Portada: Su padre supuestamente había tenido un accidente y el hospital pedía dinero para darle el alta. Meses después conocí a una mujer que nunca me pidió nada.

Su padre supuestamente había tenido un accidente y el hospital pedía dinero para darle el alta. Meses después conocí a una mujer que nunca me pidió nada.

En resumen

Tras separarse, un belga de 41 años probó las páginas de citas del sudeste asiático y encadenó una estafa tras otra, empezando por una mujer filipina que siempre tenía una emergencia familiar nueva. Después conoció a una mujer tailandesa que nunca le pidió nada, y con la que acabó casándose en su quinta visita a Europa.

Hace unos años, después de separarme de la madre de mi hijo, acabé registrándome en una de esas páginas de citas centradas en el sudeste asiático, casi por curiosidad más que por otra cosa. Tengo 41 años y soy belga, de las afueras de Amberes. Nunca había estado en Asia, no sabía nada de la cultura ni de cómo funcionaban allí las cosas, así que todo aquello me resultaba completamente nuevo, desde los nombres de las ciudades hasta la forma de escribir de la gente, pasando por costumbres que ni siquiera sabía que existían.

Casi de inmediato empecé a recibir un aluvión de mensajes de gente de todas partes, más de los que sabía gestionar la primera semana, y con una rapidez que en su momento me pareció halagadora en lugar de sospechosa. Contestaba desde el sofá por las noches, todavía acostumbrándome a la idea de estar soltero después de tantos años.

La primera persona con la que conecté de verdad era de Filipinas. Se llamaba Rica, escribía mucho y bien, y las primeras semanas fueron agradables, sin más. No tardó mucho, sin embargo, en empezar con las peticiones de ayuda. Primero fue una lavadora estropeada, algo pequeño que le envié sin pensarlo dos veces. Luego un regalo de cumpleaños para un familiar. Después su abuela necesitaba medicinas urgentes que, según ella, no se conseguían en la farmacia del pueblo. Y finalmente, la joya de la corona, su padre había tenido supuestamente un accidente y el hospital pedía dinero por adelantado para darle el alta, o algo por el estilo, juro que esa fue literalmente la excusa que me dio, palabra por palabra.

Cada semana parecía surgir una emergencia nueva, como si las desgracias en su familia se turnaran para llamar a la puerta justo cuando yo empezaba a bajar la guardia con la anterior.

Al principio le envié algo de dinero cada vez porque de verdad me lo creía. Con el tiempo, después de la tercera o cuarta emergencia, empecé a pedirle pruebas, una foto del hospital, del recibo, de algo. Me las mandaba, pero había algo en ellas que no me terminaba de cuadrar, la luz, el ángulo, una fecha en la esquina que no encajaba del todo con lo que me había contado por mensaje esa misma mañana.

Recuerdo el mensaje casi palabra por palabra, algo como "si de verdad me quisieras no lo pensarías tanto", enviado un minuto después de que yo escribiera que necesitaba tiempo para pensarlo. Fue la primera vez que aquello me sonó más a guion que a súplica real.

Cuando finalmente me negué a seguir enviando ayuda, se enfadó casi al instante, sin transición, como si se hubiera quitado una máscara que llevaba puesta desde el primer mensaje. Visto con perspectiva, ahora entiendo perfectamente lo que estaba pasando desde el principio, aunque en su momento me costó varias semanas aceptarlo del todo.

Seguí en las páginas, pero después de aquello me volví muchísimo más cauto con todo el mundo, no solo con ella. Hablé con gente de países muy distintos, Vietnam, Camboya, Indonesia, y con el tiempo entendí que el origen apenas importaba a la hora de detectar el patrón. Muchísimas conversaciones acababan de la misma forma, con una historia triste o alguien pidiéndome ayuda de una manera u otra, más o menos disimulada. Una mujer me pidió dinero para el alquiler a los pocos minutos de decirnos hola por primera vez, casi antes de que supiera cómo se llamaba de apellido o en qué ciudad vivía exactamente. Otra intentó meterme en no sé qué tipo de inversión con rendimientos que sonaban demasiado bien para ser reales y que nunca terminó de explicarme con claridad cuando le hacía preguntas concretas. Otra más quería que invirtiera en una propiedad en el extranjero sin ni siquiera saber ella misma de qué estaba hablando, repitiendo frases que claramente le había pasado alguien por escrito.

Fue entonces, con la guardia ya bastante alta, cuando conocí a una mujer tailandesa que era completamente distinta a todo lo anterior. Se llamaba Fai, y hablar con ella fue como respirar aire fresco después de meses respirando el mismo aire viciado. Nunca me preguntó de dónde era en términos de dinero, solo de dónde era en términos normales, qué comía, cómo era el invierno en Bélgica, si echaba de menos a mi hijo cuando no lo veía.

Nos pasamos a WhatsApp enseguida, hablábamos todos los días, y ella nunca me pidió nada, ni una sola vez, en meses de conversación. Al principio le daba vergüenza hablar por teléfono porque pensaba que su inglés no era lo bastante bueno, así que durante varias semanas todo fue por mensaje de texto y notas de voz cortas. En cuanto por fin nos animamos a hacer una llamada de verdad, sin embargo, todo fluyó con normalidad, y su inglés resultó ser mucho mejor de lo que ella misma creía, con un acento que enseguida me resultó familiar.

Tenía un trabajo a tiempo completo en una oficina, era fácil hablar con ella de cualquier cosa, desde su familia hasta series que veíamos los dos por separado y comentábamos después, y cada día que pasaba nos sentíamos un poco más cerca el uno del otro. Le hablé de mi hijo, de mi separación, de por qué me había metido en aquellas páginas en primer lugar sin saber muy bien lo que buscaba, y ella escuchó todo sin juzgar ni una sola vez.

Al final decidimos conocernos en persona. Cogí un vuelo a Tailandia, y en lugar de quedarnos en Bangkok como haría casi cualquier primerizo, pasamos cuatro días juntos en Phuket, que ella conocía bien de un viaje anterior con amigas del trabajo.

Incluso entonces seguía siendo cauto por todo lo que había vivido antes, mirando cada gasto con un ojo puesto en el pasado, calculando mentalmente cuánto llevaba pagado sin darme cuenta de que lo hacía. Pero ella nunca me dio ningún motivo para no confiar en ella. Pagaba lo suyo sin que se lo pidiera, elegía sitios sencillos y baratos sin que yo tuviera que sugerirlo, y en ningún momento de esos cuatro días surgió una sola emergencia familiar, ni una lavadora rota en ningún lado, ni una prima con problemas de salud repentinos.

Recuerdo especialmente una tarde en un mirador cerca de Kata, mucho después del mediodía, cuando le comenté medio en broma que estaba esperando a que me pidiera algo. Ella se rió, genuinamente confundida, y me preguntó qué se supone que tendría que pedirme si ya tenía trabajo, casa y una familia que la quería. No dijo nada más sobre el tema, y a mí se me quedó grabada esa respuesta durante el resto del viaje.

Fai acabó visitándome en Europa varias veces a lo largo de los siguientes años. Cada visita duraba un poco más que la anterior, se quedaba con más amigos míos, aprendía más palabras en francés sin que se lo pidiera, y cada despedida en el aeropuerto se hacía un poco más difícil de aguantar para los dos. En su quinta visita, nos casamos para poder estar juntos de forma permanente sin depender de visados de turista ni de fechas de caducidad marcadas en un pasaporte. Fue una ceremonia pequeña, en el ayuntamiento, con mi hijo de testigo y dos amigos suyos que había hecho por videollamada meses antes y que por fin conocía en persona ese mismo día.

Un año después viajamos juntos a ver a su familia, y me presentó como su marido antes incluso de que yo hubiera terminado de sacar los zapatos en la puerta. Su madre me hizo repetir mi nombre tres veces y luego decidió llamarme por un apodo tailandés que todavía uso sin saber exactamente qué significa.

Como cualquier pareja, hemos tenido nuestros altibajos, y hemos tenido que trabajar bastante ciertas diferencias culturales que ni siquiera se me habían ocurrido antes de conocerla, desde cómo se gestiona el dinero dentro de una familia hasta qué se considera de buena educación decir o callar delante de la familia del otro, pasando por cosas tan tontas como la temperatura correcta para servir la comida. Pero siempre hemos estado dispuestos a escucharnos y a buscar la forma de que funcione, incluso cuando ninguno de los dos tenía muy claro cómo hacerlo al principio de una discusión.

La verdad es que me alegro de haber pasado por todas esas estafas antes de conocer a Fai. Me enseñaron a ir más despacio y a prestar atención a los detalles que antes se me habrían pasado por alto sin más, la foto que no encaja, la emergencia que llega justo cuando toca, la pregunta sobre dinero que aparece demasiado pronto en la conversación.

Si estás usando páginas de citas y no dejas de toparte con la gente equivocada, no te rindas. Hay gente genuina ahí fuera, de verdad que la hay, aunque a veces tarde en aparecer más de lo que a uno le gustaría. Solo hace falta paciencia y no tener prisa por encontrarla, y quizás algo de suerte para reconocerla cuando por fin aparezca.

Sigue leyendo

Historias relacionadas