Le dije que no mandaría ni un baht hasta conocerla en persona. Ella aceptó sin discutir.
En resumen
Un estadounidense de 61 años cuenta cómo, tras una relación fallida en Vietnam, conoció a May, una funcionaria tailandesa refrescantemente honesta. Años de videollamadas y una boda en un templo de Kanchanaburi con casi 50 hilos de bendición después, ganó una familia entera.
Me llamo Gary, soy estadounidense, tengo 61 años, y siempre había soñado con jubilarme en algún lugar de Asia. Miré en serio China y Vietnam durante años, mientras que Tailandia siempre estaba casi al final de mi lista, por su reputación, ya se entiende a qué me refiero. Filipinas, la verdad, nunca me interesó lo más mínimo.
Después de un intento fallido de construir una relación en Vietnam, que se torció bastante rápido después de meses invirtiendo tiempo y esperanzas en ella, terminé yendo a Tailandia casi de rebote, sin ningún plan concreto más allá de necesitar cambiar de aires y de país.
Allí conocí a una mujer de Suphan Buri, con la que empecé a hablar casi por inercia más que por verdadero interés. Mirando atrás ahora, las señales de alarma estaban por todas partes desde el principio, en la forma en que las conversaciones siempre acababan derivando hacia el dinero de un modo u otro. Banderas rojas por todos lados, como quien dice, y yo demasiado dolido todavía por lo de Vietnam como para prestarles la atención que merecían. Y después de volver a Estados Unidos, terminé la relación sin darle muchas más vueltas ni sentir demasiado la pérdida, la verdad.
Aun así, pasó algo que no esperaba en absoluto. Me enamoré por completo de Tailandia como país, independientemente de aquella relación fallida.
Seguí hablando con otras mujeres de Tailandia y con el tiempo conocí a alguien a quien llamaré May. Era muy amable, fácil de hablar con ella, y refrescantemente honesta desde el primer mensaje.
Me dijo abiertamente, casi en nuestra segunda conversación, que quería un novio extranjero porque tenía deudas que pagar, sin ningún rodeo ni excusa elaborada de las que yo ya había oído de sobra por parte de otras mujeres. Trabajaba como funcionaria pública en una oficina del gobierno local, me contó que su hijo era policía en otra provincia y que su hija estaba casada con un militar destinado cerca de la capital. Vivía con su hija en ese momento, en una casa que compartían las dos generaciones. Yo sabía muy poco de la cultura tailandesa entonces, prácticamente nada más allá de lo que había leído por encima en algún foro de internet. Mirando atrás ahora, con los años que han pasado, me doy cuenta de lo ingenuo que era en aquella época sobre casi todo lo relacionado con este país.
Más o menos por las mismas fechas conocí a otra mujer, en la ciudad donde trabajaba su hijo. Hablamos durante bastante tiempo, muchas veces sin decirnos gran cosa en realidad, simples mensajes de cortesía que se alargaban sin más contenido.
Pero un día me dijo que tenía que dejar de hablar conmigo, sin dar muchas explicaciones. Después de eso, volví a centrar toda mi atención en May.
Todavía recuerdo despertarme un domingo por la noche, sin ningún motivo concreto que lo provocara, y darme cuenta, de repente y sin ninguna duda, de que ella era la persona indicada para mí, algo que no me había pasado con ninguna otra mujer con la que había hablado hasta entonces. Le dije muy claramente, esa misma semana, que nunca le mandaría ninguna ayuda económica hasta que nos conociéramos en persona, sin excepciones de ningún tipo. Y hay que reconocerle el mérito, lo aceptó sin discutir ni un segundo, sin ponerse a la defensiva como quizás yo mismo hubiera esperado.
Hablamos durante años, incluyendo casi dos años enteros durante el COVID, cuando viajar era sencillamente imposible. Y durante todo ese tiempo fuimos resolviendo poco a poco nuestras diferencias, una conversación larga cada vez.
A veces fue difícil, no voy a fingir lo contrario solo para que esto suene más bonito de lo que fue en realidad. Hubo malentendidos por cuestiones de idioma que se resolvían tardísimo, y hubo momentos en los que todo se sentía frustrante de verdad, discusiones por videollamada que se cortaban a media frase por la mala conexión justo cuando más falta hacía terminar la idea. Pero de alguna manera siempre encontrábamos la forma de salir adelante juntos, aunque fuera al día siguiente con las cosas ya más calmadas.
Para cuando por fin llegué a Tailandia a conocerla como es debido, en persona, la pregunta ya no era si nos íbamos a casar, sino cuándo exactamente.
Nos casamos en el templo de su pueblo natal, en la provincia de Kanchanaburi, un templo pequeño con el suelo de baldosas frías y ventiladores de techo girando sin parar por el calor, rodeados de familia, amigos, y lo que parecía ser la comunidad entera del pueblo apretujada dentro y fuera del edificio. Los monjes recitaron durante lo que se sintió como horas, aunque probablemente fueron mucho menos, y recuerdo a la gente atándonos hilos de algodón blanco alrededor de las muñecas una y otra vez, formando una cola que no parecía terminar nunca, probablemente cerca de 50 veces entre los dos en total, como parte de la bendición tradicional de la boda tailandesa que tanto había leído por internet sin entender del todo su significado real hasta vivirla en persona.
Quedó clarísimo lo respetada y querida que era May en su pueblo, la forma en que la saludaba todo el mundo por su nombre, cómo los ancianos se acercaban primero a ella antes que a mí. Y ver aquello significó muchísimo para mí, más de lo que esperaba en su momento.
Puedo decir honestamente que vine a Tailandia buscando una esposa, no buscando diversión. Solo he estado en los bares de Pattaya una vez en mi vida, y fue simplemente para hablar con una chica por pura curiosidad, nada más.
La verdad es que la mayor diferencia entre muchas de las chicas de los bares y mi mujer es la educación formal que han podido recibir, nada más profundo que eso. En el fondo creo que la gente es mucho más "same same" de corazón de lo que muchos extranjeros llegan a entender del todo, por mucho que unos acaben llamados chicas buenas y otras no.
Después de la boda en el templo, más tarde lo hicimos todo oficial en la oficina del gobierno correspondiente, con todo el papeleo en regla.
En cualquier caso, también existe otro lado de Tailandia del que muchos extranjeros apenas oyen hablar nunca. Mi mujer es una budista devota y cree firmemente en hacer mérito. Da regularmente al templo, ayuda a la familia, y apoya a sus amigos siempre que puede permitírselo.
Respeto eso profundamente, y siempre me aseguro de que tenga los medios necesarios para ser generosa sin tener que pensárselo dos veces cada vez que quiere ayudar a alguien. Lo que más me sorprendió, algo que nadie me había explicado antes de vivir aquí, es que la amabilidad tiene una forma curiosa de volver en Tailandia, casi como un ciclo que se retroalimenta solo. Gracias a su generosidad constante, amigos y familiares no dejan de traernos regalos sin ningún motivo concreto, dejarnos comida recién hecha en la puerta de casa, o ayudarnos de formas pequeñas que nunca pedimos ni esperábamos que llegaran.
La mitad de las veces tenemos más comida en casa de la que sabemos qué hacer con ella.
Y después está la vida familiar. Mi mujer tiene un hijo y una hija, y aunque no sean mis hijos de sangre, los quiero como si lo fueran, sin ningún tipo de reserva.
Algunos hombres occidentales quizás tengan problemas para entender eso del todo, acostumbrados como estamos a un concepto de familia mucho más reducido y cerrado sobre sí mismo. Pero cuando te casas con una familia tailandesa, muchas veces te casas con la familia entera, no solo con la persona con la que firmas los papeles. Y para mí, eso es algo que abracé por completo desde el principio, sin resistirme ni un poco, quizás porque llegué a este punto de mi vida con ganas reales de formar parte de algo más grande que yo mismo.
Mi mujer y yo siempre estamos ahí para ayudar a sus hijos cuando lo necesitan, ya sea dinero, consejo o simplemente tiempo. Y a cambio, ellos siempre están ahí para nosotros también, sin que nadie tenga que pedirlo explícitamente ni llevar la cuenta de quién debe qué a quién. Ese apoyo mutuo se extiende también a los nietos, que ya me llaman de una forma cariñosa en tailandés que todavía me cuesta pronunciar bien. Y con el tiempo, lo que empezó siendo yo buscando esposa en Tailandia terminó convirtiéndose, sin que lo planeara ni lo viera venir, en ganar una familia entera.