Levantó la palma de la mano y dijo "no hables". Volvió con el otro hombre sin mirar atrás.
En resumen
Un alemán de Frankfurt cuenta cómo, en su cuarto viaje a Pattaya, pasó 27 días con Siri, una camarera de bar de 28 años, hasta que la vio de la mano de otro hombre y ella le pidió con un gesto que no hablara. Un último mensaje de despedida cambió poco.
Me llamo Kurt, tengo 43 años, soy de Frankfurt, y este era mi cuarto viaje a Pattaya, así que no puedo alegar inexperiencia ni sorpresa por nada de lo que voy a contar. Conocía la ciudad, conocía el ambiente, y pensaba que conocía perfectamente las reglas del juego después de tres viajes anteriores sin ningún incidente reseñable. Estaba en la noche 11 cuando entré en el Ibar pasada la medianoche, más por costumbre que por plan concreto, y me fijé en una chica que era exactamente mi tipo, de esas que uno nota entre la multitud sin ni siquiera proponérselo.
Ella me miró y sonrió. Fui directo hacia ella y le dije que era la chica más guapa que había visto en mi vida. Se rio y me llamó loco. Se llamaba Siri, 28 años, divorciada, con un hijo de seis años.
En cuestión de minutos quedó claro que era una profesional que sabía exactamente cómo manejar a los turistas. No había ni un solo titubeo en su forma de hablar, ni una sola pregunta torpe de las que hacen las chicas nuevas en esto, ni esa incomodidad inicial que delata a alguien recién llegado al oficio. Cada frase suya llegaba en el momento justo, cada silencio parecía calculado para que fuera yo quien hablara más.
Buen inglés, confianza total, ese tipo de presencia que hace que los hombres hagan tonterías sin darse cuenta. Le dije desde el principio que no era rico y que no me interesaba ningún tipo de arreglo de patrocinio, que ya había oído hablar de esas historias antes de viajar y no quería formar parte de ninguna.
Me dijo que ella tampoco buscaba eso, que solo quería pasar el rato y una propina por su tiempo, dicho con una naturalidad que en su momento me pareció completamente sincera.
Era muy fácil hablar con ella. Me contó lo de su exmarido, que bebía y jugaba, que se había gastado en una sola noche de apuestas lo que ella tardaba semanas en ganar, y cómo se había quedado prácticamente sola criando al niño después de la separación, primero en casa de su madre y luego, cuando eso se hizo insostenible, trabajando en Pattaya y mandando dinero de vuelta cada mes. Me habló de su pueblo en Isaan, de los arrozales, de lo poco que había allí para alguien de su edad más allá de la agricultura o irse a la ciudad, de sus dos hermanas, ambas trabajando en Phuket en el mismo tipo de ambiente que ella, como si fuera casi una tradición familiar heredada sin que nadie la hubiera elegido realmente. Le pedí que pasara el resto de las vacaciones conmigo. Aceptó, casi sin dudarlo. No salía barato salir con ella, era popular en el bar y yo lo sabía perfectamente, otros clientes la buscaban específicamente cuando entraban, pero decidí que merecía la pena de todos modos.
Tuvimos una buena racha durante los días siguientes. Excursiones de un día a islas cercanas, tardes enteras en la piscina del hotel, buenas conversaciones, buena compañía en general, de esas que hacen que uno se olvide por completo de por qué había ido inicialmente solo a ese bar. Una tarde en la piscina, con un cóctel en la mano y el sol ya bajando, mencionó que llevaba dos años ahorrando para una moto deportiva Honda, con 200.000 baht ya guardados en el banco, una cifra que dijo con cierto orgullo, como quien ha trabajado duro por algo concreto.
También mencionó, casi de pasada, en mitad de otra conversación sobre otra cosa completamente distinta, que tenía dos patrocinadores fijos en el extranjero que le mandaban dinero con regularidad. Lo dijo con la misma naturalidad que todo lo demás. Ninguno de esos dos detalles me hizo la señal de alarma que debería haberme hecho en su momento, ocupado como estaba disfrutando del sol y de su compañía como para pararme a hacer cuentas.
Día 27. Desayunamos juntos como cada mañana, ella se marchó en una moto taxi camino de la peluquería y me dijo que ya me escribiría más tarde para lo del gimnasio.
Las tres de la tarde, nada. Las cinco, nada. Seis mensajes míos sin ni una sola respuesta. Cualquiera que conozca un poco cómo funciona esto sabe que una chica tailandesa ignorando el teléfono tanto tiempo significa que algo está pasando.
A medianoche, cansado de esperar y con esa sensación en el estómago que uno prefiere ignorar, salí solo y terminé en otro club de Walking Street, distinto al que solíamos frecuentar juntos, luces más bajas, música más fuerte, el tipo de sitio al que no me hubiera llevado a mí. Vi a Siri al otro lado de la sala, de la mano de un hombre que aparentaba unos 65 o 70 años, vestido con esa ropa cara y discreta que llevan los hombres que llevan mucho tiempo viniendo a Tailandia y ya no necesitan demostrar nada.
Cuando me vio se quedó visiblemente avergonzada y me dio la espalda. No se marchó, sin embargo, cosa que por sí sola decía todo lo que había que saber sobre cuánto valía ese hombre para ella en ese momento concreto.
Esperé cerca de los baños durante media hora hasta que pasó por delante de mí. Al verme levantó la palma de la mano, plana, un gesto claro de "no hables", y volvió directa junto a él sin detenerse ni un segundo. Dije su nombre dos veces en voz alta. Nada.
Le mandé un último mensaje esa misma noche, dándole las gracias por el tiempo que habíamos pasado juntos. Nunca respondió.
Pasé las noches que me quedaban con otra persona a la que conocí, se llamaba Wawa, sencilla, sin dobleces, y buena compañía sin ninguna de las complicaciones de los días anteriores. No hubo grandes declaraciones ni historias sobre motos ni patrocinadores, solo cerveza fría, risas fáciles, y la sensación agradable de que por fin nadie me estaba calculando por dentro mientras hablábamos.
El último día, con las maletas ya hechas y esperando el taxi al aeropuerto, sonó el teléfono. Pensé que sería Wawa llegando tarde otra vez, como de costumbre, siempre con quince o veinte minutos de retraso sobre lo acordado. Era Siri, en videollamada, guapa como siempre pero visiblemente nerviosa, con los ojos ya un poco rojos antes incluso de empezar a hablar. Me preguntó, directamente, sin rodeos, si la odiaba. Le dije que no, que en absoluto. Se echó a llorar entonces, de verdad, no fue algo fingido para la cámara por lo que pude ver, y me dijo que lo sentía mucho, que el hombre del club era alguien que conocía desde hacía tiempo, bastante bien situado económicamente, y que no había podido rechazarlo cuando se presentó esa noche.
Me dijo que estaba cansada de esa vida, cansada de no tener nada propio, cansada de depender siempre de la generosidad de otros para llegar a fin de mes, que me quería a mí específicamente entre todos los hombres que había conocido, y que quería esperarme hasta que volviera a Pattaya en algún momento futuro sin fecha concreta. Lo último que dijo antes de que yo colgara la llamada, con una voz que se le quebró justo al final, fue "no me olvides".
En el vuelo de vuelta a casa, con horas por delante y nada más que hacer, le di vueltas a todo con calma, sin la rabia inicial que había sentido esa noche junto a los baños del club. La historia de los ahorros para la moto y la historia de que no tenía nada absolutamente propio no podían ser ciertas las dos a la vez, alguien que ahorra 200.000 baht en dos años y encima recibe dinero de dos patrocinadores fijos no encaja con la mujer desesperada y sin nada que me describió llorando por videollamada. La llamada del último día era casi con toda seguridad una jugada calculada, bien para sacarme el efectivo que me quedara antes de subir al avión, bien para dejar la puerta abierta a conseguir otro patrocinador más, esta vez uno que le mandara dinero desde Alemania todos los meses sin falta durante los próximos años.
Lo de "no me olvides" estaba pensado exactamente para sembrar culpa y dejar la puerta abierta por si acaso, una frase calculada al milímetro, no un desliz emocional espontáneo como parecía en el momento. Y sin embargo, incluso sabiendo todo esto, una parte de mí seguía sin poder descartar del todo que hubiera algo real debajo de todo el cálculo.
Puede que parte de todo aquello fuera genuino, la gente no está hecha de piedra del todo, ni siquiera las que se dedican a esto profesionalmente, y no descarto que en algún rincón de todo lo que me dijo hubiera un fragmento de verdad mezclado a propósito con el resto. Pero salí de Pattaya con la cartera intacta, sin haber mandado un solo baht de más ni haberme comprometido a nada a distancia, y eso, al final, contando todo lo demás, ya cuenta como un resultado bastante decente en mi libro personal de este tipo de viajes.
No he vuelto a saber nada de Siri desde entonces, ni buscado activamente hacerlo. Wawa sí me escribió un par de veces en los meses siguientes, mensajes cortos y sin pretensiones, y con ella al menos las cuentas siempre estuvieron claras desde el primer día.