Portada: Una enfermera tailandesa de 28 años y el alemán de 71 que llegó a morir a Chiang Mai

Una enfermera tailandesa de 28 años y el alemán de 71 que llegó a morir a Chiang Mai

En resumen

Un alemán de 71 años llegó a Chiang Mai buscando un lugar tranquilo para morir. Una enfermera tailandesa de 28 le devolvió las ganas de vivir.

Vine a Chiang Mai a esperar la muerte.

No lo digo como metáfora. Lo digo en serio.

Tenía 71 años, una pensión decente, dos hijos en Alemania que llamaban los domingos por obligación y un médico que me había dicho seis meses antes que el corazón no iba a aguantar mucho más.

No era un diagnóstico terminal. Era una advertencia.

Pero yo lo interpreté como una sentencia.

Así que hice lo que hace cualquier alemán racional cuando decide que la vida ya no tiene mucho que ofrecer: busqué el lugar más bonito y barato del mundo para sentarme a ver pasar el tiempo.

Chiang Mai ganó por goleada.

El primer mes fue exactamente lo que esperaba. Silencio. Mercados. Templos. Café tailandés por las mañanas en una terraza con vistas a las montañas. Una soledad que por primera vez en años no me parecía una condena sino una elección.

Hasta que el corazón decidió recordarme por qué había venido.

Fue un martes. Un dolor en el pecho que conocía bien. El tipo de dolor que no ignoras. Llamé a recepción del hotel y lo siguiente que recuerdo es una ambulancia y una sala de urgencias en el Hospital Ram de Chiang Mai.

Ella estaba de guardia esa noche.

Se llamaba Nong. Tenía 28 años y una forma de moverse por la sala de urgencias que transmitía una calma que yo necesitaba más que cualquier medicamento.

Mi tailandés era inexistente. Mi inglés, decente. El suyo, sorprendentemente fluido.

Me hizo las preguntas de rigor. Historial médico. Medicamentos. Alergias. Pero entre pregunta y pregunta había algo diferente. Me miraba de una forma en la que los médicos no suelen mirar a los pacientes. Como si le importara la respuesta no solo clínicamente sino humanamente.

Pasé tres días ingresado.

Ella no estaba de guardia todos esos días. Pero apareció los tres.

El segundo día trajo un libro en alemán. Lo había encontrado en una librería de segunda mano cerca del hospital. Era una novela de Remarque que yo había leído de joven. No dijo nada. Lo dejó en la mesilla y siguió con su ronda.

El tercer día, cuando me dieron el alta, me esperaba en recepción.

No de uniforme. De calle.

Me preguntó si tenía a alguien que me llevara al hotel. Le dije que no. Me dijo que ella me llevaba.

En el trayecto en taxi no hablamos mucho. Pero cuando llegamos al hotel me dijo algo que no he olvidado.

Me dijo que había visto muchos extranjeros mayores en ese hospital. Que muchos llegaban solos. Que algunos se morían solos. Y que eso le parecía la cosa más triste del mundo.

Le pregunté por qué me lo decía a mí.

Me dijo que porque yo tenía cara de haber venido a morir y que eso le parecía una pena.

Tenía razón.

Las semanas siguientes quedamos varias veces. Primero con la excusa de revisar mi medicación. Luego sin excusa ninguna. Un café. Un mercado. Una tarde en un templo al que ella iba desde niña.

No fue un flechazo. No fue nada de lo que la gente imagina cuando oye hablar de un hombre mayor y una mujer joven en Tailandia.

Fue algo más lento y más extraño.

Fue alguien que decidió que yo no me iba a morir solo en Chiang Mai si ella podía evitarlo.

Y yo, que había venido a esperar la muerte, empecé a levantarme por las mañanas pensando en el café que íbamos a tomar.

Eso, descubrí, es suficiente.

Eso, a los 71 años, es más que suficiente.

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