Portada: Se acercó solo para decirme que la lluvia me estaba mojando. Diez años después sigo recordando su risa.

Se acercó solo para decirme que la lluvia me estaba mojando. Diez años después sigo recordando su risa.

En resumen

Un estadounidense de 56 años recuerda su primera noche en Bangkok en 2013, cuando una mujer llamada Tuk le hizo sitio junto a ella en un bar de Soi 4. Una breve historia de amor que se apagó sola, pero cuyo recuerdo nunca ha dejado de acompañarlo.

Me llamo Robert, soy estadounidense, de Florida. Era 2013, tenía 56 años, y estaba en Bangkok en un viaje de negocios de esos que se organizan con poca antelación. La empresa me había reservado una habitación en un hotel cerca de Nana Plaza, en Soi 4, sin que nadie en la oficina se molestara en explicarme demasiado qué significaba eso exactamente ni por qué el recepcionista sonrió de esa manera concreta cuando le pregunté por la zona. Después de terminar el trabajo, sobre las cinco de la tarde, cansado de reuniones y con corbata todavía puesta, busqué Nana Plaza en el teléfono desde la habitación y salí a pie hacia allí sin mucho plan.

Nunca llegué siquiera a la entrada de Nana Plaza. Me paré antes en el Stumble Inn, un bar abierto directamente a la calle con taburetes altos junto a una barandilla de metal, me senté ahí mirando pasar a la gente, pedí una cerveza bien fría, y me quedé sentado, demasiado nervioso como para dirigirle la palabra a nadie a mi alrededor, sintiéndome completamente fuera de lugar con mi camisa de trabajo todavía puesta.

Una mujer tailandesa que estaba sentada un poco más allá se acercó sin avisar y me dijo que me moviera de sitio. No porque estuviera estorbando a nadie, ni mucho menos, sino porque la lluvia empezaba a gotear justo donde me había sentado, colándose por un hueco del toldo de encima que yo ni siquiera había notado. Dio unas palmaditas en el asiento vacío junto a ella, sin pedirme permiso ni esperar a que yo respondiera del todo.

Empezamos a hablar y ella fue pasando, una tras otra, por las preguntas de siempre, esas que ahora me sé de memoria después de tantos viajes pero que en ese momento escuchaba por primera vez en mi vida sin saber que eran parte de un guion que se repite cada noche en cada bar de la zona. De dónde eres. Primera vez en Bangkok. Vacaciones o negocios. Las respondí todas exactamente como haría cualquier novato, mal, sin darme cuenta de que lo eran. Sí, es mi primera vez. No, es por negocios. Completamente novato en todo esto, sin ni una pizca de idea de cómo funcionaba nada de lo que me rodeaba esa noche.

Se llamaba Tuk, veintitantos años, sonrisa fácil. Le compré una lady drink cuando ella la pidió, sin saber muy bien qué estaba pagando exactamente, y me quedé observando de reojo cómo funcionaba todo el sistema de cuentas del bar, la camarera anotando cosas en una libreta, algo que entonces me resultaba completamente ajeno y que solo entendería del todo mucho más tarde. Reuní el valor necesario, después de la segunda cerveza, para preguntarle si le gustaría salir del bar conmigo esa noche. Dijo que sí, pero que ella era cara, dicho sin ninguna vergüenza, y después se rio, una risa clara y sin filtros que todavía hoy recuerdo con total claridad, años y varios viajes después.

Nos terminamos una botella entera entre los dos, riéndonos de cosas que ya ni recuerdo bien, y pasamos una noche estupenda de principio a fin. Lo que más recuerdo, por encima de todo lo demás, es simplemente estar tumbado ahí después, con ella acurrucada contra mí, durmiendo profundamente como un bebé mientras yo miraba el techo sin ninguna prisa por dormirme también. Llevaba diez años enteros sin estar cerca de una mujer de esa manera, desde mi primer divorcio. Me sentía, sin exagerar ni un poco, como un adolescente de 56 años en su primera cita de verdad.

Volvió a la noche siguiente por su cuenta, sin que yo se lo pidiera de antemano, cosa que en su momento interpreté como una buena señal. Le pregunté si querría quedarse conmigo los últimos dos días que me quedaban en la ciudad antes del vuelo de vuelta y aceptó sin pensárselo demasiado. La llevé a cenar a un restaurante que ella eligió, la llevé de compras de ropa por una de las tiendas cerca del hotel, ella misma eligió tres conjuntos completos, nada especialmente caro ni llamativo, cosas sencillas que parecían gustarle de verdad.

Ya de vuelta en el hotel se los fue probando uno a uno delante del espejo mientras yo hacía de fotógrafo improvisado con la cámara del móvil, sacándole fotos que ella misma revisaba después riéndose sin parar de las que no le gustaban y borrándolas al instante sin dejarme opinar.

Al día siguiente me llevó a recorrer varios centros comerciales enormes, con aire acondicionado tan fuerte que se me puso la piel de gallina, y terminamos en un cine viendo una película de amor tailandesa sin subtítulos de ningún tipo, ni en inglés ni en ningún otro idioma. Sentados al fondo de la sala en una de esas butacas dobles pensadas para parejas, con ella acurrucada contra mí todo el rato, seguí la película entera de principio a fin sin entender ni una sola palabra de lo que decían, guiándome solo por la música y las caras de los actores para saber si algo bueno o malo estaba pasando en la pantalla.

De vuelta en casa, en Florida, con el cambio horario todavía sin ajustar del todo, le escribía todos los días sin falta, completamente en modo novio formal como no lo había estado en años. Ella me mandaba selfies con la ropa que le había comprado, sonriendo a la cámara en la habitación de su casa, contándome pequeñas cosas de su día. Como un mes después las respuestas empezaron a llegar más espaciadas, un día de retraso, después dos, y al final dejaron de llegar del todo sin ninguna explicación previa.

No insistí más allá de un par de mensajes sin respuesta. Sabía perfectamente que estaba a miles de kilómetros de distancia, en otro continente prácticamente, y que no tenía ni idea de cuándo volvería a Tailandia, si es que volvía en algún momento de mi vida.

Cerca de un año después, en un viaje de negocios distinto que sí conseguí organizar, regresé al Stumble Inn casi por costumbre. Pregunté por Tuk a una de las camareras que todavía trabajaba allí y me dijeron que estaba viviendo con su novio inglés desde hacía meses en un apartamento fuera de la zona. Aquello explicaba perfectamente el silencio de los últimos meses, sin ningún misterio detrás.

He vuelto a Bangkok casi una docena de veces desde entonces a lo largo de la década siguiente, por trabajo al principio y después ya simplemente porque me gustaba volver a la ciudad en sí, más allá de cualquier persona concreta que hubiera conocido allí. He visto a Tuk unas cuantas veces más a lo largo de todos estos años, nunca buscándola de forma insistente ni planeada, más bien encontrándonos casi por casualidad en algún bar o pasando por el mismo trozo de calle en el momento justo. Tomábamos algo juntos y jugábamos una partida de billar en algún bar tranquilo, sin ninguna tensión ni expectativa de por medio, dos viejos conocidos poniéndose al día sobre sus vidas respectivas.

Al final me volví a casar, con una mujer filipina esta vez, una relación completamente distinta y mucho más estable que aquella primera noche en Bangkok, y en mi último viaje a la ciudad me escapé un rato yo solo, sin decírselo a nadie más del grupo con el que viajaba esa vez, solo para pasar a saludar a Tuk un momento.

He pensado en esa primera noche más veces de las que sabría contar a lo largo de todos estos años, en la lluvia goteando desde el toldo, en las palmaditas en el asiento vacío, en una risa muy concreta que ninguna otra mujer que he conocido desde entonces ha logrado replicar del todo. No fue la relación de mi vida, ni de lejos, ni tampoco lo pretendió ser nunca en realidad, ni para ella ni para mí si soy sincero conmigo mismo.

Primera noche en Bangkok, primera vez pasando tiempo de verdad con una mujer tailandesa, sin ninguna experiencia previa que me sirviera de guía, aquello nunca iba a ser otra cosa que inolvidable, pasaran los años que pasaran desde entonces.

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