Mi padre estuvo destinado en la base aérea de Udorn en 1969. Fui a Udon Thani a buscar una familia que ni siquiera sabía si existía.
En resumen
Robert, un estadounidense de 58 años, viaja a Udon Thani tras la muerte de su padre, mecánico de la fuerza aérea destinado en la antigua base de Udorn durante la guerra de Vietnam, buscando pistas de una vida que su padre nunca contó. Nid, una investigadora local, le ayuda a rastrear registros de templo, y algo más crece por el camino.
Mi padre murió cuando yo tenía veintidós años, sin haberme contado casi nada sobre los dos años que pasó destinado en Tailandia con la fuerza aérea estadounidense, entre 1968 y 1970, como mecánico en la base de Udorn, cerca de lo que hoy es Udon Thani.
Lo poco que sabía venía de fragmentos sueltos: una foto en blanco y negro de él junto a un avión de transporte, una historia que contó una sola vez, ya bebido, en una barbacoa familiar, sobre una mujer tailandesa a la que llamaba simplemente «ella» y de la que nunca dio más detalles. Mi madre, con la que se casó después de volver a Ohio, sabía de esa historia y la toleraba del mismo modo silencioso con que toleraba casi todo lo que mi padre nunca contaba del todo.
Tenía 58 años cuando finalmente decidí ir a buscar respuestas, dos años después de que muriera también mi madre, la última persona que podría haberme dado algún contexto real. Todo lo que tenía para empezar era el nombre de la base —Udorn Royal Thai Air Force Base, cerrada desde hace décadas— y un apellido tailandés escrito a mano en el reverso de esa única fotografía: Somsri.
Me alojaba en un hotel de Udon Thani cuando alguien de la recepción me recomendó contactar con Nid, una mujer de 45 años que llevaba años ayudando a veteranos estadounidenses y a sus hijos a rastrear historias de esa época, casi como un trabajo informal que se le había ido acumulando encima con los años, mitad investigadora, mitad traductora, mitad algo que todavía no sé cómo nombrar.
Nid me explicó, la primera tarde que hablamos, con una franqueza que agradecí más de lo que esperaba, que la mayoría de esas búsquedas no terminan en nada limpio. Registros perdidos, templos que ya no existen, familias que se trasladaron o que prefieren no remover ese pasado. Me dijo que me ayudaría de todas formas, pero que no me hiciera ilusiones de un final ordenado.
Pasamos semana y media recorriendo templos donde antiguamente se registraban nacimientos, hablando con ancianos que todavía recordaban la base cuando estaba activa, algunos con cariño por aquellos años, otros con una amargura que no intentaban disimular. Un hombre de casi noventa años recordaba a un mecánico americano alto que arreglaba motos por dinero extra los fines de semana, aunque no podía asegurar si era mi padre o cualquier otro de los cientos que pasaron por allí.
Encontramos un registro de nacimiento de 1969 a nombre de una tal Somsri, sin apellido de padre especificado, en un pueblo a las afueras de la ciudad. La mujer había muerto hace más de una década, según nos confirmó una vecina. Tenía una hija que ahora viviría, si los números cuadraban, en algún lugar de Bangkok, aunque nadie en el pueblo sabía decirnos exactamente dónde.
No fue el final ordenado que en el fondo, sin admitírmelo, había estado esperando. No hubo una hermana que abriera una puerta y me reconociera la cara de mi padre en la mía. Solo un nombre, una fecha que coincidía de forma inquietante, y un rastro que se enfriaba cuanto más tirábamos de él.
Nid vio cómo me afectaba eso, más de lo que yo mismo esperaba, una tarde sentados fuera de un templo después de otro callejón sin salida. Me dijo que a veces la búsqueda es lo único que se puede tener, que no toda historia familiar se cierra con una respuesta clara, y que eso no la hace menos real ni menos importante.
Me quedé en Udon Thani más tiempo del que había planeado, oficialmente para seguir dos últimas pistas que finalmente no llevaron a ningún sitio, extraoficialmente porque no quería dejar de ver a Nid todavía.
Empezamos a cenar juntos sin que la búsqueda fuera ya la excusa, hablando de su propia familia —su abuela había trabajado limpiando en la base, algo que ella misma descubrió solo cuando empezó este tipo de trabajo— y de la mía, de un padre que se llevó a la tumba una historia que yo solo pude reconstruir a medias.
Le pregunté, una noche, si le parecía extraño que la búsqueda de la familia de mi padre hubiera terminado con nosotros dos sentados en un restaurante junto al lago Nong Prajak sin ninguna prisa por que la cena terminara. Se rió y me dijo que en Udon Thani, con tanta historia americana enterrada bajo la ciudad normal que la gente ve hoy, quizás no era tan raro después de todo.
No encontré a la hija de Somsri. Puede que algún día la encuentre, o puede que no. Pero encontré una ciudad que no esperaba encontrar, una mujer que conocía esa historia mejor que yo, y una razón para quedarme que no tenía nada que ver con mi padre y todo que ver con lo que pasó después de dejar de buscarlo a él.