Su madre quería 35.000 dólares de dote y 2.000 al mes solo para demostrar que iba en serio. Todavía no sé si esquivé una bala.
En resumen
Un australiano de 50 años conoció en Bangkok a Mali, una mujer de formación excelente con la que habló todos los días durante meses. Cuando por fin habló con su madre sobre la relación, esta exigió una dote de 35.000 dólares y 2.000 al mes. La historia de una ruptura que nadie considera normal, ni siquiera los tailandeses.
Tengo 50 años, estoy divorciado, y soy australiano. Después de varios viajes a Tailandia decidí que quería intentar encontrar a alguien con quien construir un futuro de verdad allí, no solo unas vacaciones más cada año, algo que ya había hecho suficientes veces como para saber que por sí solo no me llenaba.
Conocí a una mujer tailandesa llamada Mali en una página de citas. Tenía una formación excelente, hablaba un inglés perfecto, y tenía un buen puesto de trabajo en Bangkok, algo relacionado con finanzas que nunca terminé de entender del todo bien por mucho que me lo explicara. Pasamos meses hablando todos los días por videollamada mientras los dos seguíamos trabajando, encajando las conversaciones entre reuniones y turnos, ella a primera hora de su mañana y yo al final de mi tarde. Recuerdo una de las primeras llamadas, en la que me preguntó, con una franqueza que me sorprendió gratamente después de tantos perfiles vacíos en la aplicación, qué buscaba exactamente a los cincuenta años y por qué Tailandia en concreto. Le contesté con la misma sinceridad, sin adornar nada, y creo que esa conversación sentó las bases de todo lo que vino después. No tardamos mucho en empezar a hacer planes serios para que yo volara hasta allí a conocerla en persona.
El día que llegué, todavía con el jet lag encima, me dijo que esa misma tarde iríamos a la fiesta de compromiso de su hermano, algo que no me había mencionado antes con demasiado detalle durante nuestras llamadas.
Durante la ceremonia vi cómo entregaba lo que resultó ser alrededor de 20.000 dólares estadounidenses en concepto de dote a la madre de su prometida, un fajo de billetes colocado sobre una bandeja dorada con más ceremonia de la que había visto en mi vida para entregar dinero. Sentí que algo no encajaba porque la novia estuvo con cara de circunstancias toda la ceremonia, sin ninguna de las sonrisas que uno esperaría ver ese día, mirando al suelo más de lo que miraba a su prometido. Mali me susurró en su momento que probablemente eran solo los nervios normales de cualquier tailandesa en su fiesta de compromiso, y en aquel instante no tuve ningún motivo para no creerla.
Una semana más tarde, aproximadamente, todo se vino abajo. Ella aseguró que había sufrido un aborto espontáneo, canceló el compromiso, desapareció por completo sin dejar forma de contactarla, y más tarde se supo, a través de la familia, que nunca había estado embarazada en absoluto. El hermano de Mali había pedido prestado todo ese dinero a varios familiares y amigos, y acababa de ser estafado sin ninguna duda posible. Aquello me abrió bastante los ojos, porque no es algo de lo que se oiga hablar a menudo, un hombre tailandés cayendo en algo así, normalmente las historias que circulan van en el sentido contrario. El hermano de Mali pasó el resto de mi visita prácticamente encerrado en su habitación, y la familia entera hablaba del tema en susurros cada vez que yo entraba en una habitación, como si mi presencia les recordara algo que preferían no tener que explicar a un extranjero.
En cuanto a mi propia relación, las cosas empezaron a torcerse casi de inmediato, aunque en su momento intenté no darle mayor importancia.
La madre de Mali se quedó en Bangkok con nosotros durante toda mi visita, así que cada día surgía una excusa nueva por la que no podíamos pasar tiempo juntos a solas, un recado urgente, una visita familiar, un dolor de cabeza que aparecía justo cuando yo sugería salir a cenar. Al principio lo entendí, la familia primero y todo eso, era comprensible después del drama de su hermano. Pero después de varios días seguidos de planes cancelados a última hora, acabé rindiéndome y seguí el resto del viaje solo, visitando templos por mi cuenta, comiendo solo en restaurantes pensados para parejas, e incluso haciendo una escapada de tres días a Camboya sin ella, algo que llevaba tiempo queriendo ver y que terminé haciendo con una mezcla de rabia y resignación más que con la ilusión con la que había planeado el viaje entero meses antes.
Justo antes de volar de vuelta a casa, ella por fin volvió a verme, casi como si hubiera esperado a que se agotara el reloj. Pasamos una noche increíble juntos, hablando hasta tarde de todo lo que nos habíamos perdido esas dos semanas, riéndonos de lo absurdo que había sido todo, y me convencí a mí mismo, quizás con más ganas que criterio, de que todo iría bien a partir de ahí.
En cuanto llegué a Australia, retomamos las conversaciones diarias de siempre y seguimos haciendo planes de futuro como si nada hubiera pasado, mirando vuelos, hablando de visados, de en qué ciudad podríamos vivir eventualmente.
Finalmente habló con su madre sobre nosotros en serio, no de pasada como hasta entonces, y fue justo ahí cuando empezaron las exigencias. Su madre quería una dote de 35.000 dólares estadounidenses y 2.000 dólares al mes, empezando de inmediato, solo para demostrar que iba en serio con su hija, antes siquiera de hablar de boda o de fecha alguna.
Había leído lo suficiente sobre el sin sod antes de todo esto como para saber que no tenía nada de raro en sí mismo, que en la mayoría de familias es un gesto simbólico de respeto hacia los padres de la novia, no un chantaje disfrazado de tradición. Le dije a mi novia, con toda la calma que pude reunir en esa llamada, que no tenía ningún problema en pagar una dote razonable si algún día llegábamos a casarnos de verdad, pero que no había ninguna posibilidad de que pagara miles de dólares todos los meses sin ni siquiera estar comprometidos todavía. Ella, por desgracia, no podía ir en contra de los deseos de su madre, por mucho que quisiera hacerlo, y se le notaba en la voz que aquello la estaba destrozando por dentro tanto como a mí. "No es que no confíe en ti", me dijo en una de esas llamadas, la voz entrecortada, "es que no puedo elegir entre tú y ella, y eso es exactamente lo que me está pidiendo que haga."
Terminamos la relación con el corazón roto, pero unos meses después volvimos a vernos en Singapur, donde ella tenía un viaje de trabajo y yo aproveché para hacer escala unos días.
Nos alojamos en hoteles distintos, algo que ella insistió en hacer casi como una regla no escrita, y pasamos los días paseando por Gardens by the Bay y comiendo en puestos de comida callejera como si fuéramos dos turistas cualquiera sin ningún pasado complicado detrás. Hablamos de si había alguna manera de hacer que aquello funcionara, de si su madre podría entrar en razón con tiempo, de si nosotros mismos podríamos encontrar algún término medio que no implicara arruinarme antes incluso de casarnos. Pero nada había cambiado en realidad, y los dos lo sabíamos aunque ninguno quisiera decirlo en voz alta durante esos días.
Poco después, ya de vuelta cada uno en su país, me escribió para decirme que su madre ya lo había dejado clarísimo en el terreno económico. No había margen de negociación de ningún tipo, ni ahora ni probablemente nunca, por mucho que ambos quisiéramos encontrar alguna rendija por la que colarnos.
No la culpo en absoluto por nada de esto. Creo de verdad que nos queríamos, con la clase de conexión que no se construye en un par de semanas de vacaciones sino en meses de conversaciones reales. Pero su madre se preocupaba muchísimo más por el dinero que por la felicidad de su propia hija, y contra eso no hay video llamada nocturna, por muy sincera que sea, que valga de nada.
A veces me pregunto qué habría pasado si hubiera aceptado sin más, si hubiera empezado a mandar esos 2.000 dólares al mes sin discutir, solo para ver hasta dónde llegaba todo aquello. Nunca lo sabré, y una parte de mí prefiere no saberlo, sinceramente.
Fue una de las relaciones más tristes que he vivido nunca, y cada persona tailandesa con la que he hablado desde entonces, amigos, compañeros de trabajo, hasta un taxista en un viaje posterior que sacó el tema sin que yo lo mencionara siquiera, me ha dicho exactamente lo mismo: lo que hizo su madre era muy poco habitual y estaba lejos de ser lo normal en Tailandia, algo excepcional y no la regla en absoluto.
¿Esquivé una bala a tiempo, o eché a perder de verdad una relación con la persona con la que debía estar, todo por darle demasiadas vueltas a la cabeza en vez de arriesgarme sin más? Todavía hoy, años después, no tengo una respuesta clara, y sospecho que nunca la voy a tener del todo, por mucho que le siga dando vueltas de vez en cuando en noches como esta.