Portada: Estuvo a punto de enviar 400.000 baht. La única buena decisión que tomó fue no hacerlo.

Estuvo a punto de enviar 400.000 baht. La única buena decisión que tomó fue no hacerlo.

En resumen

Un británico de 41 años pasó en dos semanas de un ligue en Soi 4 a hablar de dote y reformas de casa. Estuvo a punto de enviar 400.000 baht. No lo hizo.

Tenía 41 años y era su tercer viaje a Tailandia.

No era un novato. Conocía Bangkok lo suficiente como para moverse solo, para saber qué bares eran trampa para turistas y cuáles no, para no pagar el doble en los tuk-tuks. Se consideraba alguien que sabía lo que hacía.

Eso, descubrió después, no sirve de nada cuando decides que lo que tienes enfrente es diferente a todo lo anterior.

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La conoció la segunda noche, en un bar de Soi 4.

Se llamaba Nang. Tenía veintipocos años, una sonrisa que hacía que uno olvidara estar prestando atención a otras cosas, y una forma de conversar que hacía que la noche pasara rápido. Al día siguiente seguían juntos.

Ahí fue donde tomó la primera decisión que cambiaría las semanas siguientes: en lugar de dejarlo en lo que era, sugirió pasar más tiempo juntos.

Ella aceptó.

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Lo que siguió fue, en la superficie, perfecto.

Pattaya. Una isla cercana. Días en la playa, noches bebiendo, el tipo de tiempo que uno recuerda como ligero cuando mira atrás y que en el momento parece real porque todo parece real cuando el sol cae bien y no hay nada urgente que hacer.

Él pagó todo. Ropa, regalos, hoteles, cenas. Lo hizo sin pensarlo demasiado porque en ese momento no le pareció que hubiera mucho que pensar.

De vuelta a Bangkok para el cumpleaños de ella. Un bolso caro. Una cena con sus amigas. Una noche que terminó tarde y que dejó la sensación de haber entrado en algo, aunque todavía no supiera exactamente en qué.

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Phuket fueron otros cinco días.

Y fue ahí donde la conversación cambió de tono.

Empezaron a hablar de futuro. De cómo sería estar juntos de verdad. De qué pasaría cuando él volviera al Reino Unido. Las palabras que se dijeron en esas conversaciones eran las palabras correctas, las que uno espera oír cuando está con alguien y quiere que las cosas sean reales.

Él las creyó. O quiso creerlas, que no es exactamente lo mismo pero que en el momento se siente igual.

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Cuando volvió a casa, las llamadas empezaron.

Videollamadas a lo largo del día. Mensajes constantes. La sensación de que la distancia no cambiaba nada, de que lo que había empezado en Bangkok seguía activo desde doce horas de diferencia horaria.

Luego llegaron las primeras peticiones de ayuda. Pequeñas al principio. Él las atendió sin hacer preguntas.

Después llegó algo más concreto: quería dejar el bar donde trabajaba. Problemas con otras chicas. Necesitaba dinero para el depósito de un apartamento. Catorce mil baht.

Él los envió.

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Las llamadas empezaron a espaciarse.

Primero sin explicación. Luego con excusas: estaba ocupada, había tenido un día difícil, el teléfono le daba problemas. Un día le dijo que el móvil se estaba calentando demasiado y necesitaba reparación.

Después desapareció cuatro días.

Él esperó. Le escribió. No obtuvo respuesta. Empezó a preocuparse de verdad, con la preocupación específica que uno siente cuando alguien a quien quiere deja de dar señales de vida y uno no sabe si llamar a alguien o simplemente seguir esperando.

Una amiga de ella le envió las fotos.

Nang estaba en una isla. Con un hombre de Singapur. Las imágenes eran lo bastante claras como para no necesitar explicación.

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Cuando el teléfono "volvió de la reparación" y ella llamó, él le mostró las fotos.

Ella dijo que el hombre de Singapur era solo un amigo.

Él quiso creerlo. Y eso, más que cualquier otra cosa que hiciera en los meses siguientes, es lo que él mismo no termina de entender cuando mira atrás. No la mentira de ella. Su propia decisión de quedarse.

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Luego llegó lo del matrimonio anterior.

No de golpe. Fue saliendo poco a poco, como suelen salir las cosas que alguien no quiere contar. Nang seguía casada legalmente con un hombre en Isaan. Separados, dijo. Con planes de divorciarse, dijo. Para cuando él lo supo, ya no sabía muy bien qué creer de lo que le decía y qué no.

A pesar de todo, volvió a Tailandia.

Viajó a Isaan. Conoció a la familia. Lo recibieron bien, con la calidez genuina que tienen las familias tailandesas cuando alguien se toma la molestia de ir hasta sus casas en lugar de esperar que ellas vengan. Pasaron varios días juntos. Las conversaciones derivaron hacia el matrimonio.

Y en algún punto de esas conversaciones, él se escuchó a sí mismo acordando pagar cuatrocientos mil baht para terminar la reforma de la casa familiar. Y otros doscientos mil como dote.

Seiscientos mil baht en total.

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Cuando volvió al Reino Unido, las cosas se desmoronaron despacio.

Siempre conectada. Tardando horas en responder. Hombres apareciendo en sus redes sociales con una regularidad que no cuadraba con nada de lo que ella decía. Cada vez que él preguntaba algo, ella convertía la pregunta en una acusación y la conversación terminaba con él sintiéndose culpable de haber preguntado.

Cuando se acercó la Navidad, ella empezó a exigir el dinero de la casa.

Él le dijo que prefería esperar a que se casaran.

Ella no lo tomó bien.

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Los argumentos se hicieron más frecuentes. La comunicación se fue rompiendo. Hubo días sin respuesta, luego semanas con respuestas frías, luego el silencio que ya no necesita explicación porque ambos saben lo que significa.

Fue entonces cuando él terminó de entender algo que probablemente había sabido desde hacía tiempo: que todo lo que habían planeado, el matrimonio, el futuro, las promesas, giraba alrededor de ese dinero. No al revés.

Los cuatrocientos mil baht nunca los envió.

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Poco después ella volvió a trabajar en un bar. Él no volvió a saber de ella salvo por un mensaje amenazando con hacerlo incluir en una lista negra de Tailandia.

Cuando hace las cuentas del tiempo que duró todo aquello, el número que sale es más de ciento treinta mil baht enviados desde el Reino Unido, más lo gastado durante dos viajes: vuelos, hoteles, restaurantes, ropa, regalos, el bolso del cumpleaños, los catorce mil del apartamento que nunca existió.

Una cantidad considerable. No la que podría haber sido.

Eso es lo único que rescata de todo el asunto: que cuando llegó el momento de la decisión más grande, tuvo la claridad suficiente para decir que no.

Todo lo demás lo perdió. Eso, no.

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