Portada: Compartimos habitación con camas separadas y su familia no me dejó pagar ni una comida. Mi última noche, decidió dormir en otro sitio.

Compartimos habitación con camas separadas y su familia no me dejó pagar ni una comida. Mi última noche, decidió dormir en otro sitio.

En resumen

Tras ver varias estafas de bar en Tailandia, un sueco fue presentado online a una mujer de Isaan que buscaba algo serio. Meses de llamadas diarias y una visita a su familia después, la relación nunca llegó a cuajar del todo. Ni fue el amor que esperaba, ni fue una estafa.

Tenía poco más de veinticinco años cuando empecé a ir a Tailandia. Soy sueco, de las afueras de Gotemburgo, y ahora tengo 39, así que ha llovido bastante desde aquel primer viaje con la mochila mal hecha y ni idea de nada.

Después de unos cuantos viajes ya había visto de sobra las típicas estafas de bar, la copa que de repente cuesta diez veces más de lo acordado, la chica encantadora que solo quiere que invites a toda la mesa antes de desaparecer en cuanto se acaba la ronda. Recuerdo especialmente una noche, en un viaje anterior a todo esto, en la que acabé pagando tres rondas enteras para una mesa de gente que apenas conocía de media hora, solo porque no supe decir que no a tiempo. Nada dramático, solo lo suficiente para aprender la lección rápido. Así que si quería algo serio, sabía que tenía que buscar por otro lado completamente distinto, lejos de Walking Street y de cualquier sitio con música demasiado alta.

Un día, la novia tailandesa de mi primo me dijo que conocía a alguien que le parecía perfecta para mí. Se llamaba Toey, y me habló de una amiga suya, Nam, que trabajaba en la misma profesión que yo, hablaba un inglés excelente, era de Isaan, y estaba buscando algo serio, no un rollo de vacaciones con el primer extranjero que le sonriera en un bar.

Nos presentaron online una tarde de domingo, y en poco tiempo estábamos hablando todos los días sin falta, mensajes por la mañana antes del trabajo y llamadas largas por la noche cuando los dos ya estábamos libres, comparando horarios laborales que resultaron ser sorprendentemente parecidos a pesar de la diferencia horaria. Al principio hablábamos sobre todo del trabajo, de compañeros insoportables que teníamos cada uno en nuestro lado del mundo, hasta que poco a poco las conversaciones se fueron alargando hasta la medianoche sin que ninguno de los dos quisiera colgar primero.

Unos meses después volé a Tailandia para conocerla por fin en persona. Me recogió en el aeropuerto con una compañera de trabajo, las dos con carteles improvisados con mi nombre mal escrito que me hicieron reír nada más salir por la puerta de llegadas, y pasamos los primeros días juntos entre Pattaya y Koh Samet.

Nos llevamos de maravilla desde el primer momento, hablando en persona con la misma facilidad que por teléfono, como si simplemente hubiéramos trasladado la conversación a un sitio con mejor vista. Pero ella se lo tomó todo con mucha calma. Incluso compartimos habitación de hotel con camas separadas, algo que sinceramente respeté bastante, sobre todo viniendo de alguien a quien acababa de conocer en persona después de meses de mensajes y llamadas. Recuerdo pensar, la primera noche, que aquello decía más sobre sus intenciones serias que cualquier mensaje que me hubiera podido escribir.

Después de eso me llevó a conocer a su familia en Isaan. Siempre había oído que era una de las regiones más pobres de Tailandia, pero su familia vivía perfectamente bien. Tenían una casa amplia con terreno alrededor, un par de motos nuevas aparcadas fuera, y un huerto que su padre cuidaba con más dedicación de la que le había visto poner a nada más en toda la visita.

Me acogieron con los brazos abiertos, me enseñaron la zona, me llevaron a ver templos y mercados cercanos, y no me dejaron pagar ni una sola comida por mucho que insistiera, cosa que probé varias veces sin éxito. Una tarde su padre insistió en enseñarme cómo cortaba la caña de azúcar con un machete que llevaba usando, según contó Nam traduciendo entre risas, desde antes de que ella naciera. Antes de irnos le ofrecí a su madre 5.000 baht para agradecerle todo lo que habían hecho por mí, pero se negó a aceptarlo, casi ofendida de que se lo hubiera propuesto siquiera, apartando la mano con un gesto que no dejaba lugar a discusión.

Cuando volvimos cerca de Bangkok, me quedé en su casa unos días mientras ella trabajaba, saliendo a explorar solo por las mañanas, comiendo en puestos de la zona sin saber muy bien qué pedía y señalando lo que parecía más apetitoso, y quedando con ella al final de la tarde para cenar juntos y contarnos cómo había ido el día. Por fin sentí que nos acercábamos un poco más el uno al otro, o eso creí en su momento.

Incluso conseguimos hacer una escapada más juntos a Hua Hin antes de que yo volara de vuelta a casa, un par de días tranquilos en la playa que se sintieron como el mejor momento de todo el viaje, paseando por el paseo marítimo por las noches sin ninguna prisa por llegar a ningún sitio, parando a comer marisco en puestos que ella elegía siempre por el olor y nunca por el aspecto del cartel de precios.

Entonces, mi última noche en Tailandia, había reservado un hotel bonito para los dos, algo especial para cerrar el viaje como es debido, pero a mitad de camino en el taxi me dijo que se quedaría en casa de una compañera de trabajo en su lugar.

Dijo que era una diferencia cultural, pero no lo entendí en absoluto y me quedé bastante decepcionado, sentado en el taxi sin muy bien saber qué decir ni cómo preguntar más sin que sonara a reproche. Intenté preguntarle un par de veces más durante el trayecto, con cuidado, pero cada vez que insistía un poco ella cambiaba de tema o miraba por la ventanilla como si el asunto ya estuviera cerrado.

Esa noche acabé saliendo solo, tomé unas copas más de las que tenía planeadas, y de alguna manera terminé la noche de fiesta con un grupo de tailandeses que acababa de conocer en un bar cerca del hotel, cantando canciones que no conocía y brindando por cosas que no llegué a entender del todo. Una de las camareras estaba claramente interesada en mí, coqueteando abiertamente entre ronda y ronda, apoyándose en la barra cada vez que pasaba por delante de mi taburete. Pero a pesar de todo lo que había pasado con quien yo pensaba que era mi novia, no fui capaz de ir más allá de esa barra con ella. Uno de los chicos del grupo, al verme rechazar tan educadamente la invitación, me preguntó entre risas si tenía novia tailandesa, y no supe muy bien qué contestarle esa noche en concreto. Me despedí educadamente cuando cerraron y volví solo al hotel, todavía dándole vueltas a la noche y a esa pregunta que no había sabido responder.

A la mañana siguiente, Nam me esperaba en el vestíbulo del hotel para llevarme al aeropuerto, tal y como había prometido la noche anterior por mensaje, con la misma sonrisa de siempre como si nada hubiera pasado.

Antes de irme, ya en la puerta de embarque casi, le di 10.000 baht para agradecerle que se hubiera tomado tiempo libre del trabajo y me hubiera enseñado tanto durante esas semanas. Quise hacerlo por voluntad propia, y en ningún momento sentí ninguna presión por su parte para dárselo, ni siquiera una insinuación.

Ya de vuelta en el Reino Unido, las cosas se fueron apagando poco a poco. Apenas me escribía, nunca preguntó si había llegado bien a casa, y al final me dijo directamente que ya no quería tener novio, sin dar muchas más explicaciones que esa. Respeté su decisión sin darle más vueltas ni presionarla para que me diera explicaciones que no me debía, y lo dejé estar, aunque durante un tiempo me costó no repasar mentalmente cada detalle del viaje buscando qué se me había escapado, desde la habitación con camas separadas hasta aquella última noche cambiada de planes en el taxi.

He vuelto a Tailandia muchas veces desde entonces, casi todos los años de hecho, pero nunca he vuelto a verla en persona. Todavía nos escribimos algún mensaje de cumpleaños de vez en cuando, y cada cierto tiempo me pregunta si me apetece quedar cuando viaja a Europa por trabajo, pero nunca ha pasado de ahí, ni un café, ni una respuesta firme cuando se lo propongo en serio. Una vez estuvo en una ciudad a menos de dos horas en tren de donde vivo, y aun así el plan se quedó en un intercambio de mensajes que no llegó a cuajar en nada concreto.

Nunca se convirtió en la relación que yo esperaba cuando cogí aquel primer vuelo, pero tampoco fue ninguna historia de terror como las que había oído antes de conocerla. Sigue siendo, hasta donde puedo juzgar por esos mensajes ocasionales, una persona genuinamente buena, y toda la experiencia me enseñó, sin ninguna duda, que si buscas una pareja tailandesa decente, las hay, de verdad que las hay, aunque nadie te lo cuente cuando solo has visto Walking Street de noche. Solo hay que saber buscar en los sitios adecuados, hablar de verdad antes de subirse a un avión, y aceptar que a veces, incluso haciendo todo bien, las cosas simplemente no acaban saliendo como uno esperaba.

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