A los 60 años volé a un pueblo de Isaan para una boda que no era la mía, y durante unas horas sentí que sí lo era.
En resumen
Tenía 60 años cuando Kop, 37 años más joven que yo, me llevó a la boda de su prima en un pueblo de Isaan. Conocí a sus padres, dormí separado de ella por respeto a las normas de la familia y viví una boda tailandesa tradicional, dote incluida, sintiéndome, durante unas horas, parte de una familia que apenas conocía.
Cumplí 60 años el mismo mes en que Kop me invitó a la boda de su prima.
No lo vi venir. Llevábamos casi un año escribiéndonos por Line, viéndonos cada vez que yo volvía a Tailandia, sin que ninguno de los dos pusiera nombre a lo que fuera aquello. La había conocido en un bar, una noche cualquiera, entre cervezas tibias y música demasiado alta, y me quedé enganchado de una forma que a los 59 años ya no esperaba volver a sentir. Cada viaje mío empezó a organizarse alrededor de las fechas en que ella podía verme, y cada mensaje suyo en Line me tenía revisando el teléfono como si tuviera veinte años menos de los que tenía.
Ella tenía 23.
Durante ese año de mensajes y visitas cortas nunca hablamos demasiado del futuro. Yo volaba, pasábamos unos días juntos, volvía a mi país, y ella seguía con su vida en Tailandia mientras yo contaba los meses para el siguiente billete. Nunca me pregunté en serio qué veía ella en un hombre que le sacaba casi cuarenta años. Prefería no hacerme esa pregunta y disfrutar de la respuesta que ya tenía delante.
Cuando me dijo que su prima se casaba en Buriram, en pleno Isaan, y que quería que la acompañara, dije que sí antes de terminar de escuchar la frase entera. No lo pensé como una decisión importante. Me pareció, simplemente, la continuación natural de algo que ya llevaba un año construyéndose a ratos y a distancia.
Volamos juntos desde Bangkok. En el aeropuerto nos esperaba un primo suyo con una pickup, de esas con la caja abierta, y el calor entró por todas partes durante todo el trayecto por carreteras que se iban estrechando a medida que nos alejábamos de la ciudad. Yo no hablaba una palabra de tailandés y el primo no hablaba inglés, así que decidí, sin pensarlo demasiado, entregarle a Kop el control absoluto del viaje: el hotel, los horarios, la ropa que debía llevar a cada sitio, cuándo hablar y cuándo quedarme callado. Confiar así, a ciegas, en una mujer 37 años menor que yo, debería haberme dado más vueltas de las que le di en su momento. Entonces solo pensaba en lo bien que me sentía dejándome llevar por una vez.
El hotel resultó ser un tres estrellas modesto y limpio, con ventiladores en vez de aire acondicionado en algunas habitaciones, y costaba tan poco por noche que tuve que preguntar el precio dos veces para creérmelo. Recuerdo pensar que en Europa esa cantidad no me habría alcanzado ni para un café en el aeropuerto.
Fuimos a conocer a sus padres al día siguiente.
Su madre tenía 72 años. Su padre, unos 70. Hice la cuenta sin querer, de pie frente a la casa con las manos metidas en los bolsillos, y no me salían los números por ningún lado: un hombre de 60 años recién cumplidos, cogido de la mano de una hija que sus padres habían tenido cuando ellos ya no eran precisamente jóvenes. Nadie dijo nada al respecto, ni ese día ni ninguno de los siguientes. Yo tampoco lo mencioné. Simplemente seguí adelante, como llevaba haciendo desde que la conocí.
La casa era de las tradicionales, levantada sobre pilotes de madera, con la vida familiar ocurriendo debajo, a la sombra, y los dormitorios arriba. Aunque Kop y yo compartíamos habitación en el hotel, allí no me dejaron subir. No estábamos casados, y en su familia eso todavía significaba algo. Lo entendí enseguida y, para ser sincero, hasta lo agradecí. Había algo tranquilizador en que existieran reglas, aunque no fueran exactamente las mías.
Esa tarde Kop me enseñó su scooter, uno bastante nuevo, con detalles que claramente no eran los de segunda mano que yo había imaginado. Fue la primera vez que empecé a sospechar que no era la chica de pueblo sencilla que había asumido sin pensarlo demasiado desde el primer día en aquel bar. Había capas ahí que yo no había tenido en cuenta, y me sentí un poco tonto por no haberlo notado antes.
En todo el tiempo que la conocí, lo único que me pidió fue una nevera para sus padres. Fuimos los tres al centro comercial más cercano una tarde y elegimos una entre risas, comparando modelos como si fuéramos una familia cualquiera de compras un sábado. Costó una cantidad ridícula para lo que representaba, y volvimos con ella atada en la caja de la pickup, sujeta con cuerdas, como si fuera lo más natural del mundo.
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El día de la boda llegó con flores por todas partes, alfombras rojas extendidas desde la entrada y cerca de 200 invitados, de los cuales solo un puñado éramos extranjeros.
Kop me presentó a todo el mundo como su novio, repitiendo la palabra con una naturalidad que a mí todavía me sorprendía cada vez que la escuchaba. Entre los invitados estaba su mejor amiga de la infancia, con la que había crecido en el mismo pueblo, y que aquel día recibía bastante atención por parte de los presentes, primos jóvenes que se acercaban a saludarla y se quedaban más tiempo del necesario. Reconozco que eso me removió algo parecido a los celos más de una vez a lo largo de la jornada, sin motivo real ninguno, solo la inseguridad tonta de un hombre que sabe perfectamente cuántos años tiene.
La procesión fue lo más impresionante que he visto en una boda en mi vida. El sin sod, la dote, se entregó delante de todos en fajos de billetes y bandejas de oro que pasaban de mano en mano entre los mayores de la familia, y después la ceremonia continuó al aire libre, con el novio llevado a hombros sobre una especie de trono improvisado mientras la novia esperaba arrodillada frente a él, con la cabeza inclinada.
El banquete que siguió tenía una comida excelente, mejor que cualquier cosa que hubiera probado en Bangkok, y aunque yo no hablaba tailandés terminé teniendo conversaciones larguísimas gracias a que buena parte de los invitados se manejaba bien en inglés. Entre ellos había varios extranjeros que llevaban años instalados allí con esposas tailandesas, desde mucho antes de que existiera nada parecido a la escena de bares que yo conocía, y que hablaban de Tailandia con una calma que solo da el tiempo.
Durante esas horas me sentí, de una manera extraña, parte de la familia tailandesa que apenas conocía desde hacía dos días. Terminé incluso en varias fotos de la boda, de pie junto a Kop, sus padres y su amiga de la infancia, lo cual, visto con perspectiva, es un asunto curioso que esa pareja tendrá que explicar dentro de unos años, cuando alguien hojee ese álbum y pregunte quién era el hombre mayor de la esquina.
Nos fuimos a las pocas horas, porque al día siguiente volábamos con sus padres a Bangkok y después a Pattaya, el primer vuelo de sus vidas para los dos. Verlos nerviosos frente a la puerta de embarque, a esa edad, me pareció más emocionante que la boda misma.
Kop y yo ya no estamos juntos. La relación se fue apagando como suelen apagarse estas cosas, sin un motivo grande que contar, sin una pelea que señalar como el final. Con el tiempo dejamos de escribirnos por Line con la misma frecuencia, y luego dejamos de escribirnos del todo.
Pero aquel viaje me dio una mirada a la vida tailandesa real que jamás esperé tener, muy lejos de cualquier bar y de cualquier cosa que yo hubiera imaginado al empezar aquello. Pienso a veces en esa nevera en la cocina de sus padres, en la casa sobre pilotes, en la foto donde salgo yo, un extranjero de 60 años, de pie junto a una familia que no era la mía pero que durante un día me trató como si lo fuera. Y siempre voy a alegrarme de haber dicho que sí aquella noche, sin pensarlo dos veces.