar ese plan durante treinta años enteros, treinta años de vacaciones familiares en sitios que nunca elegí yo, de aplazar y aplazar hasta que dejé de mencionarlo siquiera.

Cuando un amigo me preguntó, ya divorciado y con los hijos criados, si quería acompañarle dos semanas a Tailandia, no dudé ni un segundo. Ni siquiera pregunté las fechas antes de decir que sí.

Volamos de París a Bangkok y de ahí a Phuket, en enero de 2023, dos vuelos larguísimos que se me pasaron sin darme cuenta de lo emocionado que estaba. Mi amigo se quedó en casa de un conocido suyo y yo reservé un Airbnb para mí solo, un apartamento sencillo a un par de calles de la playa. A la mañana siguiente, todavía con el desfase horario metido en el cuerpo, alquilé una moto en un puesto junto a la carretera y me metí en un par de aplicaciones de citas para ver qué había por ahí, más por curiosidad de recién llegado que por ningún plan concreto.

Me puse a hablar con Amara, 39 años, del montón según ella misma admitía en su propia descripción y según yo también pensaba al ver las fotos, lo cual me venía perfecto porque yo tampoco soy ningún adonis, y a esas alturas de la vida ya no tenía ningún interés en fingir lo contrario.

Le pregunté, sin mucho rodeo, si le apetecería ser mi novia de vacaciones durante unos días. Me preguntó, directa, qué sacaría ella de eso. Le propuse que nos viéramos en persona y lo habláramos con calma en vez de negociar por mensajes como si fuera un contrato. Aceptó, y me pidió que fuera a buscarla porque no tenía transporte propio esa semana.

Nos conocimos, hubo buena sintonía casi de inmediato, y nos fuimos a la playa en la moto. Me contó que era de Isaan, que tenía una hija adolescente que vivía con su madre en el pueblo, y que trabajaba de cocinera en un restaurante decente cerca de allí.

Solo estaba disponible porque acababa de salir de una semana de baja por enfermedad. No se habló de dinero en ningún momento. Simplemente pasamos la tarde juntos en la playa, sin más plan que ese.

Esa noche volvió a mi Airbnb con una bolsa de ropa y se quedó. Cenamos en el paseo marítimo de Rawai, volvimos, nos duchamos, y me quedé genuinamente atónito. Llevaba menos de veinticuatro horas en Phuket y ya tenía novia. No me pasaba eso desde hacía treinta años.

Los días siguientes fueron una delicia. Playa por las mañanas, marisco recién sacado del agua para comer, la piscina del Airbnb al mediodía cuando el sol apretaba demasiado, y tardes enteras explorando la zona en moto sin rumbo fijo, parando donde nos apetecía sin mirar el reloj ni una sola vez. Fue la primera vez en años que viajaba sin un itinerario cerrado, y me di cuenta de cuánto lo había echado de menos. Cuando se me acabó el tiempo en Phuket, la invité a venir conmigo a Krabi, casi sin pensarlo, antes de que me diera tiempo a preguntarme si era buena idea.

Krabi fue perfecto para lo nuestro: excursiones en barco de cola larga, playas preciosas, buenos restaurantes, el paquete completo. Nos subimos a uno de esos barcos hasta unas cuevas junto al mar, comimos en un restaurante de pescado con los pies en la arena, y por las noches paseábamos por el pueblo sin ninguna prisa.

Pero el plan original de tres días ya había volado por los aires hacía tiempo, y empezaba a preocuparme que ella se estuviera encariñando más de la cuenta. Yo no buscaba nada a largo plazo, se lo había dejado claro desde el principio, o eso creía. Decidí no llevarla a Koh Samui y dejar que volviera a su trabajo.

Seguimos en contacto a diario después de aquello, mensajes por la mañana antes de que yo empezara el día en París, alguna videollamada corta por la noche cuando los horarios coincidían, fotos de la comida que cocinaba en el restaurante que a mí me daban ganas de coger un vuelo esa misma tarde. Decidí volver unas semanas después para llevarla a Koh Samui durante una semana entera, esta vez con billete de vuelta ya comprado desde el principio.

Durante el tiempo que estuvimos separados, me pidió una vez ayuda con el alquiler, con mucho tacto, sin insistir demasiado cuando dudé. Le dije que mi norma era que solo había dinero cuando estábamos juntos de verdad, cara a cara, una regla que me había marcado yo mismo desde el primer día para no acabar como algunos de los hombres con los que había coincidido en los bares de Phuket. No le hizo ninguna gracia, se lo noté en lo escueta que se puso esa tarde, pero lo aceptó y siguió escribiéndome como si nada al día siguiente.

También me pidió un regalo de cumpleaños y le compré un perfume caro de una marca francesa que pensé que le gustaría, algo que a mí me parecía un detalle elegante. Me comentó, con una sonrisa que no dejaba claro si hablaba en serio del todo, que el oro habría sido más práctico. Tomo nota para la próxima, pensé, sin saber todavía que no habría una próxima ocasión para corregirlo.

En mayo volví, esta vez con menos nervios en el estómago que la primera vez, y fuimos juntos a Koh Samui. Lamai Beach por las mañanas, Fisherman's Village al caer la tarde para cenar entre puestos de madera y luces colgadas, paseos en escúter por carreteras que no aparecían en ningún mapa y que ella parecía conocer por instinto, cócteles en la playa mientras el sol se ponía detrás de las palmeras, marisco cada noche en sitios distintos que ella iba eligiendo. Una semana genuinamente maravillosa de principio a fin. Probablemente el mejor rato que he pasado en pareja en toda mi vida, y lo digo pensando también en los años de matrimonio.

No fue perfecto, sin embargo. La barrera del idioma era real, con conversaciones enteras reducidas a gestos, risas nerviosas y a la aplicación de traducción del móvil pasando de mano en mano, y la diferencia cultural se notaba en detalles pequeños que por separado parecían insignificantes: cómo nadaba ella, siempre con la ropa puesta y cerca de la orilla; mi insistencia, que a ella le parecía exagerada, en no conducir de noche por la isla; la dificultad de encontrar temas de conversación más allá de la comida, la playa y el día siguiente. Cosas que por separado no importaban demasiado, pero que se iban sumando en silencio, día tras día, como una grieta fina que todavía no se nota a simple vista.

Entonces, una de las últimas noches, ya bien entrada la madrugada, me quedé dormido y el móvil, encima de la mesilla entre los dos, empezó a reproducir música de una aplicación de streaming que llevaba abierta de fondo desde la cena. Amara lo cogió, medio dormida también, solo para silenciarlo y que ninguno de los dos se despertara del todo. Nunca había puesto la pantalla con bloqueo, una estupidez que arrastraba desde hacía años, cómoda pero descuidada, sin que nunca me hubiera pasado factura hasta esa noche.

Vio mi historial de Line ahí mismo, en la pantalla, sin tener que buscar nada ni sospechar de antemano. Docenas de conversaciones con otras chicas, algunas de meses atrás, otras de esa misma semana, todo ahí delante de ella, sin nada que ocultar ya y sin ninguna forma de explicarlo que no sonara a excusa barata.

Por la mañana me dejó muy claro lo que sentía, con pocas palabras pero elegidas con precisión, mirándome de una forma que no había visto antes en ella. Hay que reconocerle que no montó ninguna escena a las tantas de la noche, no se marchó dando un portazo, no cogió nada que no fuera suyo de la habitación. Se quedó, dolida pero tranquila, hasta que amaneció del todo. Pero se había terminado, y los dos lo sabíamos sin necesidad de decirlo otra vez.

Reservé una habitación aparte para la última noche, sin discutirlo siquiera, y al día siguiente compartimos taxi hasta el aeropuerto antes de separar caminos, los dos en silencio la mayor parte del trayecto, mirando cada uno por su ventanilla. Le di 10.000 baht antes de despedirnos en la terminal, lo último que hice por ella, un gesto que no arreglaba nada pero que me pareció lo mínimo correcto.

Un final amargo para algo que, hasta esa madrugada concreta, había sido genuinamente especial, de lo mejor que me había pasado en años. No he vuelto a saber nada de ella desde el aeropuerto, y no tengo ningún derecho a esperar que sea de otra manera. Debería haber bloqueado el móvil. Así de simple.

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