Llegué a Chiang Mai quemado, con la tensión alta a los treinta y ocho años. Ella nunca me dijo que me calmara. Solo dijo «mai pen rai» tantas veces que un día se me quedó.
En resumen
Chris, un estadounidense de 38 años en pleno burnout laboral, se muda a Chiang Mai y conoce a Toon, cuya actitud constante de «mai pen rai» ante los contratiempos acaba cambiando, sin que él se dé cuenta, la forma en que vive el estrés.
Soy estadounidense, tenía 38 años cuando esto empezó, y llevaba doce trabajando en banca de inversión en Chicago cuando mi médico me dijo, sin rodeos, que si seguía así no llegaría a los cincuenta. Pedí una excedencia larga, sin ningún plan concreto más allá de irme lo más lejos posible de una pantalla Bloomberg.
Elegí Chiang Mai casi al azar, porque un antiguo compañero de universidad llevaba un año allí y no paraba de decir que era el sitio más tranquilo en el que había vivido. Aterricé sin saber ni una palabra de tailandés, con una tensión arterial que mi médico calificó de «alarmante para tu edad».
Conocí a Toon, de 35, en una clase de cocina para turistas a la que me apunté sin ninguna convicción real, solo porque necesitaba llenar las horas del día de algo que no fuera darle vueltas a mi antigua vida. Ella ayudaba en la cocina, corrigiendo con paciencia a extranjeros que cortaban la citronela mal una y otra vez.
La primera vez que la vi usar la frase fue cuando se me cayó al suelo entero un cuenco de curry que llevábamos toda la clase preparando. Esperé la reprimenda, el suspiro de frustración que habría recibido en cualquier cocina de Chicago. En vez de eso, se agachó a recogerlo conmigo y dijo, sin ninguna dramatización, «mai pen rai, hacemos otro».
Empezamos a salir despacio, en parte porque yo todavía estaba reconstruyendo la capacidad de hacer cualquier cosa despacio. Con ella descubrí que mai pen rai no era pereza ni indiferencia, como habría asumido meses antes: era una especie de filtro constante que separaba lo que merecía preocupación real de lo que no.
Un taxi que no llegaba: mai pen rai, cogemos otro. Una reserva de restaurante perdida: mai pen rai, comemos en la calle. Un plan de fin de semana que se cae por la lluvia: mai pen rai, quedamos en casa. Nada de esto era resignación. Era, según fui entendiendo con el tiempo, una decisión activa y repetida de no gastar energía emocional en cosas que no la merecían.
Volví a Chicago seis meses después para una revisión médica que en realidad era una excusa para ver si mi antigua vida todavía me tiraba de alguna forma. No fue así. Le pregunté a mi médico, casi de broma, si notaba algún cambio. Se quedó mirando los números en la pantalla más tiempo del habitual antes de decirme que mi tensión llevaba meses en rango normal.
Volví a Chiang Mai una semana después, con un billete solo de ida esta vez. Toon me estaba esperando en el aeropuerto, sin ningún drama por la espera, sin ninguna prisa especial. Le dije que creía que su forma de vivir me había salvado literalmente la vida. Se rió, me dio un golpecito en el brazo, y me dijo, con la misma calma de siempre, que eso era ponerle demasiada importancia a algo tan sencillo.
No estoy tan seguro de que tenga razón en eso, mai pen rai o no.