Vine a Udon Thani para una operación de cadera de dos semanas. La enfermera que me cuidó esas dos semanas es ahora mi esposa.
En resumen
Peter, un australiano de 62 años, viaja a Udon Thani para operarse la cadera en un hospital privado, evitando la larga lista de espera pública en casa. Ploy, la enfermera principal de su planta, se convierte en mucho más que su cuidadora durante la recuperación.
Soy australiano, tengo 62 años, y llevaba dos años cojeando por una cadera que mi médico en Brisbane insistía en operar cuanto antes, con una lista de espera del sistema público que se alargaba mes tras mes sin ninguna fecha real a la vista.
Un antiguo compañero de trabajo, ya jubilado en Chiang Mai, me habló de un hospital privado en Udon Thani con buena reputación entre la comunidad de expatriados de la zona, precios muy por debajo de lo que me habría costado en Australia incluso pagando de mi bolsillo, y sin ninguna lista de espera real más allá de coordinar fechas.
Volé solo, sin nadie que me acompañara, algo que en retrospectiva fue una mala idea para una operación de cadera, pero en ese momento me pareció lo más simple.
Ploy tenía 40 años y era la enfermera principal de la planta donde pasé las dos semanas de recuperación después de la cirugía. Hablaba un inglés claro y directo, sin la formalidad excesiva de algunos médicos, y desde el primer día se encargó de que entendiera exactamente qué me estaban haciendo y por qué, algo que en mi propio país nadie se había molestado nunca en explicarme con tanto detalle.
Los primeros días fueron duros, más de lo que había imaginado. El dolor postoperatorio, la dificultad para moverme, la sensación extraña de estar completamente dependiente de desconocidos en un país donde no hablaba el idioma. Ploy venía a mi habitación en cada turno, no solo para revisar constantes, sino a veces solo para sentarse cinco minutos y preguntarme cómo estaba llevando el día, algo que no formaba parte estrictamente de su trabajo.
Al cabo de una semana ya me hacía bromas sobre lo mal que se me daba usar el andador, y yo esperaba su turno cada tarde con una impaciencia que al principio me pareció simplemente aburrimiento de estar encamado.
Le pregunté, unos días antes del alta, si le apetecería tomar un café conmigo cuando ya pudiera caminar sin ayuda, fuera del hospital, sin bata ni placa de identificación de por medio. Se quedó pensándolo un momento, algo poco habitual en ella, que normalmente respondía rápido a todo, y dijo que sí, aunque me advirtió, medio en broma medio en serio, que como paciente suyo todavía tenía prohibido intentar impresionarla con nada relacionado con mi cadera.
El café se convirtió en cena. La cena se convirtió en que retrasé el vuelo de vuelta a Brisbane dos veces, cada vez con una excusa médica cada vez menos convincente sobre revisiones postoperatorias que en realidad ya no necesitaba con esa frecuencia.
Volví a Udon Thani tres meses después, ya sin muletas, oficialmente para una revisión de rutina que el propio hospital me confirmó por escrito que no era estrictamente necesaria. Ploy lo sabía, y aun así me recogió en el aeropuerto.
Su familia vive en un pueblo a una hora de la ciudad, dedicados al cultivo de arroz igual que generaciones antes que ellos. La llevé a conocer, meses después, en un viaje que planeé yo esta vez, no ella. Su padre me preguntó, con la ayuda de Ploy traduciendo, si entendía que casarme con su hija significaba también hacerme cargo, en la medida de lo posible, de cómo le fuera a esa familia con las cosechas y los años que no salían bien. Le dije que sí, sin saber del todo en ese momento lo que eso significaría en la práctica, aunque con los años lo he ido entendiendo mejor: alguna ayuda con maquinaria agrícola, la escuela de un sobrino, una reparación urgente en la casa familiar durante la temporada de lluvias.
Vendí la casa de Brisbane hace dos años y me mudé definitivamente a Udon Thani. Ploy sigue trabajando en el mismo hospital, ahora en un puesto de más responsabilidad, y yo paso los días entre el club de expatriados jubilados de la ciudad y visitas regulares al pueblo de su familia, donde ya me conocen simplemente como el marido de Ploy, sin mayor explicación necesaria.
Todavía cojeo un poco cuando llueve, algo que el cirujano me advirtió que pasaría con los años. Pero es la única cadera que voy a tener, y fue en esa planta de recuperación, entre analgésicos y un andador que se me resistía, donde conocí a la persona con la que pienso quedarme el resto del tiempo que me quede.