Le prometí que iba en serio. No le dije que ya tenía mujer y tres hijos esperándome en Irlanda.
En resumen
Conor, irlandés de 44 años, pasó meses de videollamadas con Ning, tailandesa de 26 años de Samut Sakhon, antes de conocerla en persona. La relación sobrevivió a un susto de embarazo y a una confesión que él ocultaba desde el principio: estaba casado y tenía tres hijos. Lo que descubrió después sobre ella lo cambió todo.
Antes de un viaje largo por Asia en 2019, estuve hablando durante meses con varias mujeres tailandesas a través de una aplicación.
La mayoría de esas conversaciones se apagaron solas, como se apagan casi todas. Una no.
Se llamaba Ning. Tenía 26 años y vivía en Samut Sakhon, una ciudad portuaria al suroeste de Bangkok que huele a mar y a fábrica de pescado a partes iguales. Trabajaba en una empresa local de mariscos, en administración, y no bebía nunca, ni una gota, algo que en aquellas conversaciones interminables se convirtió casi en una seña de identidad suya.
Hablábamos por videollamada casi todas las noches. Yo tengo 44 años, soy de Cork, en Irlanda, y por entonces ya llevaba tiempo organizando una escapada larga por el este de Asia con la flexibilidad que me daba mi trabajo. Ning fue la razón por la que Tailandia dejó de ser una parada más en ese itinerario y se convirtió en el destino.
Durante esos meses de pantalla hablamos de todo. De su familia, de mis viajes, de comida, de música, de series que ninguno de los dos terminaba nunca. Nunca me habló de dinero. Nunca mencionó el Sin Sod, ese ritual del que tanto había oído hablar y que otras mujeres con las que había chateado antes sacaban a la segunda semana de conversación, casi como un trámite. Con Ning nunca llegó ese momento. Eso, más que nada, fue lo que me hizo bajar la guardia del todo.
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La conocí en persona en Samut Sakhon, en la puerta de un restaurante de fideos cerca del mercado, y durante la primera hora apenas fue la misma persona con la que llevaba meses hablando.
Contestaba corto. Sonreía tarde. Miraba el móvil más de lo normal.
Lo achaqué a los nervios. Meses de pantalla no preparan a nadie para tener a la otra persona sentada enfrente, de carne y hueso, pidiendo la cuenta en una lengua que tú no entiendes.
Pasamos esos primeros días recorriendo la zona: el mercado flotante, el puerto pesquero al atardecer, con las barcas de pesca amontonadas y el olor a sal metido en la ropa, y un templo con un buda enorme mirando al río que ella insistió en enseñarme el segundo día. Poco a poco la distancia inicial se fue deshaciendo. Al tercer día ya nos reíamos de las mismas tonterías que nos habían hecho reír por videollamada durante meses. Al cuarto, aquello ya no tenía nada de cauteloso.
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Fue en esos primeros días cuando tuvimos la conversación que, mirando atrás, marcó todo lo que vino después.
Estábamos sentados en un puesto de comida junto al río cuando me preguntó, sin rodeos, si esto era algo serio para mí o si solo buscaba pasarlo bien durante el viaje.
Le dije que serio. Y en aquel momento, sentado frente a ella, lo sentía así, sin trampa.
Me preguntó también si había tenido novias tailandesas antes. Le dije que no, ninguna seria. Y me dejó claro, con la misma tranquilidad con la que preguntaba todo lo demás, que no le gustaba nada que yo hablara con otras mujeres, ni por la aplicación ni por ningún otro sitio.
Lo respeté. En ese momento me pareció lo mínimo, dado lo que le estaba pidiendo que confiara en mí.
No le dije que ya tenía mujer e hijos esperándome en Cork. No se lo dije entonces y no se lo dije en muchas semanas.
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El resto de mi viaje por la región tenía otras paradas, pero volvía a Tailandia, y a Samut Sakhon, cada vez que podía encajarlo en el itinerario.
Entre esas visitas hablábamos todos los días. Al principio era agradable, la clase de rutina que hace que una relación a distancia se sienta real aunque no lo sea del todo todavía. Con el tiempo empezó a pesar de otra manera, aunque eso lo entendería más tarde.
Cada vez que volvía, la ciudad me resultaba un poco más familiar. Aprendí a pedir en el puesto de fideos sin señalar la carta. Conocí a un par de amigas suyas, siempre en grupo, siempre con la misma cortesía cuidadosa con la que se examina a alguien nuevo.
Una de esas noches, de vuelta en Samut Sakhon, las cosas se pusieron menos cuidadosas de lo que deberían haber sido.
Unos días después me escribió para decirme que había ido a por la pastilla del día después, pero que le preocupaba que aun así pudiera haberse quedado embarazada.
Me preguntó qué haría yo si era el caso.
Le dije que me haría responsable. Lo dije en serio, sin pensar demasiado en lo que esa palabra significaba realmente para alguien en mi situación.
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Los días siguientes ella empezó a cambiar.
Preguntaba constantemente dónde había estado, con quién había hablado, si había visto a alguna otra mujer mientras estaba en el país. Al principio lo entendí como parte del miedo compartido por lo del embarazo. Con el tiempo se volvió algo distinto, más parecido a un interrogatorio que a una conversación entre dos personas asustadas por lo mismo.
Habíamos planeado un fin de semana en Bangkok, solo nosotros dos, para alejarnos un poco de todo antes de que yo volviera a casa. Dos días antes me escribió que se había torcido el tobillo bajando de un songthaew y que mejor lo dejábamos para otra ocasión.
No le di importancia entonces. Mirando atrás, la historia no encajaba del todo: ni una foto del tobillo, ni una cojera al verla unos días después, ni una sola queja. En su momento lo dejé pasar. No tenía motivos para no hacerlo.
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Mi último día en Tailandia antes de volver a casa tuvimos una conversación larga, la más larga de las que habíamos tenido, sentados en su terraza mientras se hacía de noche y los vecinos cerraban sus puestos de comida calle abajo.
Ella habló de futuro. De qué pasaría después de esa visita, de si yo pensaba volver pronto, de qué forma se suponía que aquello iba a convertirse en algo con estructura, con nombre.
Yo hablé con la vaguedad de alguien que sabe que no puede dar lo que le están pidiendo, pero que tampoco quiere ser quien lo diga primero.
Quedó claro, sin que ninguno de los dos lo dijera con esas palabras exactas, que ella quería más compromiso del que yo podía ofrecerle en ese momento.
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Volé a casa sin saber si estaba embarazada.
Las semanas siguientes fueron de las más duras que recuerdo. Investigué clínicas privadas que hacían pruebas de paternidad, me metí de lleno en formularios de visado tailandés, calculé plazos, calculé costes, calculé todo lo que se puede calcular cuando no se puede calcular lo único que importa. Todo eso mientras seguía haciendo, en casa, la vida de siempre: llevar a los niños al colegio, cenar con mi mujer, fingir que en mi cabeza no había nada más que el día a día.
Ning llamaba cada vez más. Necesitaba oírme decir que todo iba a salir bien, que no la iba a dejar sola con esto, que no me había olvidado de ella en cuanto había cruzado la puerta del aeropuerto.
La presión, semana tras semana, terminó por vencerme.
Se lo dije. Estaba casado. Tenía tres hijos. Todo era verdad desde el primer día que hablamos, y se lo había ocultado durante meses.
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Se puso furiosa, con toda la razón del mundo. Me dijo que se sentía usada, que le había hecho creer en algo que nunca había sido real por mi parte, aunque para mí, por raro que suene, lo había sido, al menos en parte.
Tuvimos varias conversaciones difíciles esas semanas, algunas a gritos, otras en un silencio que dolía más que cualquier grito. En una de ellas le prometí que, si estaba embarazada, pediría el divorcio y la llevaría a ella y al bebé conmigo, y en ese momento lo decía en serio, con la misma sinceridad torpe con la que le había prometido "serio" el primer día en el puesto junto al río.
Al final se hizo la prueba en videollamada, delante de mí, cámara apoyada sobre la mesa del baño.
Negativo.
Sentí alivio, un alivio real y enorme. Y detrás de él, algo que no esperaba y que todavía me cuesta admitir del todo: una especie de decepción extraña, como si una parte de mí hubiera querido que la respuesta fuera la otra.
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Seguimos hablando después de aquello. Hicimos planes, incluso, para volver a vernos.
Fue en esas semanas cuando, sin buscarlo del todo al principio, empecé a tirar de un hilo sobre su vida en Samut Sakhon que no me cuadraba. Una foto antigua etiquetada con un nombre que no reconocía. Un comentario de una amiga suya que no encajaba con lo que ella me había contado. Seguí mirando, una noche detrás de otra, hasta que dejó de haber duda.
Tenía novio. Extranjero, como yo. Llevaban juntos tres años, los mismos tres años en los que ella, según todo lo que yo sabía, estaba soltera y esperando encontrar a alguien serio.
Me lo había ocultado con la misma naturalidad con la que yo le había ocultado a mi mujer.
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Se lo dije por videollamada, con las pruebas ya reunidas.
Lo negó al principio, con la misma calma con la que negaba todo. Después, cuando vio que no tenía sentido seguir negándolo, lo admitió, despacio, palabra por palabra.
Le dije que no pensaba contárselo al otro hombre. No me correspondía a mí hacerlo, y después de lo que yo mismo le había ocultado a ella durante meses, habría sido difícil sostener la indignación con la cara seria.
Esa conversación, extrañamente, terminó siendo la más sincera que tuvimos en todo el tiempo que nos conocimos. Sin actuaciones, sin medias verdades, los dos con las cartas ya boca arriba encima de la mesa.
La última noticia que tuve de ella es que se mudó a Europa, con él, a intentarlo en serio, esta vez sin nadie de por medio.
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Con perspectiva, es una historia con culpa repartida por todas partes, y no soy yo quien puede repartirla con las manos limpias.
Estuve casado todo el tiempo que la conocí, así que difícilmente puedo sentirme la víctima de esta historia. Le pedí sinceridad mientras yo mismo la traicionaba cada día que pasaba sin contarle la verdad.
Solo demuestra que la mentira, allí y en cualquier otro sitio, no tiene pasaporte. Los extranjeros también sabemos mentir, y muy bien.