Portada: Me gasté el préstamo de la universidad en una semana de despecho en Bangkok. Volví otras nueve veces y en una de ellas conocí a mi mujer.

Me gasté el préstamo de la universidad en una semana de despecho en Bangkok. Volví otras nueve veces y en una de ellas conocí a mi mujer.

En resumen

En 2005, con el corazón roto y un préstamo de estudiante recién cobrado, me fui una semana a Bangkok a curarme con exceso. Volví otras nueve veces en mi primera veintena. En una de ellas, en Koh Samui, conocí a la mujer con la que hoy vivo en Inglaterra y con la que tengo dos hijas.

Perdí a mi primera novia seria por un americano con dinero, y sin saberlo, esa pérdida acabó llevándome a la vida que tengo ahora.

De pequeño pasaba los veranos en California, donde teníamos familia, así que los americanos nunca me parecieron especialmente exóticos ni interesantes. Con el tiempo se demostraría que fue un error de cálculo bastante grave.

Estudiaba en Sheffield, en el norte de Inglaterra. Ella era japonesa, estaba en mi mismo curso, y durante año y medio fue lo más parecido a un futuro que yo tenía planeado a los diecinueve años. Hablábamos de ir a Japón juntos algún verano, de qué haríamos después de graduarnos, de las cosas de las que se habla cuando todavía crees que una relación de universidad puede durar toda la vida.

Un verano viajó a Los Ángeles a visitar a una prima. Volvió distinta. Había conocido a un americano bastante mayor que ella, de esos con casa con piscina y un trabajo que sonaba importante aunque nadie supiera explicar bien en qué consistía. Me lo contó por teléfono, con la voz tranquila de alguien que ya ha tomado la decisión antes de hacer la llamada. Se casó con él menos de un año después.

Yo tenía veinte años y el orgullo hecho pedazos.

Era 2005, y reaccioné como reacciona cualquier estudiante inglés al que le acaban de romper el corazón: mal, y con dinero prestado. Llamé a la secretaría de la facultad, dije que estaba enfermo, cogí el siguiente ingreso de mi préstamo de estudiante antes de que me diera tiempo a pensarlo dos veces, y reservé una semana en Bangkok. En mi cabeza el plan tenía toda la lógica del mundo: exceso y aventura como curación. A los veinte años, casi cualquier plan la tiene.

Aterricé de madrugada, con ese calor húmedo que te golpea nada más abrir las puertas del aeropuerto y que ningún folleto de viajes describe bien. No había dormido en el avión. No tenía ningún plan más allá de sobrevivir a la semana sin quedarme sin dinero antes del último día, algo que, como se vería, subestimé bastante.

Sin saber muy bien qué buscaba, solo que no quería estar en Sheffield viendo llover, pasé las primeras noches en Nana Plaza, siguiendo a otros dos ingleses de mi hostal que llevaban allí más días que yo y hacían de guías. Nana tenía algo de parque temático, todo luces y megafonía, y a mí me dejaba frío. Fue una noche que nos desviamos hacia Soi Cowboy cuando entendí, casi de inmediato, que aquella calle encajaba mucho más conmigo. Menos artificial. Más ruido de verdad y menos cartel luminoso.

En las noches siguientes, explorando la zona por mi cuenta, encontré un bar de tres plantas que, para mi gusto, sigue siendo el mejor local en el que he estado nunca. Cada planta tenía su propia música, sin que ninguna molestara a las otras, y las bebidas eran razonables incluso para el bolsillo de un estudiante inglés. Para la tercera noche el personal ya me reconocía al entrar, lo cual, con veinte años y sin nadie en casa esperando una llamada, se sentía como una pequeña victoria. Volví allí cada noche que me quedaba en la ciudad, como quien encuentra un rincón en el que, por primera vez en meses, no piensa en nadie más.

Una de esas noches conocí a una chica que, sin proponérselo, hizo mejor trabajo que cualquier terapia sacándome la pena del cuerpo. Al terminar la noche me dio las gracias, algo que no esperaba en absoluto y que todavía hoy recuerdo con más cariño del que probablemente merece la situación. No hablamos mucho. No hacía falta.

El resto de la semana lo pasé viendo cómo mi dinero se evaporaba en Baht, noche tras noche, hasta sentirme como el típico jugador sin fondos que se queda de pie junto a la mesa viendo jugar a los demás con las fichas que a él ya no le quedan. Hice cuentas el último día, sentado en el aeropuerto esperando el vuelo, y me sobraban justo lo suficiente para un sándwich y un café. Volví a Sheffield sin blanca, con resaca acumulada de siete días y una idea muy clara en la cabeza: la próxima vez volvería mejor financiado.

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Pasaron un par de años. Estaba en mi último curso de universidad y, entre trabajos de verano, un empleo de fin de semana que odiaba y bastante disciplina que no sabía que tenía, había conseguido ahorrar unas treinta mil libras. Durante mi primera veintena hice unos diez viajes a Tailandia: Bangkok otra vez, Pattaya, las islas, prácticamente todo lo que se puede recorrer sin salir del país. Cada viaje era distinto del anterior. Cada vez volvía a Inglaterra un poco menos roto que la vez pasada.

En uno de esos viajes, en Koh Samui, conocí a la mujer que hoy es mi esposa.

No hubo bar de tres plantas ni Soi Cowboy esta vez. La conocí de día, en un restaurante frente a la playa donde llevaba trabajando desde los dieciséis años, primero de camarera y, para cuando yo la conocí, prácticamente llevando ella sola el turno de comidas. Le pregunté algo bastante tonto sobre el menú, solo por seguir hablando con ella un minuto más. Ella se dio cuenta exactamente de lo que estaba haciendo, y me lo hizo saber sin decir una palabra, con una media sonrisa que todavía hoy, años después, sigue desarmándome igual que la primera vez.

Me quedé en Koh Samui el resto de aquel viaje, cambiando de planes sin avisar a nadie en casa, y volví al mes siguiente con la excusa de unas vacaciones que nadie en mi familia se creyó del todo. Durante los dos años siguientes hice el resto de mis diez viajes casi siempre con el mismo destino, quedándome cada vez algo más y hablando con ella algo más, hasta que las visitas dejaron de ser vacaciones y empezaron a ser la razón entera del viaje. Conocí a su familia, aprendí a comer lo que ella me ponía delante sin preguntar qué era, y aprendí también, más despacio, a no comparar cada gesto suyo con los de la que me había dejado en Sheffield.

Se lo pedí en la misma playa donde la había conocido, un par de años después de aquella primera conversación tonta sobre el menú. Nos casamos poco después con una boda pequeña, casi toda su familia y casi ninguno de mis amigos, que no acababan de creerse que aquello fuera en serio hasta que vieron las fotos.

La convencí de venir a Inglaterra, primero de visita y luego para quedarse, y de aquello ya hace más de diez años. No fue fácil para ella los primeros inviernos: el frío, la falta de luz, un idioma que dominaba pero que sonaba distinto en boca de mis vecinos. Hoy vive conmigo en el norte de Inglaterra, en un pueblo bastante más gris que Koh Samui, y tenemos dos hijas que son, sin ninguna competencia posible, lo mejor que me ha pasado nunca. Hablan tailandés con su madre en casa y me corrigen la pronunciación cada vez que lo intento, sin ninguna piedad.

A veces pienso en aquella semana de 2005, en el dinero prestado y en la chica de Soi Cowboy a la que nunca volví a ver. Pienso también en mi ex, la que se casó con el americano de la piscina. Si no me hubiera dejado aquel verano, nunca habría cogido ese préstamo con la excusa de estar enfermo, nunca habría vuelto diez veces más buscando algo que ni yo sabía nombrar, y nunca habría acabado en un restaurante de Koh Samui haciendo preguntas tontas sobre el menú a la mujer con la que ahora comparto casa, hijas y vida entera.

No todas las historias de Tailandia acaban mal. La mía, desde luego, no.

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