Pasé mi última noche en Bangkok con una camarera. Años después, era mi jefa en Phuket, y ya no era la misma.
En resumen
En 2009, con 30 años y sin trabajo tras la crisis, un yesero inglés de Nottinghamshire llegó a Bangkok camino de Australia. Una camarera de 24 años, un mes de isla en isla y años de vuelos baratos después, acabó viviendo en Phuket: primero en su agencia de viajes, luego dirigiendo un bar en Bangla Road. Sin permiso de trabajo, nunca.
En 2009 la crisis se llevó por delante mi oficio. Era yesero en Nottinghamshire, tenía 30 años, y de un día para otro dejaron de existir las obras. No hubo un anuncio, ni una carta, simplemente los teléfonos dejaron de sonar y los constructores para los que trabajaba empezaron a decir "la semana que viene, seguro" hasta que dejaron de decir nada. Acabé metido en una fábrica en turnos de noche con dos amigos de toda la vida, Deano y Chris, cargando palés y contando las horas que faltaban para el fin de semana.
Fue Deano el que lo dijo primero, un viernes en el pub, con la tercera pinta ya medio vacía. Visado de trabajo y vacaciones para Australia, un año entero fuera de aquí, y de camino, ¿por qué no parar unas semanas en Tailandia? Nadie discutió mucho la idea. Chris dijo que sí antes de que Deano terminara la frase. En dos meses teníamos los billetes comprados y los turnos de fábrica notificados.
Aterricé en Bangkok sin tener ni idea de nada, con la mochila nueva oliendo todavía a tienda y la sensación de que todo el mundo menos yo sabía cómo funcionaba aquello. Nos alojamos cerca de Khao San Road, que es donde va a parar todo mochilero primerizo del planeta, y cometimos hasta el último error de manual que existe. En el aeropuerto un hombre con chaleco oficial nos dijo que el mostrador de taxis autorizados estaba "cerrado por reformas" y nos llevó a una furgoneta que nos cobró el triple. Y caímos, como caen todos, en la clásica de después: un conductor de tuk-tuk insistió en que el templo que queríamos ver estaba cerrado ese día, pero conocía "un sitio mejor", que resultó ser una sastrería que no íbamos a comprar, y de ahí, sin que supiéramos muy bien cómo habíamos llegado, a un espectáculo que ninguno de los tres quería ver y que costó bastante más de lo que nos habían prometido en la puerta.
Aun con eso, fue una semana estupenda. De día hacíamos la ruta turística sin prisa, el Gran Palacio bajo un sol que no perdonaba, los templos dorados, los barcos por los canales del Chao Phraya con el motor tosiendo humo negro. De noche salíamos hasta que amanecía por Khao San Road y volvíamos al hostal con los zapatos llenos de barro de vaya usted a saber qué charco, riéndonos de cosas que ya no recuerdo.
La última noche en Bangkok cenamos en un restaurante pequeño cerca de Sukhumvit, de esos con mesas de plástico en la acera y un ventilador girando sobre cada mesa. Nos atendió una camarera que se llamaba Fah. Tenía 24 años, hablaba un inglés mejor que el mío, y se reía sin disimulo de nuestros intentos de pedir la comida picante de verdad y no la versión suavizada para turistas. "Esto no es lo que habéis pedido antes", nos dijo la segunda vez que trajo los platos, "esto es lo que de verdad queríais pedir". Cuando terminó su turno la invitamos a tomar algo con nosotros, más por cortesía que por otra cosa, y ella dijo que sí sin pensarlo mucho.
Se quedó toda la noche. Bares que no recuerdo el nombre, un karaoke horrible donde Deano se empeñó en cantar algo de Oasis, y una charla larguísima los dos sentados en un muro a las cuatro de la mañana sobre nada en particular, sobre nuestras familias, sobre por qué había dejado la universidad, sobre si algún día volvería a Bangkok. Para ser la última noche de una primera parada de dos semanas, fue un principio bastante decente para todo lo que vino después.
Al día siguiente volamos a Koh Samui con una resaca homérica y las maletas mal cerradas. Antes de subir al taxi al aeropuerto, Fah y yo intercambiamos Facebook en su teléfono, que tenía la pantalla agrietada en una esquina. No hubo promesas ni nada parecido a un plan. Solo un "a ver si nos escribimos" y una sonrisa que se quedó conmigo más tiempo del que esperaba.
Las semanas siguientes fueron de las mejores de mi vida hasta entonces. Saltamos de isla en isla, Koh Samui, Phuket, Koh Phi Phi, siguiendo las full moon parties de las que todo el mundo hablaba como quien sigue un mapa del tesoro mal dibujado. Dormíamos poco, gastábamos lo justo en habitaciones compartidas con ventilador y sin agua caliente, y cada playa parecía mejor que la anterior. Comíamos donde fuera más barato, aprendimos a regatear los barcos entre islas, y en algún momento perdí la cuenta de cuántos días llevábamos sin mirar un reloj. Cuando por fin subimos al vuelo a Australia con el resto del grupo, ya sabía que aquello no iba a ser lo último que viera de Tailandia. Lo que no sabía era cuánto tiempo acabaría dedicándole.
En Australia trabajé de lo que salía. Instalando aislamiento térmico en obras nuevas a las afueras de Melbourne, con la fibra de vidrio metiéndose por todas partes de la ropa, y unos meses después en un barco perlero frente a Darwin, con un calor húmedo que no tenía nada que envidiar a Bangkok y jornadas de doce horas sacando ostras del fondo. Cada vez que juntaba unos días libres y algo de dinero, miraba vuelos baratos de vuelta a Tailandia. Fui varias veces durante ese año, casi siempre solo, casi siempre con la excusa oficial de "necesito unos días de playa". Fah y yo seguíamos escribiéndonos de vez en cuando por Facebook, mensajes cortos, sin que aquello tuviera todavía un nombre claro.
Cuando se acabó el visado volví al Reino Unido con la cuenta bastante más vacía de lo que había salido. Pasé un tiempo trabajando en lo que encontraba, ahorrando cada libra, viviendo otra vez con mis padres en Nottinghamshire para no gastar en alquiler. En cuanto reuní lo suficiente, volví a hacer la mochila, esta vez solo, y crucé Vietnam y Laos de arriba abajo, autobuses nocturnos y fronteras terrestres interminables, antes de entrar de nuevo en Tailandia.
Para entonces Fah ya no vivía en Bangkok. Se había mudado a Phuket y había abierto su propia agencia de viajes, una oficina pequeña cerca de Chalong con dos escritorios, un mapa plastificado en la pared y un ventilador que hacía más ruido que aire. Nos vimos para ponernos al día, y en algún momento de esa conversación, casi de pasada, me dijo que necesitaba a alguien que hablara inglés con los clientes extranjeros que le llegaban por internet. Me ofreció el puesto ahí mismo, sin pensarlo demasiado, entre dos sorbos de té helado.
Dije que sí antes de que terminara la frase. Me mudé a Phuket con lo puesto y prácticamente nada de dinero, viviendo con lo mínimo indispensable solo para poder quedarme en el país que se me había metido dentro sin permiso de nadie. El trabajo, sin embargo, no era lo que había imaginado. La Fah que dirigía aquella oficina no tenía mucho que ver con la camarera que se había reído conmigo en Sukhumvit. Era una jefa exigente, seca con los horarios, y me corregía delante de los clientes si me equivocaba en un itinerario. "Aquí no estamos de vacaciones", me dijo una tarde después de que perdiera una reserva de un ferry. Entendí bastante rápido que una cosa era la chica que había conocido de fiesta y otra muy distinta la mujer que llevaba un negocio sola en una isla donde nadie te regala nada.
No aguanté mucho en aquel puesto. Un día, después de otra discusión por un traslado mal gestionado, bajé a Bangla Road a preguntar si algún bar necesitaba a un farang que hablara inglés detrás de la barra. Me rechazaron en dos o tres sitios sin muchas contemplaciones, hasta que entré en uno que tenía la entrada cubierta de globos de colores por el cumpleaños de una de las chicas que trabajaba ahí. El dueño, un tipo malasio que se llamaba Rizal, me invitó a una cerveza mientras las demás cantaban alrededor de una tarta con demasiadas velas. Charlamos un rato largo y me preguntó, casi de broma, si tenía experiencia gestionando bares. Mentí lo justo para sonar convincente. Me presentó esa misma noche a un socio suyo, también malasio, que tenía varios locales más en la misma calle y buscaba a alguien que hablara inglés para llevar el día a día. Empecé a trabajar esa misma noche, sin contrato, sin papeles, sin que nadie me preguntara nada.
Pasé unos tres meses gestionando aquel bar. Aprendí más de cómo funcionaba realmente Bangla Road en esas doce semanas que en todos los viajes anteriores juntos. Quién cobraba comisión de qué, cómo se repartían las chicas entre los locales según la temporada, qué dueños se llevaban bien entre ellos y cuáles no se dirigían la palabra desde hacía años, cómo se gestionaba a un cliente borracho antes de que la cosa acabara en una pelea o en la comisaría, y quién había que llamar cuando de verdad se complicaba. Me pagaban una miseria, apenas para comer y pagar la habitación encima de una tienda de motos, pero no cambiaría esos tres meses por nada. Fue la educación más rápida y más real que he recibido en mi vida sobre cómo funciona Tailandia detrás de la fachada bonita que ve el turista de dos semanas.
Todo terminó cuando por fin me llegó una devolución de impuestos de mi época en Australia, un dinero con el que ya casi ni contaba. En cuanto entró en la cuenta, dejé el bar sin muchas explicaciones, y me pasé unas semanas disfrutando de Phuket sin trabajar por primera vez en meses antes de volver al Reino Unido con la mochila mucho más gastada que a la ida.
Desde aquel primer viaje en 2009 no he dejado de moverme. He estado en sitios que ni sabía que existían antes de hacer la mochila la primera vez. Pero Tailandia sigue siendo el único lugar al que siempre encuentro una excusa para volver. Hace unos años até a mi padre a un avión por primera vez en su vida, con 60 años recién cumplidos, y lo llevé conmigo para que lo viera con sus propios ojos. Cometió cada error de principiante que existe, alguno peor que los míos en 2009, incluido uno con un tuk-tuk que todavía me hace llorar de risa cuando lo cuento. Pero esa es una historia para otro día.
Y ya que estamos con confesiones: no, nunca tuve permiso de trabajo. Ni en la agencia de viajes de Fah ni en el bar de Rizal. Trabajé en los dos sitios igual, sin papeles y sin preguntarme demasiado qué pasaría si alguien preguntaba. Nadie preguntó nunca.