Portada: Me robaron la moto delante de sus narices y ella se encogió de hombros. Tardé un año en entender que no le daba igual, solo que lo llevaba distinto.

Me robaron la moto delante de sus narices y ella se encogió de hombros. Tardé un año en entender que no le daba igual, solo que lo llevaba distinto.

En resumen

Marcus, un alemán de 41 años, se frustra cuando su pareja tailandesa Fern responde con un tranquilo «mai pen rai» tras el robo de su moto. Tarda un año en entender que la frase no significa indiferencia, sino una forma distinta de cargar con los problemas.

Soy alemán, tengo 41 años, y llevo cinco viviendo en Bangkok, donde trabajo en logística para una naviera europea con oficina regional aquí. Conocí a Fern, de 34, hace tres años, en una reunión de trabajo donde ella hacía de intérprete para un proveedor local.

La primera vez que vi de verdad la diferencia entre cómo procesamos los problemas fue el día que me robaron la moto delante de un 7-Eleven, mientras ella esperaba dentro con las bolsas de la compra. Salió, vio el hueco donde había estado la moto, y dijo, con la misma calma con la que hubiera comentado el tiempo, «mai pen rai, compramos otra».


Yo estaba furioso. Quería llamar a la policía, presentar una denuncia, revisar las cámaras del 7-Eleven, encontrar al culpable. Ella me dejó hacer todo eso, sin oponerse, pero tampoco con ninguna urgencia real, y cuando después de tres días sin ninguna pista le pregunté si no le importaba en absoluto, se quedó callada un momento y me dijo que claro que le importaba, que era nuestro dinero, pero que enfadarse más no iba a traer la moto de vuelta.

Aquello me pareció, durante meses, una forma elegante de no afrontar las cosas. Discutimos varias veces por eso, yo acusándola de indiferencia, ella sin saber muy bien cómo explicarme que su tranquilidad no era ausencia de sentimiento.


El cambio llegó, casi un año después, cuando fue ella la que tuvo un problema serio: un cliente de su trabajo de traducción se negó a pagarle casi cuarenta mil baht por un proyecto grande. La vi procesarlo exactamente igual que la moto —«mai pen rai», seguir adelante, ningún drama— pero esa vez, al llegar a casa, la encontré llorando en silencio en el balcón, sin ninguna intención de que yo la viera.

Le pregunté por qué no me lo había dicho así, directamente, en vez de con esa calma de cara al mundo. Me explicó que mai pen rai no significa que no importe, sino que no sirve de nada mostrar la rabia a quien no puede arreglarlo, y que llorar sola en el balcón era, para ella, exactamente eso: sentirlo de verdad, sin convertirlo en un problema de otra persona.


Aprendí, después de eso, a distinguir entre su mai pen rai de verdad —los contratiempos pequeños, una moto robada, un plan que se rompe— y los silencios que venían después de un mai pen rai dicho demasiado rápido, que eran los que de verdad merecían una pregunta más.

Compramos otra moto, una de segunda mano, tres semanas después del robo. Todavía la conduce ella la mayoría de las veces. Yo sigo sin entender del todo cómo consigue no enfadarse por las cosas pequeñas, pero ya no lo confundo con que no le importen.

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