Llevaba un divorcio a mis espaldas y un piso a mi nombre en Londres. Le propuse firmar un acuerdo prenupcial esperando una discusión. Ella sacó una lista de lo que quería añadir ella también.
En resumen
Richard, un británico de 52 años ya divorciado una vez, teme la conversación sobre el acuerdo prenupcial con su prometida tailandesa June. Descubre que ella tenía sus propias razones, distintas a las de él, para querer uno también.
Soy británico, tengo 52 años, y me divorcié hace ocho de un matrimonio de veinte que me costó más de lo que estoy dispuesto a detallar aquí. Cuando conocí a June, de 41, en Bangkok, donde trabajo desde hace seis años en consultoría financiera, llevaba claro desde el principio que si volvía a casarme, sería con un acuerdo prenupcial de por medio, sin excepciones.
El problema era cómo planteárselo sin que sonara a que no confiaba en ella, o peor, a que la trataba como a una posible cazafortunas antes incluso de casarnos.
Pasé casi dos meses posponiendo la conversación, ensayando frases en mi cabeza que sonaban cada vez peor cuanto más las repetía. Al final se lo planteé una noche cualquiera, después de cenar, con más torpeza de la que me hubiera gustado, explicándole que tenía un piso en Londres, una pensión del divorcio anterior, y que quería proteger todo eso antes de casarnos, no porque desconfiara de ella sino porque ya había pasado por un divorcio que me dejó con menos de la mitad de lo que había construido en veinte años.
June me escuchó en silencio hasta el final. Luego se levantó, fue a por su portátil, y volvió con una lista propia que llevaba semanas preparando: quería proteger un terreno pequeño que había heredado de su abuela en un pueblo cerca de Ayutthaya, y los ahorros que llevaba diez años acumulando trabajando como contable, mucho antes de conocerme a mí.
Nos reímos, al final, de lo mucho que nos habíamos preocupado los dos por separado por la misma conversación. Ella me confesó que también había ensayado cómo plantearlo, temiendo que yo lo interpretara como una falta de amor de su parte.
Fuimos juntos a un abogado tailandés independiente tres meses antes de la boda, con tiempo de sobra, algo que el propio abogado nos dijo que agradecía, ya que muchas parejas llegan a su despacho dos semanas antes de la boda pidiendo prisa con algo que exige calma. El acuerdo, firmado y registrado el mismo día del matrimonio en el amphur, cubre exactamente lo que ambos teníamos antes de conocernos: mi piso y mi pensión, su terreno y sus ahorros.
Llevamos casados dos años. El documento del acuerdo sigue guardado en un cajón que ninguno de los dos ha vuelto a abrir desde el día de la boda. Lo que más recuerdo de todo el proceso, sin embargo, no es el papeleo, sino el momento en que June sacó su propia lista sin que yo se lo pidiera: la prueba de que proteger lo propio, antes de unir la vida de dos personas, no tiene por qué venir de la desconfianza. A veces viene, simplemente, de haber vivido lo suficiente como para saber lo que cuesta reconstruir algo desde cero.