Portada: La cuenta decía 6.000 baht sin desglose. La real eran 2.194, y ella ya se había ido.

La cuenta decía 6.000 baht sin desglose. La real eran 2.194, y ella ya se había ido.

En resumen

Antes de un viaje a Bangkok, quedé con una mujer que conocí en una app de citas. Dijo que era su cumpleaños y me llevó a su restaurante favorito. La cuenta llegó sin desglose: 6.000 baht. Cuando pedí el detalle, se levantó y desapareció. En la cocina, la cuenta real era menos de la mitad.

La conocí en una aplicación de citas dos semanas antes de mi viaje a Bangkok.

Tengo 46 años, vivo en Toronto, y llevaba meses diciéndome que necesitaba un descanso de verdad. El trabajo me mandaba a Bangkok por una conferencia de una semana, así que decidí quedarme unos días extra, sin más plan que caminar, comer bien y no mirar el correo del trabajo. Abrí la aplicación casi por curiosidad, más para matar el tiempo del vuelo que por otra cosa.

Su perfil decía que tenía su propio negocio de importación y una casa en la ciudad. Fotos cuidadas, sonrisa fácil, un inglés fluido que hacía la conversación cómoda desde el primer mensaje. Se llamaba Nid. Cuarenta y tantos, calculé, aunque nunca se lo pregunté directamente. Me pareció de mala educación, y además no importaba demasiado para una cena.

Hablamos casi todos los días durante las dos semanas antes del vuelo. Nada extraordinario, solo la típica charla previa a un viaje: qué me gustaba comer, si había estado antes en Tailandia, si prefería el mar o la ciudad. Ella preguntaba mucho por el hotel, con una naturalidad que en ese momento no me pareció rara. Se lo dije sin pensarlo dos veces: un hotel pequeño en Soi 7/1, cerca de Sukhumvit, elegido por la ubicación y por las reseñas, nada especial.

Quedamos para la segunda noche de mi estancia. Ella vendría al hotel y desde ahí decidiríamos qué hacer.

Llegó puntual, vestida con más cuidado del que yo esperaba para una primera cita casual, y era exactamente su foto, lo cual ya me tranquilizó más de lo que debería. En cuanto nos vimos me cogió del brazo, dijo que estaba muerta de hambre, que llevaba todo el día sin comer, y que además era su cumpleaños, así que quería llevarme a su restaurante favorito, uno al que solo iba en ocasiones especiales.

No pregunté la fecha de nacimiento. No até cabos. Me pareció un detalle bonito, incluso, poder invitarla en un día así.

Pedimos un taxi frente al hotel. El tráfico de Bangkok a esa hora es lo que es, así que el trayecto se alargó casi cuarenta minutos, quizás más. Ella no se despegó de mí en todo el camino, la mano en mi pierna, la cabeza apoyada en mi hombro, riéndose de cosas que a mí no me parecían tan graciosas pero que dejé pasar, achacándolo a los nervios de una cita.

Cuando el taxi paró estábamos lejos, en una zona que no reconocí, sin ningún letrero en inglés a la vista. Me pidió, con total naturalidad, que pagara yo la carrera antes de bajar, que ella no llevaba efectivo suelto. Lo hice sin darle más vueltas.

El restaurante era grande, al aire libre, con una cocina de verdad a la vista, humo de la parrilla, camareros de uniforme moviéndose entre mesas llenas de familias tailandesas. No tenía pinta de trampa para turistas. Tenía pinta de sitio serio, de esos a los que va la gente del barrio, y eso, curiosamente, me hizo bajar todavía más la guardia.

Nos sentamos y ella pidió sin consultarme demasiado: una botella de vino tinto y una barbacoa para dos, con guarniciones que ni siquiera intenté traducir. Mientras esperábamos la comida sacó el móvil y me enseñó fotos. Un coche, luego otro, más nuevo. Una casa con piscina, la suya, dijo. Otra casa, más pequeña, que aseguró alquilar a una familia joven.

En algún momento, sin que viniera especialmente a cuento, dejó caer que si pasábamos la noche juntos sería en mi hotel, nunca en el suyo, porque su casa estaba a las afueras y era complicado llegar. Lo dijo como quien aclara un detalle logístico, no como una insinuación, y en su momento ni siquiera até esa idea al resto de la noche.

La comida estaba bien, nada memorable pero bien. Barbacoa, algo de marisco que añadió sobre la marcha, la botella de vino que ella rellenaba con más entusiasmo del que ponía en comer. Calculé mentalmente la cuenta mientras cenábamos, por costumbre más que por desconfianza: quizás 1.200 baht entre los dos, siendo generoso con el vino.

Cuando pedí la cuenta, el camarero trajo un papel sin membrete, escrito a mano, con un solo número al final: 6.000 baht. Sin desglose, sin platos, sin precios individuales, solo esa cifra subrayada dos veces.

Se lo enseñé a Nid, un poco desconcertado, esperando que ella misma se sorprendiera. Se encogió de hombros y dijo que el vino es caro aquí, como si eso zanjara la conversación, y siguió mirando el móvil.

No llevaba suficiente efectivo encima para cubrirlo. Se lo dije, esperando quizá que sugiriera dividir la cuenta o que hubiera algún error de cálculo. En cambio, me dijo que conocía un cajero automático a la vuelta de la esquina, casi antes de que yo terminara la frase, con una seguridad que en su momento interpreté como amabilidad y que después reconocería como otra cosa.

Caminamos juntos hasta el cajero, ella marcando el paso, charlando de cualquier cosa por el camino como si nada. Saqué el dinero. Volvimos a la mesa.

Fue entonces cuando decidí que antes de pagar quería ver la cuenta desglosada. Nada agresivo, solo pedí, con calma, que me dijeran qué habíamos consumido exactamente para llegar a esa cifra.

Su cara cambió por completo. Dijo que ella no tenía por qué pedir un desglose, que eso no era asunto suyo, que yo estaba montando un problema por nada. Se levantó de la mesa, cogió su bolso, y se fue hacia la parte de atrás del restaurante sin mirar atrás.

Esperé diez minutos, convencido de que volvería, revisando la puerta cada pocos segundos. No volvió.

Fui yo mismo a buscar la cocina, algo torpe entre camareros que fingían no entender lo que preguntaba, señalando la mesa, repitiendo "bill, real bill" hasta que alguien, finalmente, desapareció un momento y volvió con la cuenta que salía de caja: 2.194 baht, vino incluido.

La pagué. Ella no volvió a aparecer, ni esa noche ni después.

Salí a la calle sin idea de dónde estaba exactamente, pedí una moto Grab con el hotel como único punto de referencia guardado en el móvil, y volví agarrado al conductor por calles que no reconocía, el viento en la cara despejándome poco a poco, más aliviado que asustado, aunque con las manos todavía algo temblorosas cuando por fin crucé la puerta del hotel.

Ya en la habitación até cabos con calma, repasando la noche entera. La cuenta falsa escrita a mano, el camarero que desaparecía justo cuando hacía falta y reaparecía con la cifra real, el cajero que ella conocía de memoria antes incluso de que yo dijera que no tenía efectivo, la salida repentina en cuanto pedí detalles. No hacía falta ser detective. Ella y el camarero se llevaban, con toda probabilidad, la diferencia entre las dos cifras, y de paso se habían comido una cena entera a mi cuenta, cumpleaños incluido o no.

Con el tiempo até más cabos todavía, hablando con otros extranjeros que habían pasado temporadas en Bangkok. Esta versión, la de la cuenta inflada y sin desglose, resulta ser solo una de varias variantes conocidas. Otra, más sutil, consiste en pedir en la cita mucha más comida de la que se va a comer, para llevarse después las sobras a casa, a compañeras de piso, sin que el hombre sentado enfrente se dé cuenta de nada hasta que ya es tarde.

Un amigo mío tuvo su propia versión, peor que la mía en el resultado. Llevaba días hablando con una chica por mensajes, insistiendo con paciencia en quedar para cenar. Cuando por fin aceptó, en cuanto él se levantó un momento para ir al baño, ella pidió langosta y una segunda botella de vino sin consultarle. Apenas tocó el plato cuando volvió. Se marchó antes de que llegara el café, dejándole una cuenta de 11.000 baht y una explicación a medias.

No cuento esto para decir que Bangkok es peligroso, ni para generalizar sobre nadie que viva allí. Cuento esto porque a los 46 años pensaba que ya no me podían sorprender demasiado, y una cena en un restaurante bonito, con vino tinto y fotos de casas que probablemente no existen, me demostró que sí.

Ahora, cuando alguien en una aplicación menciona su cumpleaños en la primera cita, sonrío, pido la cuenta desglosada en cuanto llega, y guardo el número del hotel bien visible en el móvil antes de subirme a cualquier taxi.

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