Portada: Le pagué el día entero en Pattaya. Faltaba media hora para medianoche cuando apareció su novio canadiense.

Le pagué el día entero en Pattaya. Faltaba media hora para medianoche cuando apareció su novio canadiense.

En resumen

En Nochevieja de 2023, un holandés de 44 años pasó el día entero con una chica de bar en Pattaya, pagando comida, billar y cervezas en un beer bar de Soi 7. Media hora antes de medianoche apareció el supuesto novio canadiense. Meses después descubrió que el montaje se repetía con otros extranjeros.

Tengo 44 años, soy de Róterdam, y en Nochevieja de 2023 volví a un hotel de Pattaya en el que ya me había alojado diez años antes, en 2014, a un par de calles de Walking Street.

La primera vez fue un viaje tranquilo, de los que uno recuerda con cariño sin acordarse de ningún detalle concreto. Esta vez la discoteca de enfrente daba guerra hasta las seis de la mañana todas las noches sin excepción, con un bajo que se sentía en el colchón, así que los diez días que pasé allí acabaron organizados alrededor del horario de sus altavoces más que de cualquier otra cosa. Dormía cuando el bajo paraba y no antes.

No fui con ningún plan especial. Diez años antes había ido con un par de amigos de la oficina, la clásica escapada de tres semanas antes de que la vida se complicara con hipotecas y horarios fijos. Esta vez fui solo, con la vaga idea de que un cambio de año en otro lugar sería mejor que uno más delante del televisor en Róterdam, y sin ninguna intención de que el viaje significara nada más que eso.

Los primeros días fueron los típicos de cualquier viaje a Pattaya. Conocí a una chica de un salón de masajes que se llamaba Hathi, en una de esas calles cerca del hotel llenas de sillones reclinables y carteles con precios en tres monedas distintas. Entre risas, alguna broma sobre lo tenso que tenía el cuello y algo de insistencia bien administrada por su parte, acabé accediendo a bastante más de lo que había planeado gastar esa tarde. No me arrepentí, pero tampoco fue exactamente lo que había ido a buscar al bajar a la calle.

Una noche, caminando de vuelta al hotel bastante más tarde de lo previsto, pasé por delante de un bar pequeño con la música más baja que los de alrededor, y una chica sentada cerca de la entrada me sostuvo la mirada un segundo de más. No tenía la sonrisa profesional de las demás, la que se enciende automáticamente en cuanto un farang se acerca a menos de dos metros de la barra. Parecía estar en otro sitio por completo, el cuerpo apoyado en un taburete y la cabeza en cualquier otra parte menos ahí.

No entré esa noche. Tenía un problema más urgente entre manos: un tapón para los oídos se me había quedado encajado dentro del canal auditivo, y pasé una hora bastante ridícula en una clínica que había un poco más arriba, con un enfermero muy paciente intentando sacármelo con unas pinzas mientras yo hacía muecas tumbado en la camilla e intentaba no moverme. Salí de ahí con la oreja dolorida, algo de vergüenza, y, curiosamente, con más ganas que antes de volver a pasar por delante de aquel bar.

Así que volví al día siguiente. Y esa segunda vez sí entré.

Me atendió una chica de bar que se llamaba Candace, mitad india, mitad tailandesa, con un inglés mucho mejor que el de la mayoría de turistas que pisaban ese bar, incluido yo. Hablamos un buen rato de nada en particular, de dónde era, de cuánto tiempo llevaba en Pattaya, hasta que se dio cuenta de que yo no dejaba de mirar hacia la chica callada de la otra noche, sentada un poco más allá con una copa que apenas tocaba.

La llamó sin preguntarme antes si quería que lo hiciera.

Se llamaba Waan. Terminé la noche con las dos sentadas una a cada lado, Candace llevando casi toda la conversación y Waan escuchando más de lo que hablaba, siempre con esa misma sensación de estar solo a medias presente. No pagué ninguna multa de bar por sacarla esa noche, ni lo planteé siquiera. Simplemente intercambiamos números de Line antes de que me fuera, que en aquel momento me pareció más que suficiente. Más tarde, ya en la discoteca de siempre, coincidí un rato con otra chica, Ying, aunque aquello no pasó de un par de bailes y no llegó a ningún sitio.

Al día siguiente Waan me escribió diciendo que nos veríamos más tarde. No apareció. Dijo que estaba enferma, y no insistí.

Llegó la Nochevieja y me escribió otra vez, esta vez preguntando si quería ir a comer algo. Me contó, sin mucho rodeo, que su novio la había dejado plantada para el almuerzo.

Aquello me pilló bastante a contrapié. Nadie había mencionado ningún novio hasta ese momento, ni siquiera de pasada. Pero entre la barrera del idioma y la velocidad a la que se mueven las cosas allí, decidí no darle más vueltas al asunto y fui de todas formas.

Comimos algo cerca del mercado, jugamos una partida de billar en un local pequeño de camino, y por la tarde nos unimos a un grupo de amigas suyas en un beer bar de Soi 7 para pasar el resto del día. Había otras dos o tres parejas de farangs con sus novias tailandesas jugando también, todos rotando en la misma mesa de billar bajo un ventilador que apenas movía el aire caliente. La tarde se fue en partidas, cervezas templándose al sol, y la clase de conversación a medias que uno mantiene cuando entiende una palabra de cada tres y asiente en los silencios.

Uno de los otros farangs de la mesa, un tipo mayor con acento del norte de Inglaterra, me preguntó entre partida y partida cuánto tiempo llevaba con Waan, dando por hecho que éramos pareja igual que él y la chica sentada en sus rodillas. Le dije la verdad, que la había conocido esa misma semana, y se rió lo suficientemente fuerte como para que dos de las amigas de Waan se giraran a mirar. "Aquí todos empezamos así", me dijo, "la cuestión es en qué se convierte después." No le di mayor importancia en ese momento.

En algún momento Waan se levantó a refrescarse y cambiarse de camiseta. Me pidió específicamente que la esperara ahí, así que me quedé con sus amigas, aguantando bromas en tailandés que no entendía del todo pero que claramente iban sobre mí, a juzgar por las risas y las miradas de reojo.

Cuando volvió seguimos jugando al billar como si no hubiera pasado nada. Faltaba media hora para la medianoche cuando un tipo se acercó por detrás, se sentó justo a su lado y le pasó el brazo por los hombros con la naturalidad de quien llega a un sitio que ya conoce.

Era el novio canadiense del que había hablado esa misma mañana.

Fui a la barra a pedir otra cerveza para procesarlo con calma, y me encontré con un australiano que llevaba ahí toda la tarde bebiendo solo. Le conté la situación tal cual. Se encogió de hombros y me lo resumió sin ninguna vuelta: a menos que tenga tu nombre tatuado en algún sitio, colega, esto sigue siendo terreno libre para cualquiera.

No le hice mucho caso a esa filosofía, pero sí decidí resolverlo yo mismo, directamente con el canadiense, en lugar de montar una escena delante de todo el bar. Me acerqué, le dije sin rodeos que Waan me había invitado ese mismo día, que había pasado la tarde entera con ella y me había dejado una cantidad nada despreciable de baht manteniendo la cosa en marcha, comida, billar, cervezas, y que si él quería cubrir la cuenta acumulada del bar yo me retiraba sin más problema, sin dramas. Lo pensó un par de segundos, dijo que le parecía justo, nos dimos la mano como quien cierra un trato de coches usados, y me fui de ahí sintiéndome razonablemente bien conmigo mismo.

A los pocos minutos me sonó el teléfono. Era Waan, con la voz bastante alterada, diciéndome que había acabado pagando ella la cuenta entera de su propio bolsillo. No era en absoluto el trato que yo había cerrado con el canadiense en la barra apenas unos minutos antes.

Fue un final agrio para lo que hasta entonces había sido un buen día. Llamé a Candace primero, con la esperanza de recuperar algo de la noche, pero no le daba tiempo a llegar antes de medianoche desde donde estaba. Así que acabé llamando a Hathi, la chica del masaje de los primeros días, y terminé recibiendo el año nuevo con ella en lugar de con cualquiera de las otras dos, viendo los fuegos artificiales sobre la bahía desde una terraza que no era la que yo tenía pensada al principio del día.

Seguí a Waan en redes sociales de forma intermitente después de aquel viaje, sin mucho propósito concreto. Con el tiempo até cabos: el canadiense no era realmente su novio, ni de aquella noche ni de ninguna otra. Se marchó de Pattaya no mucho después que yo, y su nombre dejó de aparecer en las fotos.

Meses más tarde vi a un italiano caer en exactamente el mismo montaje en sus publicaciones, mandándole dinero de forma constante, bloqueado y desbloqueado según le convenía a ella y según cómo iban entrando los ingresos esa semana. La misma historia contada otra vez desde cero, con un farang distinto cada vez que hacía falta uno nuevo, y con el mismo guion que a mí, en su día, me había parecido casualidad.

No le guardo rencor, la verdad. Fue un buen día hasta la última media hora, y ni siquiera esa media hora estuvo tan mal comparada con lo que le tocó al italiano. Lo que me quedó de todo aquello no fue la cuenta que Waan acabó pagando de más, sino lo fácil que resulta, a cuarenta y cuatro años y con la cabeza medio despejada, dejarse llevar igual que el primer día que uno pisa Pattaya sin haber aprendido nada.

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