Portada: Coordino la logística de la exportación de fruta tailandesa a China por el río Mekong desde el Triángulo de Oro. Ella lleva quince años haciendo funcionar ese mismo puerto.

Coordino la logística de la exportación de fruta tailandesa a China por el río Mekong desde el Triángulo de Oro. Ella lleva quince años haciendo funcionar ese mismo puerto.

En resumen

Nathan, un neozelandés de 50 años, coordina la exportación de fruta tailandesa a China por el Mekong desde el puerto de Chiang Saen, en el Triángulo de Oro. Orn, encargada de la logística portuaria desde hace quince años, se convierte en algo más que una colega de trabajo.

Soy neozelandés, tengo 50 años, y trabajo desde hace seis años en logística de exportación agrícola, coordinando el transporte de fruta tailandesa —principalmente longan y durián— hacia el sur de China a través del río Mekong, desde el puerto fluvial de Chiang Saen, en pleno Triángulo de Oro, donde Tailandia, Myanmar y Laos se tocan.

Es una zona con una historia complicada, más conocida durante décadas por el comercio de opio que por cualquier otra cosa, aunque hoy el tráfico real por este tramo del río es sobre todo fruta, electrónica y mercancía general entre China y el sudeste asiático, nada que ver con lo que hizo famosa la zona en el pasado.


Orn tenía 44 años cuando la conocí, y llevaba quince gestionando la parte tailandesa de la logística portuaria en Chiang Saen, coordinando aduanas, capitanes de barcaza y compradores chinos que a veces solo hablaban mandarín, un idioma que ella dominaba mejor que yo el tailandés después de seis años en el país.

La conocí en mi primera semana intentando resolver un problema de documentación aduanera para un cargamento de longan que corría el riesgo de pudrirse en el muelle mientras el papeleo se resolvía. Ella lo resolvió en dos llamadas telefónicas y una conversación breve con un funcionario que claramente le debía un favor, mientras yo seguía todavía intentando entender el formulario correcto.


Trabajamos juntos de forma prácticamente diaria durante mi primer año en la zona, coordinando cargamentos, resolviendo los mil pequeños desastres logísticos que surgen cuando se depende del nivel del río, de la meteorología en tres países distintos y de aduanas que no siempre se comunican bien entre sí. Su familia lleva generaciones en Chiang Saen, viviendo del río de una forma u otra, primero con barcas de pesca, después con el comercio.

Un año especialmente malo de sequía bajó tanto el nivel del río que varias barcazas quedaron encalladas durante semanas, con cargamentos enteros de fruta pudriéndose sin remedio. Orn pasó esas semanas prácticamente sin dormir, coordinando rutas alternativas por carretera con Laos que ninguno de los dos había usado nunca, y yo la ayudé como pude, sobre todo trayéndole comida a un despacho del que apenas salía.


Le pregunté, al final de esa crisis, cómo aguantaba ese nivel de presión año tras año sin que se le notara apenas. Me dijo que el río lleva siglos siendo así, generoso unos años y cruel otros, y que su familia había aprendido hace mucho que quejarse del río no cambia el río.

Fue más o menos entonces cuando dejé de verla solo como la persona que resolvía mis problemas de logística y empecé a buscar razones para pasar por su despacho aunque no tuviera ningún cargamento pendiente. Ella se dio cuenta antes que yo, según me confesó después, y decidió simplemente esperar a que yo también me diera cuenta.


Su familia, cuando por fin la conocí formalmente, resultó tener más curiosidad práctica que reticencia: su padre, capitán de barcaza retirado, quería sobre todo saber si entendía de verdad el negocio o si era de los extranjeros que llegan pensando que el comercio fluvial es más simple de lo que realmente es. Le convencí, con el tiempo, aunque tardé un par de años en ganarme el derecho a que me pidiera opinión sobre una ruta antes de decidirla él mismo.


Seguimos trabajando juntos, técnicamente para empresas distintas, aunque en la práctica coordinando la misma logística de siempre. Nos casamos hace tres años en una ceremonia sencilla con vistas al río, con capitanes de barcaza como parte de los invitados, algunos de los cuales llevan cruzando esa frontera fluvial desde antes de que yo naciera. Sigo aprendiendo mandarín comercial, despacio, principalmente porque Orn se niega a traducirme cada negociación con compradores chinos para siempre.

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