Portada: Llevábamos un año saliendo antes de que ella me presentara oficialmente a su familia. Eligió Songkran a propósito, porque decía que así todos estarían de buen humor.

Llevábamos un año saliendo antes de que ella me presentara oficialmente a su familia. Eligió Songkran a propósito, porque decía que así todos estarían de buen humor.

En resumen

Callum, un escocés de 36 años, es presentado formalmente a la familia de su pareja tailandesa Praew durante el Songkran, una elección deliberada de ella para que el primer encuentro ocurriera en el ambiente más relajado posible del año.

Soy escocés, tengo 36 años, y llevaba un año saliendo con Praew, de 31, cuando me dijo que quería que conociera oficialmente a su familia, no de pasada como había ocurrido un par de veces antes, sino como es debido, con tiempo y con todo el mundo presente.

Eligió Songkran a propósito. Me explicó que durante esa semana toda la familia se reúne de todas formas, que el ambiente es más relajado que en cualquier otra celebración, y que si algo salía raro entre nosotros al principio, siempre quedaría diluido entre el caos general de la fiesta.


Llegamos a casa de sus padres el segundo día de las celebraciones, cuando la parte de la calle ya había terminado y quedaba la parte tranquila. Había primos que no conocía, tías que me miraban con una curiosidad que no intentaban disimular, y su padre, sentado en una silla en el porche, que apenas me dirigió la palabra durante la primera hora.

Praew me había avisado de esto también: que su padre necesitaba tiempo, que no era hostilidad, solo cautela, y que Songkran, con su ritual fijo y sus pasos claros, le daría una excusa natural para acercarse a mí sin tener que decidir de golpe qué pensaba de este extranjero que su hija había traído a casa.


El momento clave llegó cuando le tocó a su padre recibir el agua de bendición de la familia más joven. Praew me indicó, con un gesto discreto, que me pusiera en la fila detrás de sus primos. Cuando llegó mi turno, vertí el agua sobre sus manos como había visto hacer a los demás, sin saber muy bien si tenía derecho a hacerlo siendo tan nuevo en la familia.

Su padre no dijo nada especial en ese momento, solo un gesto seco de cabeza. Pero esa noche, durante la cena, fue el primero en servirme comida sin que nadie se lo pidiera, un gesto pequeño que Praew, según me confesó después en el coche de vuelta, llevaba un año esperando ver.


Volvimos a esa misma casa el Songkran siguiente, y esta vez su padre me esperaba ya con un cubo de agua preparado para mí antes incluso de que llegáramos a la puerta, algo que en su familia, según Praew, es prácticamente una declaración de aceptación total.

Nos casamos ocho meses después, en una boda pequeña sin nada que ver con el caos organizado de aquel primer Songkran. Pero cuando pienso en el momento exacto en que dejé de ser el novio extranjero de Praew y pasé a ser simplemente parte de la familia, siempre pienso en ese cubo de agua esperándome en la puerta.

Sigue leyendo

Historias relacionadas