Portada: Le pedí que me devolviera el dinero. No dijo una palabra: abrió el banco y me lo transfirió todo.

Le pedí que me devolviera el dinero. No dijo una palabra: abrió el banco y me lo transfirió todo.

En resumen

A los 52 años volé a Tailandia para conocer en persona a Chompoo, mi novia de Messenger, con más dudas que ilusión. Entre peticiones de dinero, una pulsera de oro y una factura por ir a buscarme al aeropuerto, casi reservo el vuelo de vuelta a Auckland. Una prueba sencilla, pedirle que me devolviera el dinero, cambió todo lo que pensaba de ella.

Veintipico horas de vuelo dan para pensar demasiado.

Tenía 52 años, un asiento de pasillo entre Auckland y Bangkok, y la cabeza llena de vídeos de YouTube sobre mujeres tailandesas que vaciaban las cuentas de hombres como yo. Todo el trayecto me lo pasé haciéndome la misma pregunta, una y otra vez: ¿y si Chompoo no es quien dice ser?

Llevábamos casi ocho meses hablando por Messenger. Ella tenía 43 años, una hija de un matrimonio anterior, y una forma de escribir que parecía sacada de un manual sobre cómo hacer que un hombre solo, a diez mil kilómetros de distancia, se sienta el centro del mundo. Buenos días con foto del amanecer sobre el mar. Buenas noches con un audio cantando algo que yo no entendía. De vez en cuando, un regalito virtual en la aplicación que yo pagaba sin pensarlo demasiado, como quien deja una propina.

Parte de mí quería creer que era, sencillamente, una mujer trabajadora que llevaba años buscando a alguien decente, igual que yo llevaba años buscando lo mismo en Nueva Zelanda sin encontrarlo. La otra parte había visto demasiados vídeos, leído demasiados foros, y sabía demasiado bien cómo terminan algunas de esas historias.

Tenía, además, una casa cerca del aeropuerto de Bangkok que llevaba tiempo necesitando arreglos que nunca llegaban. Y un ex que, según ella, "a veces se quedaba ahí, por los niños". Nada de eso me tranquilizó antes de subir al avión. Decidí no sacar conclusiones hasta pisar el país. Ya habría tiempo de preocuparme si hacía falta.

Aterricé destrozado, con esa sensación de no saber muy bien en qué día vivía. Chompoo me esperaba en la zona de llegadas con su hija de la mano, sonriendo como si llevara horas ensayando esa sonrisa frente a un espejo. Me abrazó fuerte. La niña me miró de arriba abajo con la desconfianza sana de quien no entiende por qué ese hombre alto y pálido va a dormir en su casa. Los tres subimos a un autobús rumbo a Pattaya y yo me quedé dormido antes de que saliéramos del aparcamiento del aeropuerto.

Las primeras dos semanas fueron duras. El jet lag no se me iba de encima. Discutíamos por tonterías: la hora de cenar, el volumen de la televisión por la noche, quién decidía el plan del día siguiente. Y yo, todo el tiempo, con un ojo puesto en cada gesto suyo, buscando la señal de que algo iba mal.

No tardó mucho en llegar, o eso creí entonces.

El dinero empezó a aparecer en cada conversación. Que si necesitaba ayuda para arreglar el tejado de la casa. Que si su hija necesitaba material para el colegio. Un día, justo después de que yo hubiera pagado ya sus facturas del mes, me señaló una pulsera de oro en el escaparate de una joyería del centro. No lo pidió como un capricho ni con vergüenza. Lo pidió como quien pide algo que da por hecho que le corresponde.

Unos días más tarde me entregó una factura. Literal, escrita a mano, con cada gasto del día que fue a buscarme al aeropuerto: la gasolina, el peaje, las horas de espera en la terminal. Me quedé mirando el papel sin saber si reírme o empezar a preocuparme de verdad.

Empecé a sentirme menos su pareja y más su cajero automático personal.

Hubo una noche, después de lo de la pulsera, en la que abrí el navegador del móvil en la oscuridad de la habitación y busqué vuelos de vuelta a Auckland, solo para comprobar el precio. No llegué a reservar nada. Solo necesitaba saber que la puerta seguía abierta, que no estaba atrapado a diez mil kilómetros de casa con una tarjeta de crédito cada vez más delgada y un idioma que apenas entendía.

La cosa se puso peor con el tema del visado tailandés. Ella tenía un contacto, un gestor de confianza de la familia, y quería que tramitara mis papeles con él. Yo ya había elegido mi propia agencia antes de viajar, después de comparar precios y leer reseñas durante semanas, y no pensaba cambiar de opinión solo porque ella insistiera. Discutimos por eso más de una vez, siempre en el mismo tono: yo defendiendo mi control sobre mis propios documentos, ella defendiendo que su gente lo haría mejor y más barato. Ninguno de los dos cedía.

Una tarde conocí a un grupo de amigas suyas, en un restaurante frente a la playa. Todas sabían que habíamos discutido esa misma mañana. No sé cómo se enteraron tan rápido, pero lo sabían. Y una de ellas, sin que yo hubiera dicho una palabra sobre el tema, me puso la mano en el brazo y me dijo que me relajara, que todo iba a salir bien. Me pareció una cosa muy rara de escuchar de una desconocida a la que acababa de conocer.

Llegó un punto en que decidí poner a prueba lo único que de verdad me importaba saber.

Le pedí que me devolviera el dinero que había ingresado en su cuenta desde que llegué. Todo, sin excepciones. Se lo dije preparado para la pelea, para las excusas, para ese silencio incómodo que suele venir después de una petición así entre dos personas que se conocen desde hace poco.

No hubo nada de eso.

Chompoo abrió la aplicación del banco delante de mí, sin decir nada, y me hizo la transferencia completa en menos de un minuto. Sin discutir. Sin pedir explicaciones. Sin una sola palabra de reproche ni de sorpresa, como si ya esperara que un día se lo pidiera.

Más tarde, un amigo tailandés que llevaba años viviendo aquí me dijo que eso, en concreto, no es lo normal. Que la mayoría de estas historias no terminan así.

Ese fue el momento en que algo cambió. No en ella, creo. En mí.

Dejó de pedir dinero con esa insistencia que tanto me había cansado. Yo dejé de mirar cada gasto compartido como si fuera una prueba de laboratorio. Empezamos, por fin, a disfrutar de estar juntos de verdad, sin esa vigilancia constante de fondo.

Aprendí a llevar su scooter por las calles estrechas de Pattaya, esquivando baches, perros dormidos al sol y turistas despistados que cruzaban sin mirar. Recorrimos mercados nocturnos comiendo cosas cuyo nombre nunca llegué a aprender del todo. Conocí a más amigas suyas, esta vez sin discusiones previas de por medio, y aquí me llaman Farang con la misma naturalidad con la que en Nueva Zelanda me llamarían "amigo". Una tarde fuimos hasta un terreno que ella tiene a las afueras de la ciudad, un pedazo de tierra lleno de maleza donde algún día, dice, construiremos algo pequeño pero nuestro. Pasamos horas arrancando hierba bajo un calor que en Auckland habría sido motivo de alerta sanitaria.

Hoy las cosas están en un buen lugar. La cuenta bancaria quedó resuelta hace meses. El visado avanza por el camino que yo elegí desde el principio. Ya tengo mi propio carné para la scooter, después de un examen que me tomé más en serio de lo que admitiré nunca en voz alta. Vivimos en la zona que aquí llaman el "lado oscuro" de Pattaya, lejos del ruido de la playa principal, fácil de recorrer a pie si no te importa esquivar algún perro callejero de mal humor a las once de la noche.

No sé qué habría pasado si nunca le hubiera pedido ese dinero de vuelta. Pero sé que fue la pregunta correcta en el momento correcto, y que la respuesta que obtuve valió más que cualquier vídeo de advertencia que hubiera visto antes de subirme a ese avión.

Sigue leyendo

Historias relacionadas