Se presentó en mi hotel sin avisar, y esa noche pagué la cuenta de toda su cuadrilla. Fue la primera de muchas señales que ignoré.
En resumen
En su primer viaje a Tailandia, un francés de 34 años conoció a dos mujeres: una masajista genuina y la dueña de un bar en Patong que empezó a pedirle dinero para todo, comida, gasolina, hasta el alquiler de la mesa de billar. La historia de cómo distinguió a una de la otra.
En 2024 hice por fin mi primer viaje de verdad a Tailandia. Tengo 34 años, soy de Lyon, y llevaba años queriendo ir, pero siempre lo iba posponiendo por una cosa u otra, el trabajo, el dinero, la excusa de turno.
Antes de coger el vuelo empecé a hablar con varias mujeres por aplicaciones, porque quería probar un poco de todo, desde conocer a mujeres tailandesas normales hasta ver de primera mano cómo era realmente el ambiente de bares del que tanto había oído hablar en foros de viajeros. Visto con perspectiva, probablemente quise abarcar más de lo que debería para ser mi primera vez allí, en lugar de ir poco a poco como me había aconsejado un amigo que ya había estado varias veces y que me repitió, más de una vez, que no había prisa por hacerlo todo en un solo viaje.
Con dos mujeres en concreto la conversación fue mucho más allá del típico intercambio educado de las primeras semanas. Una se llamaba Mook y tenía un bar en Patong, algo que mencionó orgullosa casi en el primer mensaje. La otra, Bua, trabajaba en un salón de masajes a unas calles de mi hotel y escribía mucho menos, pero cuando lo hacía parecía interesada de verdad en la conversación, no solo en confirmar cuándo llegaba mi vuelo.
Recuerdo perfectamente uno de los primeros mensajes de Mook, todavía en Francia, preguntándome si iría a su bar "como todos los farangs que van a Patong", con un tono que en su momento me pareció simpático y que en retrospectiva ya decía bastante de cómo veía la relación entre nosotros antes incluso de conocernos en persona.
Mi primer día en Phuket fui a ver a Bua. Nos llevamos de maravilla desde el primer momento, nada forzado, solo dos personas hablando cómodamente mientras ella trabajaba y yo esperaba mi turno leyendo carteles que no entendía. Pasamos un par de horas juntos, primero en el salón y después tomando algo cerca de allí, comentando lo poco que sabía yo de tailandés y riéndonos de mi pronunciación, y fue un principio de viaje mucho mejor de lo que había imaginado durante el vuelo.
Cuando salí del bar donde habíamos estado tomando algo, tenía un montón de llamadas perdidas de Mook. Se había presentado en mi hotel sin que hubiéramos quedado a ninguna hora en concreto, sentada en un sofá de la recepción con el móvil en la mano, esperando como si fuera lo más normal del mundo presentarse sin avisar.
Esa noche me sacó a cenar con sus amigas y luego a otro bar cerca del suyo. Fue pidiendo copas, chupitos y comida para todo el grupo sin preguntarme en ningún momento, marisco, cubetas de cerveza, más chupitos cuando ya parecía que nadie los quería, y al final de la noche era yo quien pagaba la cuenta entera sin que nadie lo hubiera planteado siquiera como una pregunta. Nadie del grupo pareció sorprendido lo más mínimo. Una de sus amigas incluso me dijo, medio en broma medio en serio, "eres muy generoso", mientras Mook pedía otra ronda de chupitos sin mirarme siquiera para comprobar si me parecía bien.
Para cualquiera que viaje por primera vez, es fácil pasar por alto esa señal de alarma. Uno piensa, estoy de vacaciones, qué más da una noche, ya me lo pensaré cuando vuelva a casa.
Los días siguientes fueron exactamente iguales. Cada restaurante que elegía Mook era el más caro de la zona, siempre con vistas al mar o alguna decoración pensada para las fotos. Pedía cuatro o cinco platos mientras yo pedía uno, les hacía fotos cuidadosamente colocadas para sus redes sociales, apenas los probaba, y dejaba la mayor parte sin tocar cuando se llevaban los platos. Hasta un batido de fruta le costó 300 baht en un sitio donde yo llevaba pagando unos 60 en todas partes por lo mismo, muchas veces mejor hecho. Empezaba a sentir claramente que me estaba usando para financiar su estilo de vida, más que para conocerme de verdad.
Al final sí me llevó a un par de los sitios que me había prometido desde el primer día, un mirador con vistas a toda la bahía y una cascada de la que había visto fotos antes de volar. Pero incluso entonces, nada más terminar, me pidió 500 baht para la gasolina de la moto que había usado para llevarme, como si fuera parte del plan desde el principio. Para ese punto ya estaba prácticamente listo para despedirme de ella sin darle más vueltas al asunto.
Empecé a entender, demasiado tarde, la diferencia entre una chica de bar que trabaja honestamente sirviendo copas y alguien que ha convertido cada cena, cada excursión y cada trayecto en moto en una fuente de ingresos paralela. No tengo ningún problema con lo primero. Lo segundo es agotador de una forma muy concreta, porque nunca sabes en qué momento vas a dejar de ser una persona con la que sales para convertirte en poco más que una cartera con piernas.
Entonces caí enfermo con fiebre durante unos tres días, encerrado en la habitación del hotel bebiendo agua, tomando paracetamol y viendo la televisión en tailandés sin entender absolutamente nada. Mook me escribió un par de veces preguntando si estaba bien, pero sin ofrecerse a pasar por allí. Cuando por fin me sentí algo mejor, pasamos otro día juntos, más que nada porque ella insistió bastante en venir a verme antes de que se me pasara del todo. Nada había cambiado. Seguía pidiendo la comida más cara que encontraba en el menú mientras yo, todavía débil y con poco apetito, me limitaba a algo sencillo y ligero.
La gota que colmó el vaso llegó unos días después, cuando me escribió por Line pidiéndome 2.500 baht porque, según ella, no había gastado suficiente en su bar y no podía pagar el alquiler de la mesa de billar esa semana. Le recordé, con toda la paciencia que me quedaba, que solo habíamos quedado en que visitaría su bar una vez, y que además había estado enfermo varios días seguidos en lugar de estar por ahí gastando dinero en nada. Cuando me negué, me dijo que no quería saber nada más de mí. Por mí perfecto, la verdad, aunque tardé un par de días en dejar de repasar mentalmente toda la conversación.
Ya tenía reservada una excursión a una isla para los dos desde antes de todo esto, así que en su lugar invité a Bua a venir conmigo. Aceptó casi al momento.
Pasamos un día increíble juntos, sol, playa, un barco casi vacío entre semana, snorkel en un agua tan clara que se veían los peces desde la cubierta, y ninguna de las tensiones de los días anteriores con Mook flotando encima de todo. Comimos lo que nos apeteció, pagamos a medias sin que nadie lo convirtiera en un tema, y por primera vez en el viaje sentí que estaba de vacaciones de verdad. Cuando volvimos al hotel esa noche, encontré un aluvión de mensajes furiosos de Mook esperándome en el teléfono, uno detrás de otro, cada vez con más mayúsculas.
Resulta que la empresa de la excursión le había mandado por error una foto mía con Bua en el barco, sin ninguna mala intención por su parte, simplemente porque habíamos usado el número de Bua al reservar la excursión originalmente, cuando el plan todavía era ir con Mook antes de que las cosas se torcieran. Ella se lo tomó fatal, acusándome de cosas que ni siquiera tenían mucho sentido, mezclando insultos en tailandés e inglés en el mismo mensaje. La bloqueé sin contestar a ninguno de ellos y seguí con mi viaje como si aquello nunca hubiera pasado.
Por suerte, esa única mala experiencia no me arruinó las vacaciones ni de lejos. Conocí a bastante más gente en Tailandia después de aquello, gente genuina, educada, que nunca esperó nada de mí más allá de pasar un buen rato, incluida una familia que me invitó a comer en un mercado nocturno solo porque les hice gracia intentando pedir en tailandés con el móvil en la mano. Con Bua seguimos viéndonos el resto del viaje, sin la tensión constante de calcular quién pagaba qué, y despedirme de ella en el aeropuerto fue mucho más duro de lo que esperaba para alguien a quien solo conocía desde hacía dos semanas.
La lección más importante que me llevo de todo esto es no contarle a la gente que es tu primera vez en Tailandia, o que llevas años sin volver. Algunas personas dan por hecho que no conoces los precios ni cómo funcionan las cosas allí, y actúan en consecuencia desde el primer momento, mientras que otras, la mayoría en realidad, no cambian en absoluto su forma de tratarte por eso.
A pesar de todo, me enamoré de Tailandia sin remedio, y sé perfectamente que voy a volver, probablemente antes de lo que pienso. La próxima vez, eso sí, iré con mucho más cuidado con quién decido pasar el tiempo, y sobre todo con a quién le cuento cuántas veces he estado antes.