Fui al Templo Blanco de vacaciones, solo para hacer fotos. Volví a casa dos semanas después a hacer las maletas de verdad.
En resumen
Alex, un ilustrador británico de 45 años, visita el Templo Blanco de Chiang Rai durante unas vacaciones. Bua, guía y asistente en la galería asociada, se fija en sus bocetos. Cinco años después, Alex expone su propia obra en la ciudad.
Soy pintor, británico, tengo 45 años, y llevaba una carrera modesta pero estable ilustrando libros infantiles en Bristol cuando decidí tomarme unas vacaciones de tres semanas por el sudeste asiático, las primeras vacaciones reales que me permitía en años.
Llegué a Chiang Rai solo por el Templo Blanco, Wat Rong Khun, porque había visto fotos en internet que me parecían casi imposibles: un templo budista blanco e inmaculado, cubierto de espejos diminutos, con esculturas de manos extendiéndose desde el suelo del infierno y una pasarela hacia la entrada rodeada de estatuas que no se parecían a nada que hubiera visto antes en templos tailandeses más tradicionales.
Pasé el día entero allí, haciendo bocetos en un cuaderno pequeño que llevaba siempre encima, sin ninguna intención concreta más allá de tener referencia visual para algún proyecto futuro.
Bua trabajaba como guía y asistente en la galería de arte contemporáneo asociada al templo, donde el propio artista que diseñó el conjunto, Chalermchai Kositpipat, sigue exponiendo obra nueva. Me vio dibujando en un rincón, más tiempo del que dibuja normalmente un turista de paso, y se acercó a preguntarme, en un inglés cuidado que aprendió estudiando arte en Chiang Mai, si era artista o solo un turista con mucha paciencia.
Le enseñé el cuaderno. Se quedó mirando los bocetos más tiempo del que esperaba, señalando qué proporciones había captado bien y cuáles no, con la misma franqueza directa con la que, según descubrí después, corregía a sus propios alumnos.
Volví al templo los tres días siguientes, cada vez con la excusa de terminar un boceto que en realidad ya había terminado el primer día. Bua tenía descansos entre grupos de turistas, y esos descansos se fueron alargando de diez minutos a media hora, y de media hora a que empezara a esperarme directamente en la entrada antes de que yo llegara.
El último día de mis vacaciones originales, sentados en un banco fuera de la galería viendo cómo el sol se ponía sobre los espejos del templo, le dije que no sabía cómo iba a volver a Bristol a ilustrar libros infantiles sobre conejos después de esto. No lo dije como una declaración, más como un pensamiento en voz alta. Ella me preguntó, sin rodeos, si eso significaba que iba a volver.
Volví seis semanas después, con la excedencia de mi trabajo tramitada y una maleta bastante más grande que la de las vacaciones. No tenía ningún plan concreto más allá de pintar y ver si aquello, fuera lo que fuera con Bua, era real o solo el efecto de unas vacaciones bien aprovechadas.
Era real. Pasamos el primer año prácticamente viviendo entre su apartamento en la ciudad y días enteros en el templo y sus alrededores, yo pintando paisajes que nunca antes había tenido delante, ella traduciéndome conversaciones con otros artistas locales que al principio me miraban con la cautela lógica hacia un farang que decía dedicarse al arte, hasta que empezaron a ver mi trabajo colgado, meses después, en una pequeña galería del centro.
Su familia, agricultores de una zona cercana famosa por el té más que por el café, tardó en entender exactamente a qué me dedicaba, dado que «ilustrador de libros infantiles convertido en pintor de paisajes tailandeses» no es una profesión que se explique fácilmente en una segunda lengua durante una comida familiar. Lo que sí entendieron rápido fue que Bua era más feliz de lo que la habían visto en años, algo que su madre me dijo directamente, sin que Bua estuviera delante para traducir ni suavizar la frase.
Cinco años después, sigo pintando en Chiang Rai, ahora con obra propia expuesta en dos galerías de la ciudad y una pequeña reputación entre coleccionistas que buscan algo distinto al arte turístico habitual. Bua sigue trabajando en la galería del templo, aunque ahora también los fines de semana en mi propio estudio, discutiendo mis bocetos con la misma franqueza del primer día. Nunca hice las paces del todo con los libros de conejos que dejé a medias en Bristol. No parece que vaya a hacerlo.