Portada: Fui a mi primer Songkran pensando que era solo una pelea de agua gigante. Salí de aquel día entendiendo por qué mi suegra me hizo arrodillarme delante de ella.

Fui a mi primer Songkran pensando que era solo una pelea de agua gigante. Salí de aquel día entendiendo por qué mi suegra me hizo arrodillarme delante de ella.

En resumen

Owen, un británico de 33 años, vive su primer Songkran con la familia de su pareja tailandesa. Después de horas de guerra de agua en la calle, un momento silencioso y formal en casa de los abuelos le enseña lo que la fiesta significa de verdad.

Soy británico, tengo 33 años, y llevaba ocho meses con Fai, de 29, cuando llegó mi primer Songkran. Ella me había avisado, entre risas, de que abril sería «una semana entera de gente tirándote agua encima sin ningún motivo», pero nada de lo que me contó me preparó del todo para lo que fue en realidad.

El primer día lo pasamos en la calle principal de su barrio, empapados de la cabeza a los pies desde las diez de la mañana, con pistolas de agua, cubos y una manguera improvisada que un vecino había conectado a la toma del jardín. Fue caótico, ruidoso, y sinceramente uno de los días más divertidos que recuerdo en años.


Al segundo día, Fai me despertó temprano y me dijo que ese no era para la calle. Íbamos a casa de sus abuelos, en un pueblo a las afueras de la ciudad, y me pidió que me pusiera algo formal, nada de camiseta empapable.

Llegamos a media mañana. La casa estaba llena de tías, primos y vecinos, todos con la misma calma solemne que contrastaba con el caos del día anterior. Fai me explicó, en el coche, que íbamos a hacer «rod nam dam hua»: verter agua perfumada sobre las manos de los abuelos para pedir su bendición.


Cuando llegó mi turno, Fai me guio hasta donde estaba sentada su abuela, una mujer diminuta de más de ochenta años que llevaba toda la mañana recibiendo a la familia con la misma paciencia infinita. Me arrodillé, siguiendo las instrucciones susurradas de Fai, y vertí el agua con flores flotando despacio sobre sus manos abiertas.

La abuela dijo algo en tailandés, largo, con los ojos cerrados, que Fai tradujo después, ya en el coche de vuelta: una bendición para que cuidara bien de su nieta, que trabajara con honestidad, y que volviera cada año a hacer lo mismo. No entendí ni una palabra en el momento, pero entendí perfectamente lo que estaba pasando.


Le pregunté a Fai, esa noche, por qué no me había avisado de que ese momento sería tan distinto de la guerra de agua del día anterior. Me dijo que Songkran siempre había sido las dos cosas para ella, desde niña: el caos con los amigos por la mañana y la calma con la familia por la tarde, y que suponía que yo lo entendería solo al vivirlo, no explicándolo antes.

Tenía razón. Un año después volví a arrodillarme delante de la misma abuela, esta vez sabiendo exactamente lo que significaba cada gesto, y esa segunda vez, cuando terminó su bendición, me apretó la mano un segundo más de lo necesario.

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