La seguí un día en vez de creerle lo de las visitas familiares. No fue a la estación de autobuses, entró en un hotel con otro hombre.
En resumen
Jubilado en Pattaya desde 2017, un polaco de 55 años se enamora de Apple, una chica de bar de 32 con tres hijos que mantener. Durante meses cree ser el único hombre que la ayuda económicamente. Un día decide seguirla en lugar de creerse la excusa de siempre, y descubre que era una entre varios patrocinadores que la mantenían al mismo tiempo.
Llevaba viajando a Pattaya desde los años noventa, el clásico "millonario de dos semanas": ahorrando todo el año en Polonia, trabajo tras trabajo, para vivir a lo grande durante una quincena y volver a la rutina como si nada, contando los meses hasta el siguiente vuelo. Vi la ciudad cambiar por completo en esas más de dos décadas de visitas: los bares de siempre cerraban y abrían con otro nombre, los precios subían un poco cada vez, pero la sensación al bajar del avión era siempre la misma.
Jubilarme allí a los 55 siempre fue el plan, el que había ido construyendo mentalmente vuelo tras vuelo durante años, y en 2017 por fin lo cumplí. Vendí lo poco que me quedaba en Polonia, cerré una etapa entera de mi vida en cuestión de semanas, y me instalé con la sensación de estar empezando de cero exactamente donde quería.
La novedad se me pasó más rápido de lo que esperaba. Las dos primeras semanas de residente fueron una extensión de dos décadas de vacaciones. La tercera ya me aburría de un modo que no había sentido nunca allí, ese aburrimiento raro de tener todo el tiempo del mundo y ningún horario que cumplir. Por esas fechas empecé a ir en serio con una chica que había conocido en un bar, en una de esas noches en las que solo había entrado a tomar una cerveza y acabé quedándome hasta el cierre. Se llamaba Apple.
Hicimos un viaje a Koh Samet que iba a ser de unos días, una escapada corta para conocernos fuera del ambiente de los bares, y terminó siendo de dos semanas enteras, alargando la vuelta día tras día con cualquier excusa. Para cuando por fin volvimos a Pattaya, estaba completamente colado por ella, de una manera que no me había pasado en años.
Tenía 32 años, tres hijos que vivían con sus padres en el pueblo mientras ella trabajaba, y llevaba seis años en los bares de Pattaya para mantenerlos, primero un año duro sola en la ciudad y luego con algo más de estabilidad según me contaba. La convencí, sin demasiado esfuerzo la verdad, de que dejara la habitación que compartía con otras dos chicas y se viniera a vivir conmigo.
El plan era sencillo, o eso me pareció entonces: yo la ayudaría económicamente cada mes y ella visitaría a su familia con regularidad, siempre sola, porque su familia todavía no sabía nada de mí. Me pareció razonable en su momento. Al fin y al cabo, llevaba muy poco tiempo con ella para presentarme de golpe como el novio extranjero delante de todo el pueblo, y no quería precipitar nada que pudiera incomodarla a ella o a su familia.
La vida era estupenda. Ella era estupenda. Atenta, cocinaba platos que yo ni sabía pronunciar, limpiaba el apartamento entero un par de veces por semana sin que se lo pidiera, me hacía sentir como si fuera el único hombre sobre la faz de la tierra cada vez que entraba por la puerta. Los amigos que llevaba décadas viendo aparecer y desaparecer por los bares de Pattaya, algunos con historias que ya entonces deberían haberme servido de aviso, me decían que había tenido suerte con esta. Yo también lo creía, y se lo repetía a quien quisiera escucharlo.
Las visitas a la familia sucedían tal como habíamos acordado, cada pocas semanas. Siempre resultaba difícil localizarla mientras estaba fuera. Cortes de electricidad en el pueblo, según me explicaba, algo que sonaba perfectamente creíble para cualquiera que conociera el interior de Tailandia.
De uno de esos viajes volvió con un iPhone nuevo que, según ella, le había tocado a una amiga en una lotería y se lo había regalado sin más. De otro volvió con 20.000 baht en el bolso. Me tragué cada historia sin hacer una sola pregunta incómoda.
Con el tiempo, ya bastante enamorado y pensando en serio en el futuro, le pedí acompañarla en una de esas visitas, aunque fuera solo para conocer el pueblo desde fuera del coche. Me dijo que su familia todavía no sabía nada de mí, con el mismo tono tranquilo de siempre, como si fuera la primera vez que se lo preguntaba. Le compré un anillo en una joyería del centro, uno modesto pero real, y esperé mi momento, convencido de que solo era cuestión de tiempo antes de que las cosas encajaran.
Anunció otra visita a la familia. Le dije que esta vez iba con ella. Se puso fría de inmediato, algo que no había visto nunca en ella, y me dijo que teníamos un acuerdo y que si no me gustaba, sabía dónde estaba la puerta.
Se lo comenté a un amigo tomando unas copas esa misma semana, un tipo que llevaba en Pattaya más años que yo incluso, más para desahogarme que buscando consejo real. Empezó riéndose, dándome una palmada en la espalda, pero dejó de reírse bastante rápido cuando le conté lo de la frialdad repentina, y me pidió que la llamara ahí mismo, delante de él, en ese momento, para ver qué explicación me daba. No contestó. Lo intenté dos veces más. Nada.
Me explicó entonces, con la paciencia de quien ya lo ha visto mil veces desde la barra de algún bar, que las chicas con más experiencia trabajando en el ambiente suelen mantener varios patrocinadores rotando al mismo tiempo sin que ninguno lo sepa, hombres que mandan una ayuda mensual fija y que visitan Tailandia cuando pueden, unas semanas al año cada uno. Las visitas familiares, me dijo sin ninguna intención de hacerme sentir peor, encajaban perfectamente con ese tipo de rotación.
El iPhone que le había "tocado a una amiga". Los 20.000 baht que había traído de otro viaje sin mayor explicación. Las semanas enteras ilocalizables por los famosos cortes de luz del pueblo, que a esas alturas ya me sonaban a excusa ensayada más que a mala suerte eléctrica.
La siguiente vez que anunció una visita, no dije nada. Asentí, le deseé buen viaje, y en cuanto cerró la puerta del apartamento bajé corriendo las escaleras mientras ella esperaba tranquilamente el ascensor. Salí a la calle antes que ella y la seguí a cierta distancia, con el corazón latiéndome más rápido de lo que me hubiera gustado admitir. No fue a la estación de autobuses, como llevaba meses diciéndome que hacía cada vez. Dobló la esquina, cruzó dos calles más, y entró directamente en un hotel de precio medio con el que yo ni siquiera sabía que estaba familiarizada.
Esperé fuera, apoyado contra una pared al otro lado de la calle, sin saber muy bien qué estaba esperando encontrar ni cuánto tiempo estaba dispuesto a esperar. Fueron casi dos horas. Cuando por fin salió, iba de la mano de otro hombre extranjero, mayor que yo, con esa tranquilidad de quien ha hecho lo mismo muchas veces antes. Se quedó paralizada al verme cruzar la calle hacia ellos. Él me preguntó, todavía sin entender la situación, qué hacía yo allí. Le dije que era mi novia, que vivía conmigo. Se le puso la cara tan blanca como imagino que se me puso a mí.
Me contó, todavía plantado en la puerta del hotel sin soltarle la mano del todo, que llevaba dos años mandándole 15.000 baht al mes, que la visitaba dos o tres veces al año, que incluso había hablado de comprarle algo a nombre de ella "cuando las cosas se asentaran". Después se dio media vuelta, la soltó, y volvió a entrar en el hotel sin decir nada más.
Esa noche ella regresó al apartamento tarde y se disculpó nada más cruzar la puerta, antes incluso de que yo dijera una palabra. Cuando insistí en que me contara toda la verdad, sin dejar nada fuera esta vez, se sentó en el sofá y admitió que tenía tres patrocinadores además de mí. 15.000, 10.000 y 30.000 baht al mes de un hombre japonés mayor que la visitaba solo una vez al año pero pagaba más que los demás juntos. Más los 20.000 que yo le daba cada mes para "sus gastos", que resultaron ser exactamente del mismo tipo de ayuda que las otras tres, solo que yo vivía con ella y llevaba meses creyendo que eso me hacía diferente.
La ruptura llegó poco después, sin demasiado drama, casi con más silencio del que había imaginado dado todo lo que había pasado. No había casa construida a su nombre, ni terreno comprado, ni ninguno de los compromisos grandes que había visto arruinar a otros hombres en Pattaya durante años; solo la paga mensual que dejé de enviar y un anillo que terminé devolviendo a la joyería con bastante vergüenza. Pero me sentí como un completo idiota de todos modos. Había visto esta misma historia repetirse con otros hombres durante años, sentado en el mismo bar donde la conocí, siempre pensando que a mí, con toda mi experiencia acumulada desde los noventa, no me iba a pasar algo tan de manual.
Sigo en Tailandia. Sigo disfrutando de la vida, sin ninguna intención de volver a Polonia ni de dejar de vivir aquí. Y doy gracias, cada vez que me acuerdo de aquel anillo devuelto, de que nunca llegué a construirle esa casa. Cuidado ahí fuera.