Fui buscando cuatro días tranquilos en Bangkok. Volví con planes de mudarme cerca de Edimburgo por una mujer de 47 años.
En resumen
Un galés de 43 años volvió a Tailandia buscando unas vacaciones tranquilas por Bangkok y Pattaya. Acabó conociendo, casi por casualidad, a una tailandesa de 47 años con hijos en Escocia. Ahora planea conducir hasta Edimburgo para verla y quizás mudarse allí con ella.
Volví a Tailandia a finales de abril, con la idea de repetir otra ronda de aventuras antes de que llegara el calor de verdad. Tengo 43 años, soy de Cardiff, y esta vez todo fue mucho más tranquilo que mi último viaje, sin ninguno de los líos en los que me metí la vez anterior.
Antes de coger el vuelo ya llevaba varias semanas hablando con una chica por internet, Mint, y acordamos pasar cuatro días juntos en Bangkok en cuanto aterrizara. Cuatro días, ni uno más, lo dejamos claro desde el primer mensaje para que no hubiera ninguna confusión más adelante.
Mint tenía una energía que no paraba desde el minuto uno. Me escribía a todas horas, contando lo que estaba haciendo, mandando fotos de su comida, preguntando a qué hora aterrizaba mi vuelo como si fuera ella la que me esperaba en la puerta de embarque con un cartel. Cuando por fin nos vimos en persona en el aeropuerto, esa energía no bajó ni un poco, todo lo contrario.
Nos pasamos los cuatro días recorriendo mercados, comiendo en puestos callejeros que ella insistía en elegir personalmente porque "los turistas nunca encuentran los buenos", y saliendo hasta tarde por Sukhumvit riéndonos de casi todo, desde mi acento intentando pedir en tailandés hasta el calor que a mí me dejaba empapado y a ella parecía no afectarle en absoluto. Una noche nos subimos a un bar en una azotea solo para ver la ciudad encendida, y ella se pasó media hora señalando edificios y contándome historias que probablemente se estaba inventando sobre la marcha. Fue un principio de viaje mucho mejor de lo que esperaba.
Uno de esos días cogimos el barco por el río hasta el Wat Arun al atardecer, y Mint insistió en pararse a comprar mango con arroz pegajoso a un vendedor que según ella era "el único bueno de todo Bangkok", una frase que repitió sobre al menos media docena de puestos distintos a lo largo de los cuatro días. Cada vez me lo creía un poco menos y cada vez lo disfrutaba un poco más, la verdad.
La última noche había reservado una excursión a Ayutthaya, pensando que sería la manera perfecta de cerrar esos cuatro días antes de seguir yo solo hacia Pattaya. El problema fue que Mint entendió que nos quedábamos allí dos noches en vez de una, y hablando con ella entre las ruinas del templo até cabos de que en realidad esperaba venirse conmigo a Pattaya después, como si los cuatro días fueran solo el principio de algo más largo. Eso nunca estuvo sobre la mesa. Habíamos acordado cuatro días desde el primer mensaje que nos cruzamos, y se lo recordé con la mayor delicadeza que pude, sentados los dos en un banco frente a una de las pagodas.
No se lo tomó bien. Se le llenaron los ojos de lágrimas ahí mismo, en el patio del templo, con turistas japoneses pasando por detrás haciendo fotos como si nada estuviera ocurriendo. Siguió así buena parte de la tarde, y seguía sin ánimo cuando cogí el taxi hacia la estación de autobuses camino de Pattaya. Curiosamente continuó escribiéndome durante un tiempo después como si no hubiera pasado nada, preguntando cómo iba el viaje, mandando fotos de su día, con la misma energía de siempre, como si aquella tarde en Ayutthaya no hubiera existido.
Pattaya fue una gozada desde el primer momento. En un bar cerca de la playa conocí a una chica que se llamaba Gift, con su día libre esa tarde y bastante más guapa en persona de lo que sugerían sus fotos, algo que no suele pasar demasiado en esa ciudad. Nos quedamos hablando un buen rato, ella contándome de su pueblo en Isaan y yo intentando no quedar como el típico farang aburrido de siempre. Acabó pagando ella un par de rondas y el moto taxi hasta Walking Street, algo con lo que yo no contaba en absoluto y que le agradecí entre risas.
Ahí me presentó a una amiga suya, una chica británica que llevaba un par de años trabajando en la zona, y en la conversación salió que vivía a apenas veinte minutos de mi casa en Cardiff, casi en la misma calle donde yo había ido al colegio. Nos reímos un buen rato de la casualidad, dos galeses conociéndose en un bar de Walking Street a diez mil kilómetros de casa, comparando pubs y calles que los dos conocíamos de toda la vida mientras Gift nos miraba sin entender ni la mitad de lo que decíamos.
Desde Pattaya hice una escapada de un día a Si Racha para ver a una chica filipina, Angel, con la que también había estado hablando antes del viaje. Nos sentamos en un restaurante con vistas al mar y ella se pasó buena parte de la tarde hablando de su mejor amiga, una mujer tailandesa a la que conocía desde hacía diecisiete años, que la había bloqueado de golpe en todas partes, Line, Facebook, Instagram, sin ninguna explicación previa. Angel todavía no entendía qué había pasado y le daba vueltas al tema entre plato y plato.
Me picó la curiosidad más de lo normal. Le pedí el nombre por curiosidad y esa misma noche le escribí a la amiga solo por ver cómo era, sin ninguna intención concreta más allá de matar el rato. Se llamaba Aew, y resultó ser muchísimo más divertida de lo que esperaba de alguien que aparentemente acababa de cortar el contacto con su mejor amiga de toda la vida sin dar explicaciones. Hablamos esa noche hasta tarde, de nada en particular, y seguimos escribiéndonos los dos días siguientes mientras yo seguía en Pattaya.
Vivía a cinco minutos del aeropuerto de Bangkok, lo cual encajaba perfectamente porque mi viaje ya estaba llegando a su fin. Acabé saliendo de Pattaya un día antes de lo previsto solo para pasar más tiempo con ella, algo que no había planeado hacer por nadie más en todo el viaje, y que ni siquiera le mencioné a Mint cuando me escribió esa tarde preguntando cómo iba todo.
Cuando llegué a su casa esperaba encontrarme algo parecido a las conversaciones que habíamos tenido por Line, simpática, resuelta, con ese sentido del humor un poco seco que ya me había dejado claro por mensaje. Me encontré con todo eso y bastante más. Se rió de mi maleta a medio hacer, me preparó té antes incluso de preguntarme si quería, y en menos de una hora ya me había hecho sentir como si llevara meses yendo por allí en lugar de horas.
Aew tiene 47 años, unos cuantos más que yo, pero siempre me he llevado bien con mujeres tailandesas algo mayores. Suelen tener más experiencia de vida y un inglés bastante mejor que buena parte de las más jóvenes, que a veces parecen más pegadas al móvil que a la conversación que tienen delante. Con Aew podía hablar de cosas de verdad, de sus hijos, de mi trabajo, de por qué había vuelto a Tailandia después de la última vez, sin esa sensación de estar rellenando silencios.
Tiene tres hijos adolescentes viviendo en Escocia con su exmarido, que es escocés. Ya tiene el visado británico tramitado desde hace meses y un vuelo reservado para ir a ver a su familia a Edimburgo dentro de poco, algo que llevaba organizando por su cuenta mucho antes de que yo apareciera en su vida.
Los últimos días que pasé allí me cuidó de una manera que no me esperaba. Cocinaba para mí todas las noches, platos que tardaba horas en preparar sin que yo se lo pidiera, y no aceptó ni un baht a cambio en ningún momento, aunque está claro que ella misma no tiene mucho de sobra. Antes de que me fuera me presentó a parte de su familia, tíos y primos que vinieron un domingo a comer arroz y pescado frito en su terraza, y todos parecieron tomarme cariño casi al instante, riéndose de mi tailandés torpe y sirviéndome más comida de la que podía terminar mientras su madre me examinaba de arriba abajo sin decir gran cosa.
El plan ahora es conducir hasta Edimburgo mientras ella esté allí, pasar unos días juntos en terreno neutral por así decirlo, y quizás que se venga a Cardiff una temporada después, unos meses para ver cómo nos va viviendo en el mismo sitio de verdad y no solo de vacaciones. Incluso he pensado en mirar algo de trabajo dando clases de inglés por allí si las cosas siguen tan bien como hasta ahora. No es el sueldo que cambiaría mi vida, pero tampoco necesito mucho para ser feliz.
Nada de esto estaba previsto cuando compré los billetes a finales de abril. Fui buscando cuatro días tranquilos en Bangkok y una semana de playa en Pattaya, y he vuelto con planes de ir a Escocia y una fecha en el calendario que no tenía ni idea de que iba a existir. Todavía hablo con Mint de vez en cuando, mensajes cortos y espaciados, sin rencor por ninguna de las dos partes por lo que parece. Con Aew hablo todos los días. Quién sabe, puede que todavía quede otra parte de esta historia por escribir.