Portada: Me pidió que fuera a Pattaya solo. No sabía que era una prueba, y la suspendí.

Me pidió que fuera a Pattaya solo. No sabía que era una prueba, y la suspendí.

En resumen

Un sudafricano de 54 años conoció a Noi, de 32, cerca de Khao San Road en 2019. Nunca le pidió dinero pese a sus problemas, y el viaje a Koh Chang fue perfecto. Pero una noche de copas en Pattaya sin ella lo cambió todo, y la pandemia hizo el resto.

Soy sudafricano, tenía 54 años, divorciado hacía tiempo y sin hijos, y en 2019 estaba en casa una noche cualquiera curioseando en una web de citas más por aburrimiento que por verdadera esperanza de encontrar algo, cuando me encontré con el perfil de una mujer que se acababa de registrar esa misma semana.

Empezamos a hablar casi todos los días, mensajes largos sobre nuestras vidas, nuestro trabajo, cosas sin demasiada importancia, y a los pocos días su perfil había desaparecido por completo de la web. Cuando le pregunté qué había pasado me dijo que lo había borrado ella misma, que ya no lo necesitaba. Lo tomé como una buena señal, quizás una tontería por mi parte visto con perspectiva, pero así lo sentí en ese momento, como si aquello significara que hablaba en serio. Se llamaba Noi, tenía 32 años.

Cuando llegué a Tailandia quedamos cerca de Khao San Road, en Bangkok, en un pequeño café con mesas en la acera donde se podía ver pasar a los mochileros con sus maletas enormes y sus pulseras de todos los colores. Llegué con algo de nervios, sin saber muy bien qué esperar de una persona con la que solo había hablado por pantalla, pero en cuanto la vi acercarse entre la gente supe que había merecido la pena el vuelo. Había tenido una vida bastante buena antes de conocerme, con estudios universitarios, una familia de posición decente en Bangkok, y había llevado un negocio junto a su novio tailandés de la universidad durante varios años.

El negocio se vino abajo por un mal manejo del dinero, decisiones que ella no había tomado pero que terminó pagando igualmente, y él le había sido infiel con varias chicas a lo largo de toda la relación, algo que ella descubrió poco a poco, mensaje sospechoso tras mensaje sospechoso, hasta que ya no pudo seguir fingiendo que no lo sabía. Ella había perdido prácticamente todo lo que tenía, ahorros, algo de dignidad, y varios años de su vida invertidos en algo que no llegó a ninguna parte. Me lo contó todo aquella primera tarde en el café, con una calma que me sorprendió bastante, sin dramatizar ni buscar compasión, como quien ya ha hecho las paces con su propia historia.

Cuando mencionó que el banco la estaba persiguiendo por unas deudas, me preparé mentalmente para la petición de dinero que estaba seguro que venía a continuación. Nunca llegó. Simplemente me estaba contando cómo había sido su vida, sin más intención que esa.

Acabé pasando la mayor parte de ese mes con ella, cenando cada noche en sitios distintos que ella elegía con cuidado, casi siempre lugares pequeños y sin turistas que ella conocía de toda la vida, paseando por el río Chao Phraya al anochecer cuando bajaba un poco el calor y las luces de los templos empezaban a encenderse en la otra orilla. Me presentó a un par de amigas suyas una tarde, con cierto nerviosismo por su parte que no me pasó desapercibido, como si aquella presentación significara algo más de lo que decía en voz alta. En el vuelo de vuelta a casa me encontré pensando en serio en intentar hacer algo duradero con ella, a pesar de haberme jurado a mí mismo no volver a meterme en ninguna relación después de un compromiso roto un par de años antes que todavía me dolía recordar cuando bajaba la guardia.

Hablamos todos los días desde entonces hasta enero de 2020, mensajes por la mañana antes de que yo saliera para el trabajo, alguna videollamada por la noche cuando los horarios cuadraban a pesar de las muchas horas de diferencia, y al final organizamos un viaje juntos a Koh Chang. Las mejores vacaciones que he tenido en mi vida, sin ninguna duda. La playa, la comida, su compañía durante todo el día, sin nada que nos apremiara ni nadie a quien rendir cuentas.

Recuerdo una tarde entera tumbados bajo la sombra de un árbol cerca del agua, sin hacer prácticamente nada más que hablar de tonterías y comer fruta que había comprado esa misma mañana en el mercado local, mangostán y rambután que ella pelaba con una habilidad que a mí siempre se me resistió. Cenamos varias noches en un pequeño restaurante de pescado junto a la playa, con las mesas casi tocando la arena y velas dentro de vasos de cristal para que no las apagara el viento. Fue de esos días que uno guarda con cuidado en la memoria, de los que uno repasa después una y otra vez intentando entender en qué momento exacto empezó a torcerse todo.

Hubo momentos, sin embargo, en los que decía o hacía cosas que me daban la sensación de que guardaba cierta distancia conmigo, como si hubiera una parte de ella a la que yo no tenía acceso todavía. Lo achaqué a las diferencias culturales, sin darle mayor importancia. También me sugirió que pasara un tiempo en Pattaya por mi cuenta mientras ella estaba liada con el trabajo, algo que me pareció bastante raro en su momento. En retrospectiva, probablemente fue una prueba que ni siquiera me di cuenta de que estaba haciendo.

Una noche en Pattaya salí por mi cuenta después de un día entero sin apenas hablar con nadie, dejé el móvil en la habitación del hotel sin pensarlo dos veces, cargando y en silencio sobre la mesita de noche, y acabé comprando muchas copas a chicas del bar, una detrás de otra, sin ningún tipo de control sobre lo que estaba haciendo ni demasiada conciencia de las horas que iban pasando.

Me desperté con una resaca terrible, la cabeza a punto de estallar y la boca completamente seca, y un mensaje mucho peor de Noi esperando en la pantalla, que había estado intentando localizarme toda la noche sin ningún éxito, docenas de llamadas perdidas y mensajes cada vez más cortos y más fríos. Hice una videollamada enseguida para enseñarle la habitación vacía, sin nadie más, girando el teléfono despacio por toda la habitación para que viera hasta el baño, pero eso no fue suficiente para arreglar nada.

Todavía no sé exactamente qué pensó que había pasado, ni si alguien me vio esa noche y se lo contó después. Fuera lo que fuese, sintió que había perdido la cara delante de alguien, y le dolió de verdad. Intenté arreglarlo durante días, llamando, escribiendo, pidiendo perdón de todas las formas que se me ocurrían, pero no pude.

Volé a casa pasando por Pekín en enero de 2020, con el corazón roto y la sensación de haberlo estropeado todo yo solo en una sola noche estúpida, con toda la intención de volver pronto en cuanto las cosas se calmaran un poco entre nosotros. Recuerdo la escala en el aeropuerto, agotado y con la cabeza dándole vueltas al mismo mensaje una y otra vez, sin saber que aquel aeropuerto en concreto se convertiría en un nombre que todo el mundo conocería pocas semanas después. Por entonces un virus empezaba a extenderse por el mundo y ninguno de nosotros tenía ni idea de lo que se nos venía encima a todos.

Meses después, ya en pleno confinamiento, me escribió de la nada. Mandó un vídeo corto contándome cómo estaba llevando el encierro, y sugirió que podíamos seguir siendo amigos, apoyándonos el uno al otro durante toda esa locura que estaba pasando en el mundo. Pensé, ingenuamente quizás, que algo bueno había salido de todo aquel desastre.

Luego volvió a distanciarse, sin explicación de ningún tipo, los mensajes cada vez más cortos y más espaciados en el tiempo hasta casi desaparecer del todo. Le pedí una respuesta clara sobre qué estaba pasando entre nosotros, harto ya de tanta incertidumbre, y me dijo que nunca podríamos estar juntos porque la había herido demasiado aquella noche en Pattaya. Le pregunté entonces por qué se había puesto en contacto conmigo si ya sabía eso desde el principio. Nunca obtuve una respuesta a esa pregunta, por mucho que insistí durante los días siguientes.

Unas semanas más tarde miré su Facebook, casi sin querer, y vi que tenía un hombre nuevo en su vida, fotos juntos, comentarios de amigos suyos que yo reconocía de nuestras conversaciones. Le mandé un mensaje deseándole lo mejor de corazón. No hubo respuesta.

No le guardo ningún rencor. Es una mujer encantadora y pasamos muy buenos momentos juntos, de esos que uno no olvida fácilmente por mucho tiempo que pase. La diferencia de edad entre nosotros, más de veinte años, no ayudó, desde luego, y la forma en que me comporté esa noche en Pattaya tampoco ayudó nada, eso lo tengo bastante claro ahora que ha pasado el tiempo y puedo mirarlo todo con algo más de distancia. Algunas cosas simplemente no funcionan, por muchas ganas que uno le ponga y por muy bien que empezaran.

Aun así, no la voy a olvidar.

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